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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del miércoles, 15 de agosto del 2001
Corrida de la Virgen de los Reyes

FICHA TÉCNICA

Ganadería: toros de Gerardo Ortega. Bien presentados, faltos de fuerza. El 5º fue devuelto por inutilidad, y salió un sobrero de Hato Blanco. El mejor, el 6º.

Diestros: 

  • Armillita. Pinchazo, estocada caída, descabello (bronca). Dos pinchazos, descabello (división de opiniones). Se despedía.
  • Fernando Cepeda. Estocada (vuelta al ruedo). Estocada (saludos).
  • El Cid. Dos pinchazos, estocada (silencio). Media estocada (oreja).

Entrada: menos de media.

Tiempo: agradable.

Crónicas de la prensa: Diario de Sevilla, PortalTaurino, El País


Portal Taurino. MANUEL VIERA. Triste adiós a Sevilla. 

Armillita es una figura del toreo en su país, nadie lo duda, pero como casi todos aquellos que están en las postrimerías de sus dilatadas carreras, en los últimos coletazos de tan bella profesión, necesitan de un toro muy especial para demostrar calidades, y este es muy difícil de encontrar en los campos ganaderos. Fue la de ayer la última corrida del mexicano, en Sevilla y en España, y pasó como alma en pena por el ruedo maestrante. Al primero, demasiado complicado para las características del torero azteca, no lo quiso ni ver después de pasar serios apuros con la capa. Al cuarto, ni siquiera en los lances se puso de verdad. Breves intento con la franela y el triste  adiós a Sevilla, y quizá a un país,  que siempre le trato cual figura es.

Con ganas

Meció las muñecas con cadencia e infinita lentitud. Fue magistral el saludo de Cepeda al segundo. La verónica lució en plenitud, ajustada, rítmica, y rematada con media sensacional. Otra a pies juntos, tras el quite, brilló en los medios y fue la rúbrica a tan excelso toreo de capa. Sin embargo, el buen tranco y la empalagosa nobleza del toro de Ortega se difuminó entre la nula fuerza, síntoma generalizado en la bien presentada corrida. Y ante tan endémico mal, Cepeda dibujó muletazos con la diestra de enorme sentimiento, pausados, a media altura, sin demasiada ligazón, con ganas, quizá con más ganas que nunca, hasta exprimir la última gota de tan escasa casta. La estocada le ayudó para dar una lenta y justa vuelta al anillo. El quinto fue devuelto por inválido y en su lugar se lidió un sobrero  de Hato Blanco, parado y con escasa fuerza no le dio opción al torero de Gínes a levantar una tarde que transcurría sosa y aburrida.

Vibrante

Necesitan también, estos que empiezan, de otro toro, enrazado, de esos que van y vienen vibrante al toque del engaño. Manuel Jesús El Cid es de los toreros necesitados de la casta, sin ella su toreo se diluye en un querer y no poder. Porfió con ilusión con el tercero, que se le apagó en los inicios de faena, y se desquitó con el sexto, más a modo, astifino y cornalón y con transmisión en los engaños. Se echó para  adelante en los ajustados lances a la verónica. Lo dejó casi sin picar, se fue a los medios, le bajó la mano, le adelantó la tela para ligar tandas con la diestra del más clásico toreo. Brotó el natural de manos bajas, largo, lento y rematado, uno, no hubo más. La media estocada le valió para pasear la oreja. Demasiado poco para una tarde que vuelven a recuperar en su tradición.


Diario de Sevilla. LUIS NIETO. El Cid se gana la repetición

En los tendidos de la Maestranza, más bien despoblados, abundaban cabales, buenos aficionados, numerosos novilleros y más de un matador de toros, como Paco Ojeda y Luis de Pauloba, incluso algún otro, como Manolo Cortés, en el mismísimo callejón. Era cartel para aficionados, no cabe duda. Pero la seria corrida de Gerardo Ortega, mal lidiada por cierto, no llegó a alcanzar nota. Para los partidarios de Ojeda anoto que no regresará este año ni como matador ni como rejoneador, como algunos habían rumoreado. Y para los de Pauloba es significativo que volverá este mismo mes otra vez a Las Ventas, tras su última y brillante actuación en la plaza madrileña.

Miguel Espinosa Armillita Chico se despedía de Sevilla y lo hizo de manera penosa. El primer toro, con cuajo, salió como una exhalación al ruedo, desarmó al torero, vendido e impotente, y derribó en la primera entrada, sin consecuencias, a la montura. El mexicano dio a entender que tenía al mismo diablo enfrente y después de tres mantazos le endilgó, al encastado e incierto animal, un sablazo en los sótanos.

Con el cuarto, un astado con menos volumen, también bien armado y reservón, Armillita cumplió con la capa. Brindó su último toro al respetable para una decepcionante labor de aliño, mal rubricada con la espada y en la que fue ovacionado por su despedida.

Cepeda es un torero que debería contar más para los empresarios. Con el inválido primero, bordó el toreo a la verónica, con bellísimos y ajustados lances, jugando muy bien los brazos, que abrochó con una media soberana. Más lentas fueron las verónicas en un quite posterior. Pero, a partir de ahí, tras el tercio de varas, el toro quedó quebrantado. El astado, con bondad, no podía ni con el rabo y, por ello, el trasteo, con ambas manos, largo y pulcro, careció de emoción. Mató de entera habilidosa y dio una vuelta al ruedo.

El quinto se echó, más por falta de casta que de blandura, tras recibir un puyazo y fue sustituido por un toro de Hatoblanco, con trapío, que se dejó pegar en varas. Cepeda no puso sacar ni un solo pase de este marmolillo.

El Cid, que repetía tras su notable actuación en su debut en la pasada Feria de Abril, ganó su repetición en Sevilla. Con el inválido y noble tercero, ganó terreno a la verónica. En la muleta le resultó imposible el lucimiento, ante un astado que llegó congestionado y moribundo.

En el sexto, el de mejor condición, el diestro de Salteras fue premiado con la única oreja del festejo. El torero lanceó bien a la verónica. Luego, planteó en los medios una faena, que resultó entonada. Cuando citó con firmeza en el platillo con la diestra sonó la música en la primera tanda. Hubo vibración. Luego, otra serie buena, aunque se dejó puntear la muleta. Cuando atacó al toro con la izquierda, se le cayó. Fue una faena breve, sin alcanzar toda su plenitud, en gran medida por el defecto del toro, que salía del viaje con la cara alta. El Cid, que en su primero anduvo mal con la tizona, rubricó en este caso acertadamente su labor con una media de efecto casi fulminante.

El espectáculo, sin alcanzar un grado alto, sí deparó interesantes instantes, que no fueron precisamente de Armillita, quien impregnó su despedida de gris. El Cid dejó nuevamente un sello de torero serio, a pesar de que está poco placeada. Un torero que precisa oportunidades. Y Cepeda volvió a rociar el albero maestrante con su personal y deslumbrante toreo a la verónica.


El País. ANTONIO LORCA. Despedida postiza de Armillita

Armillita vino a Sevilla a despedirse de la afición -así se anunciaba en los carteles- y la afición no estaba. Vaya chasco. Lo cierto es que la afición hace tiempo que no aparece por aquí. Otra cosa es la gente que acude a la plaza. Ese público se despide después de la Feria de Abril y no vuelve hasta la de San Miguel, porque tiene pagado el abono, y no por afición, como podía parecer. Pues allí estaba el torero mexicano y no tenía de quién despedirse. Bueno, tampoco hay que exagerar: estábamos los pocos de siempre, un grupo de partidarios y un buen puñado de turistas.

Claro que para despedirse de alguien hay que tener un motivo, y Armillita carece de tal, porque en su paso por la Maestranza no ha dejado constancia de su indudable calidad torera. Por tanto, sobra la despedida. Y, además, despedirse el 15 de agosto, con el calor que hace, tampoco parece lo más propio en los tiempos que corren. Total, que Armillita llegó, cargado de ilusión y cuando vio la plaza sin sevillanos se vino abajo. Algo sería, porque Armillita se fue sin torear. Está justificado en su primero, un manso muy peligroso, pero se inhibió en el otro, noble e inválido, en el que pudo más la precaución que la decisión. Conclusión: Armillita se despidió sin torear. Vaya chasco.

Cepeda sigue siendo un artista del toreo a la verónica, y así lo demostró en su primero, al que recibió con un toreo excelso de verónicas hondas y lentas. Todavía mejor toreó en un quite que cerró con una media de cartel. Muy decidido con la muleta, su labor careció de entidad porque su oponente era un muerto viviente. El sobrero, descastado y manso, no le permitió confianza alguna.

El Cid tenía necesidad de triunfo y lo intentó de verdad toda la tarde. Su primero, otro toro inválido, le impidió convertir su decisión en brillo. Se jugó el tipo en el sexto, el más codicioso de la corrida, y lo toreó por ambos lados con un gusto exquisito. La oreja fue un triunfo muy merecido y una recompensa a su decisión

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