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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del domingo, 15 de abril del 2001
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
Crónica social
Imágenes
del festejo
Espartaco
y El Juli
José Tomás, un triunfador
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Torrealta,
nobles.
Diestros:
Entrada: Lleno hasta la bandera
Crónicas de la prensa: PortalTaurino,
ABC,
El Mundo, El
País, Manuel Viera
El País. ANTONIO LORCA.
José Tomás, por la
Puerta del Príncipe.
Llegó José Tomás en tarde muy comprometida, toreó, enloqueció a
Sevilla y se lo llevaron a hombros por la puerta del Príncipe. Así de
sencillo. Sus compañeros de cartel, Espartaco y El Juli, no tuvieron opción
en ningún momento porque el sitio que pisa Tomás y la forma de
interpretar el toreo pertenecen a otro mundo, ajeno a la modernidad.
Tomás llegó a la Maestranza y se abrió de capote en el quite al
primer toro de Espartaco. Lo citó de lejos y consiguió tres chicuelinas
ajustadísimas como no se veían en esta plaza desde hace muchos años. A
su primero, que tenía cara de novillo, lo recibió con lentas verónicas,
no permitió que lo picaran por sus escasas fuerzas y lo citó muleta en
mano desde los medios. Sacó al animal de las tablas y le ligó una tanda
de derechazos a media altura que cerró con un largo pase de pecho. Así
se inició una lección magistral del toreo por ambas manos. Citó siempre
con la figura erguida, quieta la planta y llevó prendida la emoción. Sin
duda alguna, Tomás marca la diferencia porque es pura ortodoxia que
combina a la perfección el arte y el valor. Por ello, toda su labor tiene
el sello de la calidad. La faena la desarrolló en el centro del ruedo,
con un dominio total de la situación; con pasmosa facilidad, sin pisar a
fondo el acelerador, toreó por naturales de frente y dejó en el ambiente
el gusto eterno del toreo auténtico, profundo y templado.
La apoteosis, sin embargo, llegó en el quinto. Otro novillo que
justificaba por la cabeza y manseó en sus primeros paseos por el ruedo
maestrante. Se empleó, no obstante, en varas, y Tomás le esperó en el
centro del ruedo. Desde la primera embestida demostró feo estilo, cabeceó
en demasía y no tuvo fijeza. El torero, sin despeinarse, arriesgó en
cada pase, aguantó tarascadas y lo fue metiendo poco a poco en una muleta
prodigiosa. Fue una labor de dominio absoluto sobre un animal al que enseñó
a embestir y con el que, finalmente, dibujó el toreo por ambas manos. Fue
una labor de torero auténtico que a base de arriesgar consiguió el toreo
puro y transmitió la emoción encendida a los tendidos. Finalizó su
actuación con unas apretadísimas manoletinas que electrizaron a los
aficionados, que solicitaron unánimemente las dos orejas, a pesar de que
el presidente le envió un recado por la tardanza de la faena.
El Juli aprendió una lección: no es buena estrategia torear con Tomás
en plaza de categoría. La verdad es que lo intentó desde el primer
momento. Es un jabato arrollador que no se deja ganar la pelea. Pero el
toreo de Tomás... Recibió a sus dos toros a porta gayola, los veroniqueó
con ajuste, puso banderillas con facilidad y se mostró valentísimo en
ambos, que eran sosos y de corta embestida.
Espartaco comprobó ayer que los años no pasan en balde. Tuvo el mejor
lote, pero parece que el torero está de vuelta, preso de inseguridad. No
faltaron detalles de calidad, pero muy por debajo de las posibilidades de
su lote. Hizo un gran esfuerzo en el cuarto y consiguió una gran tanda de
naturales largos y templados al final de una muy larga faena.
MANUEL
VIERA. Distinto
a lo común
Es posible que alguien se
acercara a la Maestranza con la sola intención de añorar pasadas tardes
de toros protagonizadas por quien hoy es ya historia viva del toreo. Y es
probable que ese espectador desprevenido quedase prendido por esas otras
formas diferentes, muy diferentes también a las demás, que tiene un
joven torero de Galapagar que, por fin, ha decidido estar donde todos los
que se precien ser figuras del toreo deben de estar. Y en tan nostálgico
día de toros en Sevilla se hizo presente quien, hoy por hoy, es distinto
a lo común. José Tomás toreó, lo hizo con capa y muleta pisando
terrenos que sólo él sabe pisar. No se quita. Impávido permanece sin
importarle el excesivo ajuste entre su pierna y el cuerno del toro. Si,
además, imprime a su toreo lentitud pasmosa, tranquilidad que enloquece y
escalofriante seguridad, el torero madrileño llega con inusitada emoción
al más exigente de los públicos. Fue éste un digno sustituto para
ayudar a aparcar recuerdos, y aunque un año de toros en Sevilla da para
mucho, incluso para echar de menos la inspiración torera de quien
acostumbrado nos tenía a soñar despierto cada Domingo de Resurrección,
ayer hubo en el ruedo maestrante otra verdad, la más pura que un torero
puede transmitir, la que combina en perfecto cóctel la inteligencia, el
valor y el sentimiento. Así las cosas, José Tomás, sin tocar techo,
quiso seguir siendo el ‘número uno’. El Juli, con desmesurada ambición,
quiso arrebatárselo. Y Espartaco, con demasiado esfuerzo, retuvo su
sitio.
PortalTaurino.
FRANCISCO MATEOS. La
Maestranza se desmadra
José Tomás, a favor de una plaza llena a rebosar,
sale a hombros por la Puerta del Principe.
La gente estaba con José
Tomás. De hecho, la primera gran ovación de la temporada sevillana fue
para él cuando quitó por chicuelinas al primer astado de Espartaco. Si
bien fueron apretadísimas, también faltó limpieza; en definitiva, se
aplaudió más la enorme disposición que el resultado artístico. Pero
estas ramas de enormes ganas no deben apartarnos la mirada del bosque de
la realidad, que no siempre puede el hombre –el torero- disponer, sino
también el toro, que desbarata el mejor de los deseos sin previo aviso.
La Puerta del Príncipe de José Tomás fue demasiado benévola. Creía yo
que hasta él, que lo debe saber, no saldría por ella; pero no fue así.
Sevilla lo quería ver... pero una cosa es quererlo ver y otra verlo
atravesar ya la Puerta del Príncipe, como sea, en un desmadre de alegría
convulsiva y colectiva. O quizá también el presidente Francisco Teja,
que estrenaba día, quería ser quien tuviera el honor de abrir la Puerta
del Príncipe por primera vez a José Tomás, ya que cerró siglo sin
haberle concedido ni una sola oreja al mítico Curro, quien, por cierto,
no toreó ayer y no pasó nada.
Y esto no quita para que,
a pesar de haber visto a José Tomás en bastantes ocasiones, cada tarde
aprendo algo más de su misteriosa capacidad para hacer el toreo,
distinto, que realiza. Ayer me sorprendió, en el toreo al natural, que,
una vez que se le venía ya el toro tras citarlo, le variaba la muleta
unos cuantos centímetros para acercársela más a la cintura y
estrechando el hueco por el que debía pasar el toro sin que se lo llevara
por delante. Un gesto no sólo de valor, sino genuinamente torero y
sincero. Al natural se ‘rompió’ en tres tandas y desparramó arte en
todos los remates. Estrechez, ligazón y verdad en su toreo, sin necesidad
de ser variado en este primer astado de su lote. Estocada, el toro que se
amorcillo, por fin que cae, el puntillero lo levanta, suena un aviso, un
descabello... y, sin embargo, una oreja. Así disfrutó Sevilla del toreo
del madrileño.
La raza, una vez pasada la
popularidad gracias a su impactante juventud, es la característica de El
Juli en estos momentos. No quiso que le ganara la pelea su paisano de
Galapagar y se puso de rodillas frente a toriles para recibir al tercero.
Apretado fue el encuentro, al que le siguieron, lógicamente, vibrantes
lances. Tras derribar al piquero y un vistoso quite de Julián, el
ejemplar de Torrealta se pegó una costalada que mermó su fortaleza. Puso
banderillas con acierto. Se la jugó en una faena con un toro muy apagado.
Un arrimón y muchas ganas.
Un puñado de
derechazos
No hubo faena compacta y
ligada de José Tomás en el quinto, pero sí un puñado de derechazos
hondos y profundos robados a un toro remiso a embestir que calaron en los
aficionados cabales. Las manoletinas finales fueron escalofriantes por
quietud y pusieron a la plaza en pie. Estocada tendida, un aviso y dos
orejas, a todas luces, excesivas. Pero Sevilla es así de caprichosa.
El Juli respondió como
cabía esperar en él: de nuevo se puso de rodillas ante toriles y, después
de sortear la impetuosa embestida del colorao ultimo, las verónicas se
tornaron en artísticas. El tercer par fue de bandera. El toro se vino
abajo con la franela y se esfumó la faena.
Si a uno le tiembla el
pulso al hacer la primera temporada en la Maestranza, uno no puede llegar
a entender cómo a Espartaco no le temblaban las muñecas al recibir a su
primero, máxime cuando era su última actuación en un Domingo de
Resurrección. El de Espartinas, en el año de su adiós a los ruedos, fue
a más por el pitón derecho, pero no terminó de centrarse por el
izquierdo.
En el complicado cuarto
hizo un esfuerzo con el toro y con él mismo. El triunfo del día anterior
en Marbella fue fundamental para que se sintiera más seguro hoy. No era
toro fácil el cuarto y Espartaco superó sus primeras dudas. No obstante,
la oreja final, pese a atracarse de toro en la estocada, también benévola.
LAS CLAVES:
El Juli sacó a relucir su
raza y, ‘picado’ por el triunfo de José Tomás, recibió a sus dos
astados en toriles.
Espartaco cortó una oreja
a base de superarse a sí mismo y las complicaciones del cuarto toro de
Torrealta.
ABC. ZABALA DE LA SERNA.
José Tomás atraviesa la Puerta del Príncipe desde
otra dimensión
No era fácil borrar las ausencias. La presencia
transparente de Romero, invisible pero sentida, se vislumbraba encubierta
tras la expectación. Había dos monstruos en la arena y el corazón de la
Maestranza palpitaba acelerado. J-J, José Tomás-Juli, conceptos
distintos. Enredarnos en historias diferentes a la historia de la tarde
quizá sea perder el tiempo. J. T. es otra dimensión. O de otra. Y como
tal torero atravesó la Puerta del Príncipe. Aquello, lo suyo, desprende
peso específico, esencia, una sustancia especial, de soberanía y
superioridad a la materia real. Todo se eleva por encima de la realidad,
del toro y del ambiente. Incluso va más allá de lo numérico, de las
tres orejas necesarias para abrir la Puerta del Príncipe.
José Tomás inauguraba su temporada, un poco al límite con tal
compromiso. Pero así es. Y ante todo la quietud y el hieratismo. Su
primer toro carecía de cuello. Por semejante condición no humillaba.
Nobleza no faltaba. Allí se abió de capa José Tomás. La penúltima
—nunca hay última, o no debería haberla— se abrochó con la media,
señera. El quite por delantales trasmitió la emoción del valor de quien
viene con la escoba, como ya habían percibido los tendidos en las
chicuelinas ceñidas al toro de Espartaco. Cuando El Juli respondió por
chicuelinas y tafalleras, el personal ya hizo notar las inclinaciones. «En
memoria de su madre» le dijo José Tomás al Rey. Y por la Condesa de
Barcelona citó en la raya del tercio, con los medios a la espalda y la
muleta sobre la diestra. De repente, la ligazón. Los derechazos, uno tras
otro, se sucedían ligados. Un par de tandas, y la banda del maestro
Tejera callada. Dos series sobre la izquierda, a más, como la marea que
sube, como los oles que crecían sobre las crestas de la plaza, pero los músicos
estaban por tocarse el flautín y no el pasodoble merecido por el torero
No hubo más huevos que romper a tocar, a última hora: ¡qué vergüenza!
Al fin y al cabo, el tal Tristán desafinaba con la sinfonía de ayudados
por alto y por bajo y trincherillas y sueños. De cierre, J.Tomás
acariciaba la embestida y se la traía hacía la pierna de salida buscando
el roce del pitón tal vez. Carteles de toros de los más grandes
pinceles: Llopis, Reus, Escacena se juntaban en azul y rojo. La estocada,
pasada y tendida, tardó en hacer su efecto, además del puntillero, que
por dos veces levantó al toro —¿no saben ir por detrás?— y acarreó
el aviso. La oreja cayó.
Si José Tomás estuvo entonces importante, tal vez más, por la
complicaciones del enemigo, se mostró con el quinto. Genio aumentado por
disminución de facultades. La templanza palió la rebrincada embestida
del principio en la apertura hacia los medios. La faena fue metiendo al
torrealta y al público en la muleta. Después de pasar por la izquierda
—no rompía el toro—, le marcó los viajes enrededor de su cintura,
eternos por largos, negros por hondos. Molinete y engarce por redondos,
todo en un espacio mínimo, en el platillo, donde le enjaretó manoletinas
apretadas, sin aire. El público se entregó. La estocada, allí mismo,
efectiva pero defectuosa, sirvió. Rompió la plaza en pañolada. La
cuestión de números, de orejas en este caso, no alcanza la transcendecia
de lo vivido. Entrar a contar, una y dos son tres, no sé. Hay cosas que
marcan: si la faena de Espartaco al cuarto valía una, aquello ¿en cuánto
se cuantificaba o cómo se había de medirse?
Juan Antonio Ruiz «Espartaco» se ganó su premio con mucho temple.
Ahora, que su lote bien valía una Puerta del Príncipe. El Torrealta que
abrió plaza, sobre todo, y sobre todos, buen toro. El maestro de
Espartinas, a medio gas, templó y templó, digno. Arrancó naturales
largos en su obra posterior. El trofeo cariñoso, tras un espadazo
perdiendo la muleta, marcó la balanza a favor de José Tomás luego.
El Juli estuvo a por todas. Sin embargo, pechó con un lote deslucido. El
tercero, por cierto, astifino pero escurrido. A potagayola se fue las dos
veces. En el sexto, además, acompasó la verónicas; quitó por zapopinas;
se arrimó en definitiva. El toro se paró y la tarde se iba con José Tomás.
Ahora se superó con los banderillas —¡qué rematadamente mal en el
tercero, cuando se pasó de faena, aun toreando largo!—.
La noche izó a hombros a José Tomás. Tras la multitud, un la sombra de
un quite por gaoneras seguía despreciando la vida...
El Mundo.
CARLOS CRIVELL. La del Príncipe para José Tomás
José Tomás abrió la Puerta del Príncipe por unas manoletinas
excelsas. Nunca el desprestigiado pase que popularizó Manolete alcanzó
tanto honor. Si José Tomás no se recrea en las manoletinas, la mítica
Puerta no se hubiera abierto.
Se hubiera quedado cerrada, y mejor hubiera sido así, porque una
Puerta del Príncipe como la de José Tomás es un capítulo más para el
descrédito de esta dulzona fiesta que es santo y seña de los tiempos.
Gran espectáculo social en las calles y en los tendidos, como no podía
ser menos en una tarde tan solemne. El público de toros se ha convertido
en una masa que sólo es feliz cuando se cortan orejas. Así que las pide
con alegría y goza cuando el torero la pasea por el ruedo. Por desgracia,
la felicidad de algunos no es completa porque las orejas no se pueden
lanzar al tendido.
Y estamos en una fiesta dulce y sin exigencias porque se permite la
lidia de toros anovillados en una plaza como la de Sevilla. La corrida de
Torrealta, a la que los espadas le cortaron cuatro orejas, fue noble y se
dejó torear, pero careció de la presencia del toro de verdad. Nadie dijo
nada, todo estaba bien.
Y es una fiesta decadente por la reacción del público ante hechos que
en otro tiempo apenas merecieron unas palmas. La misma Puerta del Príncipe
de Tomás fue una exageración. El espada cortó un trofeo al segundo por
una labor ligada a un toro muy noble, casi una seda en su embestida. La
faena fue fría cuando toreó al natural sobre ambas manos, pero subió de
intensidad en las trincherillas y ayudados a media altura. Faena larga,
rematada con una desprendida y un descabello, que no fue obstáculo para
la oreja. También fue interminable la faena al quinto, un toro con pocas
fuerzas, que se rebrincó al principio, y al que Tomás dio una enorme
cantidad de pases, todos muy correctos aunque carentes de emoción. Era
una faena de voluntad, de atisbos de la personalidad de su creador, pero
que no parecía destinada al premio.
Error de apreciación, porque José Tomás tenía en su recámara las
manoletinas, apenas cuatro, en el centro del ruedo, que lograron el clamor
de la plaza. Allí mismo, en el centro, se tiró a matar y dejó una
estocada defectuosa. No importó nada, ni la trayectoria del estoque ni el
aviso. Dos orejas y todos felices. Este prólogo es la antesala de una
Feria orejera.
Espartaco se despedía de la fecha del Domingo de Pascua. El veterano
diestro se mostró seguro y templado, muy recuperado de sus problemas físicos,
en dos faenas reposadas y propias de un torero con el oficio ya muy
pulido. Mucho mejor la del cuarto, un toro bravo, al que supo templar en
pases exquisitos, que colmaron de felicidad al torero y a sus seguidores.
Es cierto que el matador de Espartinas se mostró muy seguro de
piernas, lo que es signo de la recuperación que ha experimentado y que
permitirá realizar una temporada de despedida en buenas condiciones.
Espartaco fue el torero sosegado, por encima del bien y del mal, que lo
hizo todo con sapiencia y seguridad. El Juli, que salió a torear después
de los triunfos de José Tomás, fue el torero precipitado y veloz, como
si quisiera ganarle la pelea a sus compañeros y a sí mismo.
Se fue a portagayola en sus dos toros, lanceó con gusto al sexto -a
pesar de la música excesiva-, puso banderillas por el pitón derecho en
los dos, mejores los del sexto y el tercero en particular, y se dio dos
arrimones de mucho cuidado en ambos astados.
Dicho esto, se puede matizar que El Juli fue el más desafortunado en
el sorteo. El tercero pareció lastimado por una costalada y se evaporó
en una faena encimista y valiente. El último de la tarde fue el más
descastado. El joven madrileño, que tiene casta y orgullo, lo intentó y
se puso a milímetros de los pitones de un toro sin fuelle. El muchacho veía
a Tomás con la Puerta abierta y echó el resto, pero no tenía enemigo
por delante.
Y así acabó el espectáculo. Cuatro orejas y una Puerta del Príncipe,
balance que hará feliz a los que buscan trofeos, pero que vuelve a
plantear con crudeza el espectáculo devaluado que se presencia en Sevilla
cada vez con mayor frecuencia. |
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Aspectos
legales de la Autoridad taurina |
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