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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del domingo, 14 de abril de 2002
Corrida de toros
FICHA TÉCNICA
Ganadería:
Toros de Jandilla, desiguales
de presentación y juego (primero y segundo, muy mal presentados), blandos, sosos y descastados; tercero y sexto, nobles y con recorrido.
Diestros:
-
Ortega Cano, pinchazo, pinchazo hondo y dos descabellos (silencio); estocada atravesada (pitos); aviso, pinchazo, media tendida y un descabello (algunos pitos).
- Rivera
Ordóñez, estocada atravesada y un descabello (silencio), media tendida (silencio).
- Eugenio de Mora, estocada baja (oreja).
Entrada: casi lleno
Incidencias: Eugenio de Mora, Resultó cogido y sufrió una herida menos grave en el glúteo derecho y una fuerte contusión en la mano derecha. No pudo continuar la lidia. Plaza de la Maestranza.
Crónicas de la prensa: PortalTaurino,
El País, ABC,
El Mundo, ElDíadeAndalucía.com. Diario
de Sevilla
eldiadeandalucia.com.
Francico
Mateos. Oreja y cornada para Eugenio de
Mora
La corrida de Jandilla no fue tan mala como parece por el pobre balance
artístico. Sin ser encierro completo, tanto Ortega Cano como Rivera Ordóñez
no aprovecharon a sus toros. Hubo dos toros destacados, el tercero y el
sexto, justo el lote de Eugenio de Mora. A su primero, noble, repetidor,
con movilidad y fijeza, le estaba construyendo una faena artística y
bella que iba a mas, como el toro, pero en una torpeza del diestro
toledano vino un derribo y después una cornada menos grave en el gluteo
derecho. El torero apenas sangró y siguió toreando. Pero la faena quedó
partida en dos, y la segunda parte no fue del nivel que la de la primera.
La estocada cayó muy caída. La oreja..., bueno, justificada en todo caso
por la primera mitad del trasteo y el dramatismo de toda cornada.
El segundo toro y Rivera Ordóñez aburrieron por igual. Los dos se
movieron con la misma poca emoción. En el quinto faltó calidad tanto por
parte del toro como por parte del torero. Espeso Rivera Ordóñez.
Ortega Cano no está en forma. Le sobran varios kilos y menos mal que los
astados fueron nobles. Con un toro complicado puede haber tragedia.
Alguien de su entorno debe hablar con él seriamente. Además, le ha dado
mucha gloria al toreo para que sea tomado a risa, como ocurrió en algunos
momentos. En el primero hubo mucha desconfianza. Tanto éste como el
cuarto se les fue enteros. En el sexto, que fue muy manejable, se preocupó
más de lo escénico que de lo profundo. Detalles sueltos y
gesticulaciones absurdas.
PortalTaurino. MANUEL
VIERA. Toda una falsa interpretativa
No es preciso exprimir la memoria, para recordar lo que fue no hace
mucho el serio y puro toreo de José Ortega Cano. De ahí el
atractivo de este torero en cualquier plaza o en cualquier cartel que se
precie anunciarlo. De lo que fue e hizo, a lo que hoy quiso hacer,
va todo un abismo. No creo que sea la plaza de toros de Sevilla la más idónea
para interpretar esa falsa de vanos sentimientos e inspirado toreo. No está
José, desgraciadamente, para mucho. Las exageradas precauciones tomadas
delante de sus toros así lo demuestran, y el resultado no fue ni mucho
menos el esperado, sobre todo cuando delante tenia toros con posibilidades
de ejecutar lo auténtico y no lo banal.
Como toda figura que quiere permanecer en el tiempo, Ortega Cano está
obsesionado por dar esa visión artística sólo centrada en el sentido más
profundo del toreo, pero le falta confianza y le sobra puesta en escena,
que no va, con la seriedad de una plaza como la Maestranza.
Irónico e inesperado estuvo Ortega con el sexto, el toro que tuvo que
lidiar por cogida de Eugenio de Mora. Los aislados y característicos
muletazos del maestro no alcanzaron, en cambio, la justificación a
tanta falsa interpretativa, que para lo único que le sirve es para
divertir al público, y no al buen aficionado, y sobre todo, para
desprestigiarse como torero. Con el noble primero lo intentó sin la más
mínima convicción. A media altura con la diestra quiso agradar con el
buen toro corrido en cuarto lugar. Su inseguridad no le permitió más
que el esbozo de algún que otro muletazo.
La sosería y la escasa fuerza fue la tónica general de la
corrida de Jandilla, aunque la nobleza de sus primeras embestidas la supo
aprovechar un Eugenio de Mora que terminaba hoy su particular feria. Los
lances de capa al tercero, el único que mató, tuvieron lentitud y ritmo.
Después, elaboraría unas tandas ligadas de redondos citando con la
muleta muy adelantada, con mano baja, despaciosos, con mando y bien
rematados, que transmitieron mucha verdad. Un cambio de mano fue de
verdadero cartel. Bajó la faena al natural cuando ya se dolía de la
cornada sufrida en el glúteo tras la salida de un pase de pecho. La
estocada, aunque algo caída, le ayudó a la concesión de la oreja.
Quiso, Rivera Ordoñez, sacar faena al soso toro segundo, más todo se
quedó en vanos intentos con la diestra. Pases y más pases con el engaño
a media altura a un animal que le costaba humillar. Cuando lo intentó al
natural, ambas soserías, la del toro y la del torero, se juntaron para
acabar aburriendo. Lo mejor unos lances en el quite vibrantes y
aplaudidos. Tampoco del paradito quinto, a pesar de la disposición
inicial, sacó nada en especial, algún que otro derechazo mandón pero
sin la continuidad necesaria.
El Mundo. Javier
Villán. La Maestranza entra con sangre
Eugenio de Mora está conquistando La Maestranza con sangre. Al concluir la tercera tanda de derechazos, tras un primoroso cambio de manos por delante, el jandilla le echó mano. En la boca de riego, en el lugar de la soledad absoluta, Eugenio de Mora sufrió un palizón descomunal mientras llegaban los capotes salvadores. Eugenio de Mora sí se miró, que eso no es desdoro ni deshonor. Tenía el cuerpo roto y un puntazo en el nalgatorio empezaba a rezumar sangre. Comprobada su humana fragilidad y su infortunio. Eugenio de Mora se echó la muleta a la izquierda y dibujó una tanda de naturales de la que el temperamental jandilla salió rajado hacia tablas.
Liberado del peso de un cartel estrella, de la maléfica sombra tutelar de las figuras del otro día y, sobre todo con toros, Eugenio de Mora mostró la seriedad de su toreo. La faena, concebida como un todo, como una sucesión de tiempos perfectamente enlazados: desde los estatuarios, el pase por bajo y el pase de pecho con que abrió faena en la raya, hasta la estocada defectuosa pero letal. Los redondos, ligados y templados. Y la segunda serie, verdaderamente ejemplar. Sobriedad de muletero clásico: medio pecho y muleta alante, traerse toreado el toro y rematar atrás.El único borrón fue la cogida, pero eso no fue culpa suya o sí, quién sabe. Culpa de ponerse en el lugar donde los toros hieren.De cualquier forma, se manifestaba de nuevo el infortunio del toledano. No es la primera vez que cae herido en el albero sevillano: La Maestranza con sangre entra. Se fue a la enfermería de la que ya no pudo salir.
Yo creí que a Ortega Cano le venía bien torear descalzo. Y que el contacto directo con la madre tierra, el padre albero, le revitalizaba el ánimo y le estimulaba la pasión. El pasado abril, descalzo y empapado, dictó una lección magistral en este ruedo.Ayer, entre las arenas movedizas de La Maestranza, no le llegó a Ortega inspiración o firmeza similares a aquéllas. Sólo por un tremendo esfuerzo de la voluntad, por un sentido forjadísimo del heroísmo, pudo Ortega concluir la tarde. Y, encima, le cayó un tercer toro de propina por la cogida de Eugenio de Mora. Ahí pareció que al contacto de los pies desnudos con el padre albero resucitaba una aproximación del Ortega Cano clásico. Empezó a construir una faena por redondos, mas, cuando pareció que aquello se encarrilaba, Ortega Cano empezó a gesticular.
Ya que no podía entrar en diálogo con el toro, con Dios o consigo mismo, Ortega entró en apasionada charla con el cosmos; gesticulante como un dios enfadado con los tendidos; autoritario e histriónico con la cuadrilla. Pese a todo, y aunque el público se lo tomara en muchas ocasiones a chirigota, fue el mejor Ortega Cano de la tarde. Acaso el mejor Ortega Cano posible en estos tiempos de aflicción por los que pasa.
Prescribe la máxima ignaciana no hacer mudanza en tiempo de aflicción.O, lo que es lo mismo, no cambiar de caballo en mitad de la corriente.En pleno tumulto afligido de su corazón, Rivera Ordóñez intenta mudar y no lo consigue. Ayer empezó bien por verónicas y acabó mal por enganchones y trapazos. El temperamento de su primer jandilla lo devoró, le dejó sin sitio, lo descentró. Y la mansedumbre del quinto arruinó sus evidentes ganas de regeneración.
El País. Antonio
Lorca. Ortega Cano provoca la risa
La mala fortuna envió a Eugenio de Mora a la enfermería, herido por su primer toro cuando lo toreaba de muleta, y convirtió a Ortega Cano en el triste protagonista de la tarde.
Ortega divirtió a la concurrencia, pero no con su toreo, sino con sus gestos fuera de lugar, con sus riñas a la cuadrilla, con sus miradas..., con todo lo impropio, en fin, de una figura, que nunca debe ocultar sus miedos y su impotencia con una actuación histriónica, más cercana a un artista de circo que a un torero. Así no se debe venir a la Maestranza; es decir, es preferible quedarse en casa cuando falla la forma física, la mentalización está perdida y se cuenta con todas las papeletas para no estar a la altura de las circunstancias. Una figura de la calidad y trayectoria de José Ortega Cano no debe hacer el paseíllo para provocar la hilaridad de los tendidos de la plaza. Es triste, penoso y lamentable.
Pero allá cada cual con sus acciones. Las de Ortega, ayer, fueron de circo, y el público, a falta de buen toreo para degustar, se lo pasó bien con alguien que no parece tener mucha estima consigo mismo.
Ortega fue toda la tarde la imagen misma de la incapacidad. Como él lo sabía, mandó a sus picadores que masacraran a sus toros. Dicho y hecho: los tres que le tocaron en suerte recibieron leña para dar y regalar, castigo suficiente para haberlos dejado inermes en el ruedo. Ni antes ni después de la masacre consiguió centrarse con el capote, porque citaba con el cuerpo encogido, sin recursos ni confianza alguna. Una verónica le salió lenta y con sabor en su segundo, intentó el remate con la media, perdió el capote y su gesto de rabia provocó las primeras sonrisas. Muy ceremonioso, eso sí, con miradas largas y profundas al toro, buscando no se sabe qué; muy forzada, también, su figura, no consiguió un solo pase en su primero, al que mató echándose con descaro hacia fuera. Su segundo se aburrió ante tantas dudas, mientras el torero miraba al público buscando la justificación a su labor insulsa.
Y llegó el sexto, en el que la diversión alcanzó su punto álgido, y la imagen de Ortega quedó por los suelos. Lo pasó a la verónica retrocediendo en cada capotazo, y el toro le esperó en la muleta con nobleza y recorrido. Pero Ortega no estaba en torero. Se enfada con uno de sus peones porque no se tapa en el burladero, hace un gesto de desdén al toro porque no hace caso al cite. Se quita las zapatillas y el choteo se apoderó de los tendidos (el ruedo estaba embarrado en algunas zonas, y el torero había estado toda la tarde que si ahora me las quito, ahora me las pongo y después me las vuelvo a quitar). Entre risas, un derechazo de buena factura aquí, un trapazo allá; otra riña al peón, dos buenos naturales, un desarme, un desaire a la cuadrilla porque pretende que tome la espada de verdad. En fin, la gente muerta de risa, una faena larga, un aviso antes de entrar a matar y pitos de despedida. Deplorable.
Mientras el director de lidia desaprovechaba las buenas condiciones del último toro, su anunciado matador era operado en la enfermería. También es mala suerte la de Eugenio de Mora: que te toque un toro bueno y te coja anestesiado. Pero así es la vida. De Mora se las vio con un toro noble y codicioso, al que le presentó pelea en el centro del ruedo. El toledano lo toreó con seriedad por la derecha en dos tandas ajustadas, pero muy cortas, que alcanzaron emoción por la embestida larga del animal. En la tercera, cuando intentaba ligar el pase de pecho, resultó volteado aparatosamente, aunque pudo levantarse y continuar la lidia. El toro cambió su comportamiento y los pases con la mano izquierda resultaron ya desangelados y sin interés. La verdad es que la labor fue intensa, pero más por los bríos del animal que por el mando y el temple del torero, que pareció en todo momento estar a merced de su oponente. Tras pasear la oreja, pasó a la enfermería, de la que no salió, con lo que se perdió la divertida fiesta de Ortega y una oportunidad de triunfo.
Pero tampoco triunfó Rivera Ordóñez, que no tuvo toros; es decir, que los suyos fueron sosos, no 'rompieron' en la muleta, que dicen los taurinos, lo que justificaría que el matador anduviera como alma en pena explicándo así al respetable que no se puede hacer nada.
Rivera hizo una cosa: castigó sin piedad a sus dos toros en el caballo. Y los pobrecitos llegaron a la muleta con poco fuelle, y el torero, como es fácil imaginar, los pasó por aquí, por allá, sin alegría, sin convicción. Es que los toros no tenían clase; pues claro que no, pero tampoco era una cualidad del torero, y no le habían picado con saña ni sin ella. Total, que Rivera pasó totalmente inadvertido y todo su toreo se limitó a unas aseadas verónicas en su primero.
La tarde fue de Ortega. Tristísimo, pero toda de Ortega.
ABC. ZABALA DE LA SERNA.
Eugenio de Mora o la dura ascensión a golpe de cornadas
Los hay que nacen con la suerte de cara y otros que cada escalón que suben les cuesta un esfuerzo mayúsculo. En el caso de Eugenio de Mora, cada logro, cada peldaño que asciende, cada triunfo, viene regado por la sangre castellana de sus venas, rotas una y otra vez. En cada éxito, o casi, los toros lo condecoran con una «medalla». Y Eugenio ya luce la pechera de su uniforme de valiente cargada de cruces y distintivos. El pasado año, sin ir más lejos, cambió dos orejas en San Isidro y una estocada de ley por el olor denso y desagradable del quirófano. Y todavía envidiosos y tontos le niegan el pan y la sal porque en la próxima Feria de Madrid se anuncia en carteles de categoría. Ayer en Sevilla volvió a demostrar que sabe torear como no muchos y que la diosa Fortuna ha marcado su casilla con la equis del dolor.
Camino iba de saborear la conquista de una faena coherente y cabal. Paladeaba ya los oles que acompasaban su toreo esencial y clásico. Muletazos largos, hundidas las zapatillas en la arena. Hubo una secuencia de redondos de plomo, por su peso, y oro, por su calidad. Entretanto, brotaron un par de cambios de mano, intercalados en el tiempo, y unos cuantos pases de pecho vaciados por la hombrera contraria. Pero, cuando todo aquello principiaba a tomar cuerpo, a la salida de una tanda, se quedó en la cara, y el toro de Jandilla lo elevó y derribó. Y aquí, el diestro de Mora de Toledo se equivocó: en lugar de rodar quiso incorporarse o, tal vez, su postura, sentado frente a los pitones, no le permitió otra reacción. O a lo peor le fallaron los reflejos. No sé. Una vez en el suelo el toro hizo por él y lo volteó hacia atrás, propinándole una cornada en el glúteo.
Se levantó maltrecho, recogió la muleta y regresó para concluir su inacabada obra como merecía, ahora sobre la mano izquierda. Bien, muy bien, pero el jandilla se había rajado. Eugenio de Mora agarró la tizona, dispuesto a amarrar lo que se había ganado a pulso. Se volcó sobre el morrillo y cobró un volapié sensacional en cuanto a ejecución, que respecto a la colocación de la espada cabía el reparo de un mínimo desprendimiento. Se le entregó una oreja con toda justicia, trofeo pagado con creces. Una cornada más, como cada vez que un toro le levanta los pies del ruedo; otra medalla, una cruz, otro golpe del destino.
El resto de la tarde fue una batalla distinta, presidida por una corrida de Jandilla bien presentada y que mereció mejor suerte en general, aunque tercero, quinto y sexto acabaron buscando las tablas.
La actuación de Ortega Cano es difícil de calificar. ¿De verdad no hay nadie de su entorno que le haga ver la realidad? ¿Tiene que ser el crítico quien le recuerde que su historia como figura no merece semejante esperpento, que no es justo ni consigo mismo? Toda su actuación fue un quiero y no puedo, entre dudas, miraditas al público, gestos que no corresponden a un hombre con su trayectoria. Su grandón primero se desplazaba sin humillar; el manejable cuarto se paró algo más y el sexto, aun mansito en la muleta, desarrolló una calidad sensacional.
Rivera Ordóñez, salvo en unas notables verónicas de recibo al segundo, que nunca descolgó, se perdió, siempre colocado fuera de cacho, en la espesura de dos faenas vulgares y adocenadas.
Parte facultativo: Eugenio de Mora fue operado de «una cornada de seis centímetros en el glúteo derecho, que no llega a penetrar en la masa muscular. Pronóstico menos grave. Fuerte contusión en la mano derecha sobre una antigua lesión de metacarpiano. Fue trasladado a la clínica del Sagrado Corazón», donde se descartó la fractura ósea.
Diario de Sevilla.
LUIS NIETO. De mora, sangre y sol de Castilla
Incidencias. Plaza de la Real Maestranza de Sevilla. Domingo 14 de abril de 2002. Casi lleno. Chispeó en el sexto. Piso de plaza en mal estado. Eugenio de Mora sufrió “una cornada de seis centímetros en el glúteo derecho, aunque no llega a penetrar en la masa muscular, de pronóstico menos grave”. Y fuerte hematoma en la mano derecha, resintiéndose de una fractura que sufrió en la pasada Feria de San Fermín. Después de estudio radiológico se confirmó que no tiene lesión. Reaparecerá en medio mes.
Chubasco antes del festejo, piso de plaza en mal estado, tarde nublada y desapacible, un público frío tras la tomadura de pelo del sábado y un ambiente borrascoso; y bajo ese cielo impropio de Sevilla, un castellano-manchego, toledano por más señas, que lleva a gala el nombre de su pueblo, Mora, abrió el grifo de la esperanza. Ha sido el primer herido de la feria. Y también irradió un rayo de ilusión, de sol, en el grisáceo día.
Eugenio de Mora, vestido de grana y oro, bien plantado en el ruedo maestrante, abrió los surcos del ánimo del respetable sevillano. Lo hizo con esa desnudez solanesca de aquellos campos. Trazo no muy fino, pero auténtico. Sin aspavientos. Y aquello germinó en una faena en la que la ligazón y el temple fueron las armas fundamentales. Con ese tino y ese pulso de los excelsos muleteros castellanos. No en vano, Pablo Lozano, la famosa muleta de Castilla, le formó, le instruyó, le enseñó los secretos del temple. Faena sin alharacas, pero con fondo. Con los adornos justos, como algún deslumbrante cambio de mano. Y con esos pases de pecho largos, muy largos, y sin enmendarse.
De Mora se mostró más bregador que lucido en los lances de recibo. Su banderillero, El Puchi, alargó mucho la embestida de ese tercero, que cumplió en varas. Toro noble, aunque sin motor. El toledano trazó una faena inteligente. Apertura por alto, cerrada con un gallardo pase del desprecio ligado a uno de pecho. Tras una buena serie en los tercios se llevó al animal hacia las afueras. Jamás lo atosigó. Tres tandas con la diestra a más, con la virtud del temple y la ligazón, la tercera rematada con un deslumbrante cambio de mano. En su afán de conquistar el corazón del público, que le coreó con oles reiterativos cada suerte, no rectificó en un pase de pecho, en el que no dio sitio al animal, que le arrolló, prendió en la arena y le infirió una cornada en el glúteo. Lo peor es la probable lesión de la mano derecha, por pisotón del toro, que tuvo fracturada, con casi un mes de baja. El torero no se arredró y, después de rematar la faena, lo intentó al natural con el toro rajado y se arrojó con fe para enterrar el acero y ganar una merecidísima oreja.
A los toros de Jandilla, aceptablemente presentados, les faltó casta y entrega. Ortega Cano debió matar, por la cogida del toledano, tres toros. Les dio mucha cera en varas. Ni Ortega ni el noblote flojo primero se afianzaron. El de Cartagena se perdió en una faena larga, sin frutos, con el noblón cuarto. Y en el sexto se pasó de metraje hasta el punto de recibir un aviso antes de entrar a matar. Consiguió una buena tanda con la diestra. Y el personal le tomó a chacota varios desplantes, que resultaron excéntricos.
Rivera Ordóñez se lució a la verónica y una preciosa media ante el segundo, noblón y sin recorrido. La labor con la franela no cobró altura por la falta de transmisión del animal. El quinto se desengañó pronto, pegajoso, no rompió. Como tampoco rompió la faena, que terminó en un desarme.
En tarde nubosa, en la que chispeó en el sexto, colgó del festejo un hilo de sol castellano-manchego e irradió la tarde grisácea. Sangre y sol de Castilla, de un torero de grana y oro.
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Aspectos
legales de la Autoridad taurina |
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