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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del viernes, 27 de abril del 2001
Corrida de toros
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de José Luis Marca,
bien presentados y con diferente juego.
Diestros:
- Ortega
Cano, tres pinchazos, se le echa el toro, se apuntilla, se levanta,
media estocada (silencio). Pinchazo, estocada trasera y tendida, aviso
y descabello (vuelta al ruedo).
- Enrique Ponce,
estocada (silencio). Pinchazo, media estocada (silencio).
- "El
Juli", estocada, descabello, un aviso (ovación con saludos).
Estocada (oreja).
Incidencias: El 6º de la tarde fue devuelto a corrales por
partirse un pitón al derrotar contra el burladero en su salida al ruedo.
Entrada: Lleno.
Crónicas de la prensa: PortalTaurino,
Marc Lavie, El País, ABC
Portaltaurino. Francisco Mateos. Tres
pinceladas y un esfuerzo
La gente está deseosa de ver triunfos. No se entiende
de otra forma que se tragaran el tostón de ayer y
ahora quieran camuflarlo con tres pinceladas de
Ortega Cano y un relativo esfuerzo de El Juli. La corrida
fue mala, salvo esos dos momentos, y con mucho matices.
Muerto en vida estaba el primero de la tarde, que debió
ir a corrales por su manifiesta invalidez para la
lidia. Una tanda de Ortega Cano, de purito milagro,
y nada más. El toro, sin fuerzas, se ocultó en su escudo de
manso y se fue a tablas para que, después de un Ortega Cano hecho un pinchauvas,
terminara doblando él solito. Un espectáculo lamentable que no
es digno de ninguna plaza; mucho menos de una de primera categoría; y mucho
menos de la Maestranza en Feria de Abril. Y qué decir de los pitones,
que, con la llegada de las figuras, ¡qué curioso!, se les abría al
menor toque con las tablas o el albero, porque éste topaba más el albero,
y no de humillar, sino de puras costaladas.
Muerto en vida estaba también el segundo de Marca. Que
me explique el señor Enrique Ponce, gran torero,
qué mierda quería demostrarnos medio muleteando a
un muerto viviente durante siete interminables minutos.
¡Qué tostón, Dios! No hay nada más aburrido que una
corrida de toros entendida de esta forma. Medio
palmo de lengua fuera tenía el animal desde que
fuera picado; bueno, lo de picado tómenlo en forma muy relativa.
Compuestita la labor de El Juli en el tercero. Fue un
toro que quedó con pies para las banderillas y este
aspecto lo aprovechó el madrileño para lucirse en
tres buenos pares, con mucho poder. En la faena tuvo movilidad
y El Juli lo toreó, pero con muletazos sin personalidad, sin sello
propio. Tandas por aquí y más tandas por allá, pero sin decir nada distinto,
como debiera ser el caso de quien por figura del toreo está considerado.
Quería y tenía ganas José Ortega Cano. Había
declarado que tenía la sensación de que en Sevilla
podía hacer algo importante; no fue ayer, pero sí
que dejó en este cuarto de la tarde la impronta de que así puede suceder
en su segundo paseíllo. El cuarto, con movilidad y nobleza, le dio
posibilidad de enjaretar una media docena de muletazos que, a diferencia
de otros que se dieron en la tarde por los otros dos espadas, sí
que tuvieron el sello y la personalidad distinta, con empaque y hondura.
Logró ligar y la cosa funcionó. Falló con la espada al primer viaje,
acertando a la segunda aunque con un espadazo trasero. No cayó y hubo
de descabellar tras oir un aviso.
En el quinto, Enrique Ponce segunda parte. Otro toro
como el segundo, un muerto en pie, un marmolillo con
el que se agarró bien Antonio Saavedra en varas y
que, tras dos puyazos y una voltereta, quedó para el arrastre.
Pero fue entonces que quedaba cumplir con el trámite de la faena
y Ponce piensa que para justificarse hay que dejar, de la forma que
sea, cinco tandas de pases. ¡Ay, Curro, cómo te echamos de menos, para
lo bueno y para lo malo! Qué pesado el valenciano.
El sexto se partió un pitón al rematar en el primer
burladero y fue devuelto. El sobrero pareció como
el traje de luces de El Juli: hecho a la medida, es
decir a su altura y complexión. Eso que dicen los taurinos que
es ‘un zapatito’, aunque más que un ‘zapatito’, éste parecía
que era una ‘chancla’. Una birria de toro por
presentación, pero que le dio un buen juego a El
Juli en la muleta. El madrileño estuvo acertado al desplazarlo
con la derecha tras un emocionante comienzo de faena, con estatuarios
de verdad, es decir, sin moverse. Transmitió mucho a los tendidos
y acertó a la primera con la espada.
Marc Lavie. INSPIRATION
D'ORTEGA ET LA CASTE DU JULI.
Du lot de José Luis Marca préparé pour cette première
corrida-événement de la feria d'avril, célébrée sans caméras de télévision
et mais avec l'ambiance des grands soirs, on détachera surtout le quatrième,
un toro juste de force mais d'une noblesse douce, suave, idéale pour le
torero, qui permit à José Ortega Cano de laisser libre court à son
inspiration lors d'une faena harmonieuse, commencée assis sur le
marchepied de la barrière, puis à genoux, et comprenant dans sa partie
classique quatre séries à droite et une à gauche lentes et tirées,
cultivant la plastique et sortant la poitrine. Les trophées s'évaporèrent
avec une mise à mort défectueuse : un pinchazo, une estocade en arrière
d'effet lent et un descabello, avant un tour de piste donné, comme la
faena, avec lenteur et plasticité. Le premier était un toro très
faible, fortement protesté, et le torero ne put que constater les dégâts.
Mais la seule oreille de cette soirée a été arrachée
du sixième par le Juli, plus discret que d'habitude avec la cape – un
quite très serré par gaoneras au troisième fut le meilleur – efficace
et prenant des risques aux banderilles et montrant beaucoup de pouvoir,
d'aguante et d'autorité avec la muleta. Il sut dominer les réserves du
troisième, qui se déplaça sans classe, au son du pasodoble "Opera
flamenca", qu'il tua d'une estocade en arrière, d'exécution
spectaculaire mais d'effet lent, et d'un descabello. Il toréa
remarquablement sur la gauche le sixième, au son cette fois de
"Churrumbelerías", et fut à nouveau très efficace avec l'épée.
Le toro se coucha une première fois, se releva et tarda à se coucher à
nouveau, ce qui ne freina pas l'enthousiasme du public qui réclama
majoritairement la seule oreille du jour.
Journée sans fortune pour Enrique Ponce avec le lot le
moins coopératif et le public distant. Ni le deuxième, sans mobilité,
ni le cinquième, qu'il fit beaucoup piquer et qui resta sur la défensive
ensuite, ne lui permirent la moindre lumière.
El País.
JOAQUIN VIDAL. Mucho triunfalismo
Toreo apenas hubo pero sí triunfalismo y aquello se celebró en la
Maestranza como si hubiesen reaparecido Joselito y Belmonte.
Del arte de torear, un rastro, cierto porte, volutas evanescentes que
también se cantaron cual si hubiese vuelto Pepeluí.
Estaba tan desaforada de triunfalismo la histórica Maestranza, que se
oyó exclamar: "¡Es el sucesor de Curro!". Y de poco se viene a
bajo la Giralda.
El sucesor de Curro era Ortega Cano. La pretensión del arrebatado
espectador no carecía de precedentes. A Curro el público maestrante lo
jubilaba en cuanto creía llegado el sustituto (Ojeda fue uno de los más
sólidos candidatos); sólo que el propio Curro se encargaba entonces de
destapar el frasco de las esencias y mandaba al candidato a comprar
tabaco.
Se ha ido Curro y ya no puede poner firmes a los candidatos. Aunque
tampoco es seguro que le valiera destapar el frasco de las esencias porque
ahora se da más valor a la colonia de garrafón, y si alguien se llegara
interpretando las suertes de acuerdo con las reglas del arte, hasta puede
que le hicieran la peseta. Todo se ha de andar y ver.
Ortega Cano tuvo un primer toro desmochado y trastabillante -imposible
de torear, por tanto-, y al público de la histórica Maestranza le traía
sin cuidado. Al cuarto, inválido aunque no tanto, y noble, Ortega Cano le
sacó muletazos a derechas y a izquierdas de pinturero contoneo y algunos
de bien conseguida factura, en el transcurso de una faena interminable, a
ratos histriónica, en la que el veterano diestro compuso los gestos y las
posturas que se llevan en los tablaos.
Habría podido cortar oreja el autor y la perdió porque en lugar de
descabellar, según procedía tras la estocada, se puso a pasear
jacarandoso; a sentarse en el estribo en la confianza de que caería
muerto el animal. Mas no cayó. Y, efectivamente, hubo de descabellar
después de oír un aviso, lo que dejó el premio en una muy aplaudida
vuelta al ruedo.
La gente, sin embargo, había acudido a ver a El Juli. La gente, ya se
sabe, no iba a defraudar sus expectativas (ni que fuese tonta) y aclamó
cuanto El Juli llegó a realizar con capote, banderillas y muleta. Que no
fue mucho, francamente. Con el capote no pasó El Juli de sosón -él que
hace un par de años atrás maravillaba con su creatividad-, pareó con el
estilo de los banderilleros malos y muleteó aquejado de una lamentable
vulgaridad.
Los alardes de valor de El Juli resultaban evidentes y se los aclamaron
con pasión. Ahora bien, uno encontraría más lógico que estos valientes
demostraran su valentía con toros de trapío, poder y encastada codicia;
no con borregos descoordinados, tullidos e indefensos.
Los derechazos y los naturales que dio con notable pundonor El Juli al
ruinoso tercero carecieron de temple. Y los que le valieron la oreja también.
El sexto se rompió un cuerno de salida al derrotar contra un
burladero. No es que se tirara allá a lo loco sino que un peón lo provocó
asomando ladinamente el capote. Es la segunda vez que ocurre en la feria.
Saltó en su lugar un sobrero sin trapío ni fuste, y semejante arreglo
hace recelar astutas componendas.
Unas tijerillas sin emoción ensayó El Juli en el quite y Ortega Cano
pretendió eclipsarlo entrando a quitar por verónicas, que le salieron
regular. Prendió El Juli dos pares al cuarteo, y medió en una
embarullada reunión. E inció la faena de muleta mediante los clásicos
estatuarios. El público, que ya estaba a cien con El Juli, hasta se puso
en pie, y jaleó invadido de frenesí la poco templada faena muleta. La
falta de hondura y la mediocridad interpretativa las compensó El Juli
aguantando sin rectificar algunas coladas; y cuando mató de un estoconazo
obtuvo la oreja, bien ganada y pedida en medio de un inmenso clamor.
Para entonces la Giralda lucía bellísima...
Participó en la corrida Enrique Ponce que casi pasó desapercibido.
Pesadísimo con un marmolillo, ventajista ante un bravo toro al que
destruyó el picador mediante unos puyazos carniceros. La cuadrilla de
Ponce parecía tenerle manía a ese toro de trapío y su peón Antonio
Tejero, al citarlo para banderillear, le gritó: "¡Vente, cabrón!".
Se oyó en toda la plaza y deberían tener más cuidado. No había niños
pero gente educada sí. Perpetró después Ponce un muleteo aburridísimo,
y parte del público, ya harto, le pitó.
Cayó la noche una vez más en la feria. Y hubo como un soplo de magia
venido del horizonte: la Giralda emergía iluminada por encima de los
ocres tejadillos; y se recortaba sobre un cielo sobrenatural, color añil,
que parecía pintado por los ángeles.
ABC.
ZABALA DE LA SERNA.
Maravilla,
Ortega Cano y El Juli
Transcurría la feria hasta ayer con más pena que otra cosa. La gloria
aún habrá que dejarla para más adelante, envuelta en papel de estraza y
esperanza. Pero algo hubo. A estas alturas, en el purgatorio vagan las
almas que abandonaron el cuerpo de los toros muertos y descastados, sin
saber por qué se les pudrieron la bravura y las vísceras. Por allí
andara ya el primero de ayer, que en mitad de la faena se echó, como
enfermo desahuciado. Ortega Cano miraba impotente.
Hasta el tercero, la corrida de José Luis Marca suspendía el examen.
Pero si por un toro se puede redimir al resto, tal vez el conjunto se
salve casi exclusivamente por el cuarto, «Maravilla» de nombre. Y eso
que de salida nadie daba un duro ni por él ni por su presencia ni por sus
facultades físicas. Sin embargo, se vino arriba poco a poco, hasta
alcanzar la muleta con una calidad y una clase extraordinarias.
Ortega Cano arrancó la faena con las dos rodillas en tierra, después
de sentarse en el estribo toreramente. Erguido, el toreo surgió con
cuentagotas. De cada serie, un muletazo o quizá dos respondían de verdad
a esos oles y a ese clima de exaltación que se vivía en los tendidos. Al
veterano matador cartagenero le costaba un mundo dejar la muleta en la
cara de «Maravilla», que repetía las embestidas entregado tras el vuelo
rojo del engaño.
En una de estas, tres derechazos se sucedieron consecutivos, sin pausas
por fin. Un par de naturales sueltos, otra pareja de pases de pecho,
emanaron el clasicismo que siempre desprendió el toreo de Ortega. Los
ayudados por bajo finales alcanzaron la cota más alta de una faena
desigual que contó con el calor y el cariño del público.
No quiero ni pensar qué hubiera ocurrido si la espada se hunde a la
primera. La estocada trasera del siguiente envite fue de efectos
retardados. Se veía venir. Pero Ortega prefirió esperar en el estribo a
que el toro doblara. Sonó un aviso y descabelló a última hora. Y dio
una vuelta al ruedo, mientras a «Maravilla» le daban el visto bueno allá
donde paran las almas de los toros bravos.
La actitud de El Juli durante toda la tarde fue de sombrerazo. Hasta la
muerte del sexto se arrimó como un «tieso». Derrochó valor a espuertas
desde que salió su primer enemigo, en las embraguetadas verónicas o en
las gaoneras. O en la decisión de dejárselo crudito en el caballo.
Pronto presentó la izquierda, y el toro de Marca se vencía con la cara
arriba. El cambio de mano fue oportuno. Sobre la derecha ligó los
muletazos muy apretados, muy firme, en dos tandas. Vuelta a la zurda tiró
de las ya remisas arrancadas con un mérito terrible. Debía ser ayer la
tarde de las estocadas pasadas o traseras, porque otra vez, como le ocurrió
a Ortega Cano, el acero no causó efectos inmediatos. Otro recado
presidencial y el descabello enfriaron los ánimos.
El último del festejo se reventó un pitón contra un burladero, y fue
devuelto. Vaya tela con la manía de dejar asomados los capotes. El
sobrero, también de Marca, se quiso quitar el palo en el caballo. Juli
banderilleó con menor acierto que en el toro anterior, cuando cobró un
par por el pitón izquierdo, con el que se empieza a familiarizar. Abrió
por estatuarios y luego aguantó un navajazo a derechas. Toreó largo y
limpio al natural en una tanda, algo aceleradito. A partir de entonces, el
toro cambió a peor y la cosa tomó derroteros de valor y barullo. Arrancó
una oreja tras otro espadazo pasada la cruz.
Enrique Ponce pechó con un lote malo. Si el segundo se defendía al
final de cada muletazo, el quinto resultó un mulo. Fría actuación la
suya.
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Aspectos
legales de la Autoridad taurina |
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