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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del martes, 16 de abril de 2002
Corrida de toros

FICHA TÉCNICA

Cogida de Enrique Ponce. El País
Cogida de Enrique Ponce. Foto de El País.

Ganadería: Toros de Parladé (JP Domecq), desiguales de presentación y juego (el primero condenado a banderillas negras), y el sexto, sufre lesión en la mano izquierda. En general, encierro soso y manso.

Caballeros: 

Entrada: lleno hasta la bandera.

Incidencias: Parte facultativo: Ortega Cano fue atendido en la enfermería de la plaza de «contusión en el codo izquierdo con hematoma en la región troclear y cúpula radial, con probable fractura de ésta última. Pendiente de estudio radiográfico, de pronóstico reservado». Parte facultativo: Enrique Ponce fue operado en la enfermería de la plaza por «una herida en la cara posterior del tercio superior del muslo izquierdo con dirección ascendente, que penetra por la aponeurosis y fibras del biceps femoral en una extensión de 35 centímetros y se lateraliza hacia la parte externa rompiendo fibras del tensor, de la fascia lata y la aponeurosis hasta casi salir por la cara externa del muslo izquierdo. Pronóstico grave».

Crónicas de la prensa: PortalTaurino, El País, ABC, eldiadeandalucia.comEl Mundo


PortalTaurino. MANUEL VIERA.  Diferentes emociones

Si escojo, una vez más, parte del titular de ayer, lo hago para ensalzar al toro que proporciona el triunfo por su bravura. Ni más, ni menos. Tal vez hoy el toro serio, manso o encastado, complicado y con sentido, ha mantenido la atención del espectador y ha proporcionado emociones diferentes: la que transmite el toreo puro, y esa otra de la incertidumbre de la cogida. Fuese como fuese, la corrida ha girado en torno a la desgracia.

Desgracia para José Ortega Cano que, hoy sí, ha sido el torero serio, dispuesto a jugársela  y a crear arte. Le fue imposible con el único toro que mató, un manso de libro que fue condenado a banderillas negras. Ortega le plantó cara con las debidas precauciones, pero sin gestos disonantes, sin gesticulaciones que no vienen a cuento. A los medios se lo llevó y sin demasiado ajuste le fue sacando muletazos de su característico corte. Ya con el toro cerca de chiqueros y más confiado el torero, las tandas de sueltos muletazos al natural tuvieron enjundia, y es entonces, cuando más metido estaba en faena, cuando, tras un adorno muy torero, le pierde la cara al manso, este le arroya y hace por él en la arena. Soberana paliza y fractura del codo del brazo izquierdo. Y aquí empezó una desgraciada tarde que tuvo su continuación con Enrique Ponce.

El diestro de Chiva finalizaba su particular feria, y quizás por ello las ganas de triunfo se adivinaron en los primeros lances con la capa. Las verónicas al de Parladé tuvieron cadencia, ritmo y lentitud. Sin embargo tuvo, después, que emplear su depurada técnica para sacar algún que otro muletazo con mando y  de buen corte, primero genuflexo, después con la figura erguida y relajada. Y es aquí, cuando el toro le caza, y ya en la arena hace por él. Momentos eternos, angustiosos hasta que la fiera suelta a su presa. Ya casi parado el complicado y astifino toro, y el torero herido, le fue imposible hacerle pasar  al natural. Estocada, y triste despedida camino del quirófano.

Pero de nuevo la desgracia  se ensaña ahora con el otro protagonista: con el toro. Cuestión injusta cuando el toro galopa, rezume bravura, nobleza en grandes toneladas, y todas esa otras características de la casta brava que ustedes le quieran añadir, a pesar de su terciada anatomía, que también la lucía. Se llamaba “Papelón” e iba destinado al capote y la muleta de Ortega Cano. Pero fue Manuel Caballero quien tuvo la dicha de cruzarse con el “juanpedro”. Caballero le lució. Le citó de muy lejos, y allí que acudía con alegre galope el bravo toro. El toreo puro, de emoción desmedida, llega de inmediato. Emociona el trazo, el mando, la lentitud, la hondura, la ligazón de los muletazos con la diestra. Cuando Caballero intenta el natural, ocurre el accidente: “Papelón” por su codicia resbala y se daña la mano izquierda. Ahí acaba el bravo toro y la obra, que no se acaba de esculpir. De todas formas la estocada reafirma la concesión de la oreja.

Antes, Caballero terminó con prontitud la lidia y muerte del parado primero. Mató al quinto, otro complicado toro que iba para Ponce. El de Albacete emplea su buena técnica para doblegar a la fiera que embiste sin humillar. Al natural no le pasa, y sólo algunos derechazos tienen buen trazo. Y es con el sexto cuando Manuel Caballero a punto está de redondear la torcida tarde. Buen son tiene el toro, y el torero que lo ve. Pero otra vez la suerte juega  una mala pasada,  y en los prolegómenos de faena, otra vez, el toro que se daña la mano izquierda. Algún que otro muletazo mandón y poco más.  Y el sol  que se apaga, que se va con la sombra en el ruedo de un toro bravo.   


El Mundo. Javier Villán. Heridos Ortega Cano y Enrique Ponce

Manuel Caballero se quedó solo. Mientras a Caballero, a pesar del mal trago, le tocaba un toro de dulce, el que correspondía a Ortega, un juampedro con embestida de ensueño, a Ortega Cano, torero esta tarde de los pies a la cabeza, le recomponían la destrozada estructura de su esqueleto.

En poco más de 15 minutos el drama de la Fiesta apareció sobre el ruedo maestrante: Ortega herido. Y Ponce, también: la humana fragilidad humaniza a un Ponce invulnerable. Constatar esta verdad irrefutable confirma que la excepcionalidad de las cornadas es un indeseable accidente laboral al que no escapa nadie.

En los primeros tercios el toro que abría plaza parecía un manso pregonao. Nada más sentir el hierro del picador salía rebotado.Ahí es donde hay que ver a los buenos picadores, agarrándose a un manso que sale de naja. El de Parladé fue condenado a banderillas negras y le pegó a José Castilla una carrera de infarto que frenó un capote salvador. A la muleta, sin embargo, llegó en plan sonámbulo y bobalicón. Ortega le consintió todo, le dio todos los terrenos y le arrancó muletazos imposibles. Lo que Ortega no debió hacer nunca fue perderle la cara, abstraerse en su ensimismamiento.El manso vio la presa, pegó el arreón y revolcó al torero, que quedó hecho un eccehomo sucio de sangre y arena. Era la suciedad de la gloria, porque a Ortega Cano le había salido su torería y pagó por ello; ahí quedan unos cuantos muletazos a favor de querencia, eso sí, pero que llevan su firma personal. Magullado, casi ni podía entrar a matar.

Ver a Ponce por los aires, como un pelele de Goya, es escalofriante.Y el toro no le tiró un cuerno, palabra. Ponce estaba allí intentando el redondo cabal y en el sitio. Entre el revuelo de capotes, pasaron unos segundos de terror. Ponce se levantó cojeando. Su voluntad parecía firme, pero el cuerpo no le respondía. Renqueante y demudado, ligó dos tandas de redondos poderosos. Y soportó otro gañafón tremebundo. La estocada, definitiva.

Caballero mató la corrida con algo más que dignidad. Estuvo mejor en el toro más complicado, el quinto. Ahí salió un Manuel Caballero poderoso, técnico y seguro de sí mismo. Obligó todo lo que tenía que obligar, se puso donde se tenía que poner, pero mató mal: un espadazo y cuatro descabellos que le birlaron una oreja segura.

También perdió la oreja en el anterior, un juampedro dulcísimo.Y aunque bordó los naturales, el público no se entregó del todo, más después del espadazo. En líneas generales, en los cuatro toros que se vio obligado a matar por el infortunio de sus compañeros, Manuel Caballero cuajó una tarde con plena responsabilidad; una tarde en la que el olor a cloroformo pesaba mucho: en los tendidos y en el ruedo. Dos pares de Carretero, espléndidos.    


Francisco Mateos, crítico taurino de www.eldiadeandalucia.comeldiadeandalucia.com. Francico MateosEra la número 13 del abono

Recuerdo que hace un par de temporadas, Núñez del Cuvillo se anunció por dos veces en la Feria de Abril. Posiblemente es un atrevimiento querer lidiar dos buenas corridas en tan prestigiosa plaza; tal y como está la cabaña de bravo, mucha suerte tiene que correr para que las dos sean buenas. Al final, y por esos asuntos de corrales, no lidió encierro completo en ninguno de los dos días. Juan Pedro Domecq se ha buscado una fórmula para hacer lo mismo, pero sin parecerlo. Bajo los hierros de Juan Pedro Domecq y Parladé, saca pecho por dos veces en el callejón sevillano. Dicen los taurinos que lo de Juan Pedro y lo de Parladé es lo mismo. De esta forma, el listo de Juan Pedro logra, a la chita callando, lo que no logró Cuvillo hace dos temporadas: una con el hierro de Juan Pedro y otra con el de Parladé, y a cobrar las dos -que para eso es lo mismo, aseguran- a precio de oro.

Pues miren por donde, al remendar los cinco de Parladé con uno de Juan Pedro se vio que no, que no es lo mismo. Lo bueno de Juan Pedro lleva el hierro de Juan Pedro Domecq, y lo malo de Juan Pedro lleva el hierro de Parladé. Son ‘juampedros A’ y ‘juampedros B’. Pero bajo la fama de que todo es igual, las figuras se apuntan indistintamente a uno que a otro y el empresario ha de satisfacer honorarios como si todo fuera de la misma calidad. Y de eso, nada de nada.

La corrida estaba gafada. Ortega Cano, a la enfermería en el primero, y Ponce, el mismo camino en el segundo. Dos toros, a los que mejor estaba toreando Caballero, se parten las patas... La corrida número 13 del abono no perdonó el mal fario.

El primero, manso de libro y condenado a banderillas negras, menos mal que rompió a tontón en la faena. Ortega le dejó la muleta y alguno de los sueltos naturales fueron buenos. En una torpeza del torero, al perderle la cara, el manso no perdonó y le dio una tremenda paliza, sufriendo fractura de codo y no pudiendo matar al cuarto.

Ponce apechó con un complicado astado que le probaba y medía. En una de las veces que se le quedó debajo se lo echó a los lomos y le metió el cuerno por la hombrera, quedando enganchado durante varios segundos. Siguió la faena, valiente, y lo mató. En la enfermería le operaron de una cornada interna, extensa pero superficial.

Así las cosas, Caballero con cuatro toros, dos corridas, aunque cobre por una. En el deslucido tercero, sólo voluntarioso. El cuarto fue un buen toro para la muleta, una máquna de embestir, un carretón de máxima nobleza. Caballero se puso allí y le dejó puesta la muleta, estando bien, pero faltando mayor gusto, más emoción. Cuando más se entonaba el albaceteño el astado se partió una pata. La faena, de todos modos, estaba hecha y cortó la oreja. El quinto fue de menos a más, aunque hubo altibajos y faltó acoplamiento. El sexto era también un noble y buen animal, pero nada más comenzar el trasteo también se partió una pata.


Antonio Lorca, crítico taurino de El PaísEl País. Antonio Lorca. Ortega Cano y Enrique Ponce, heridos

Para que luego digan de las figuras: una corrida comercial, de esas dóciles y tontas que tanto gustan ahora, y resulta que dos matadores acabaron en la enfermería con lesiones de cuidado. Ortega puede tener para cuarenta y cinco días, y Ponce, para veinticinco. Cosa seria. Caballero se quedó con cuatro toros para él y cortó una oreja de poco peso. Quizá no es el torero más adecuado para este tipo de toros, tan nobles y dulces. Pero él sabrá.

La corrida comenzó con un desorden de época. Un manso de libro fue el primero de Ortega, y el torero, escondido en el burladero, que no quería verlo. Se presagiaba el escándalo. El toro correteaba a sus anchas, los peones esquivaban las oleadas como podían, y Ortega observaba a prudencial distancia. Sale el picador y el animal entró y salió de estampida doce veces. El presidente lo condenó a banderillas negras y le colocaron cuatro pares. Ortega seguía sin olerla. Cambio de tercio. El maestro toma la muleta, y la gente, con la guasa: 'Verás ahora'. Ortega se fue hacia el toro y descubrió que embestía con la cara alta, salía suelto, era muy distraído, pero también muy noble. Comenzó con un derechazo de buen trazo aquí y otro allí porque el toro no permitía otra cosa. Tardó en acoplarse, pero consiguió naturales de lujo muy ligados con un largo pase de pecho. Otra tanda corta, pero muy bella. Un molinete, Ortega que gira sobre sí mismo, le pierde la cara al toro y éste lo prende. Ortega cae de mala manera y queda debajo del toro. El torero se levanta maltrecho, muy dolorido, acaba con el toro y pasa a la enfermería entre la ovación del respetable.

Le toca el turno a Ponce, que recibe a su primero con muchos capotazos y sólo dos buenos. Así, cualquiera. Muleta en mano, lo pasa por bajo y lo cita con la derecha. El toro lo empitona por la parte posterior de la rodilla y lo lanza por los aires; ya en el suelo, lo engancha por la hombrera y lo zarandea con saña. Pasado el susto, el torero cita con rabia y consigue muletazos largos y hondos. Toma la izquierda y a punto está de recibir otra voltereta. En su haber, la gallardía demostrada por seguir toreando y matar al toro después de sufrir una cornada de 30 centímetros.

Caballero quedó solo ante el peligro. Su primero era soso y descastado, y el torero, en el mismo tono para que no se moleste el ganadero. El toro que correspondía a Ortega en segundo lugar carecía de fuerzas, pero era noble y embestía con alegría. Caballero aprovechó el viaje y lo toreó con facilidad, pero sin profundidad. Lo premiaron con una oreja de poco peso. Con el quinto estuvo aseado, es decir, echando fuera la embestida en cada pase con un toreo muy superficial. Y en el sexto le llegó la mala fortuna: el toro, codicioso, se lesionó en una mano. La ilusión se desinfló. Conclusión: resolvió la papeleta, pero no dejó ningún buen recuerdo.


ABC. ZABALA DE LA SERNA.  Caballero superó con serenidad y profesionalidad el halo de una tarde trágica

Sobrevoló la muerte la Maestranza, no exagero. Sus negras alas lamieron el cuello de Enrique Ponce en unos segundos eternos, interminables de angustia. Ponce, el intocable, cayó en una voltereta entre las pezuñas del juampedro de Parladé, un cabrón con pintas que lo buscó sobre el rubio albero con saña y puntería desigual, afortunadamente. Uno de los pitones, como una daga, se introdujo por dentro de la chaquetilla, a la altura de la nuca, y zarandeó al torero como si se tratase de un muñeco a merced del destino. Revuelo de capotes, mariposas al quite; el maestro de Chiva se protegía la cabeza con las manos, colgado como una marioneta de los hilos. Cuando se incorporó, directamente a por la muleta, sin mirarse la posible cornada, la plaza respiró una de esas bocanadas de aire que devuelven la vida. Y regresó a la cara de toro de Parladé, que era terciado pero matón, un bajito con guasa que miraba una y otra vez los muslos del matador con aviesas intenciones.

Ponce continuó con la faena, maltrecho y castigado, valiente y honrado, ahora entre la admiración del público. Los evidentes gestos de dolor dirigían la atención hacia un puntazo bajo la rodilla derecha, pero ocultaban una cornada extensa, inapreciable a los ojos de los tendidos. Cumplió con creces y no regresó ya de la enfermería, donde ya se encontraba Ortega Cano.

Ortega convalecía en las sabias manos de Ramón Vila de otra voltereta. Ortega había querido imponer la seriedad a su faena, y evitó los gestos histriónicos de su última actuación. El toro se comportó como un manso de libro en los tercios primeros, rehuyendo capotes y banderilleros, porque el matador no se hizo presente entonces. La presidencia ordenó clavar las banderillas negras, que para algo están; el desorden caótico de la lidia se antojó impresentable. El veterano cartagenero acudió muleta en mano a la cita, calmada la tempestad, y, ¡oh, sorpresa!, el ejemplar de Juan Pedro tomaba la muleta con nobleza, siempre que fuera a favor de querencia. Ortega Cano entendió aquello, y en pases sueltos rememoró otras etapas de su carrera, una lucha entre cornadas y glorias. Los naturales emanaron empaque, con su cadencia, con su tiempo para respirar, sin meterse demasiado con el toro, allá en los terrenos de chiqueros. Pero en cuanto se descuidó y le perdió la cara, ¡zas!, el leñazo. Se incorporó Ortega Cano con la taleguilla rota, el codo lesionado y la dignidad intacta. Tampocó regresó del túnel de la enfermería, boca de ogro ayer que se tragaba a los toreros de uno en uno.

A Caballero le quedó una papeleta de cuatro toros y el halo de la tragedia, que superó con una profesionalidad y una serenidad apabullantes. Valiente, firme, sereno, templado, solvente. Seguiría la cadena de adjetivos sin rubor, porque hay que estar muy preparado y conocer sobradamente el oficio para pasar la dura prueba, con la losa mental, para más inri, de saber que dos compañeros se encuentran en el hule. Pero es que además Manuel Caballero toreó ayer más arropado por las musas que nunca. Bamboleó bien el capote a la verónica o por chicuelinas, atornilladas en el ruedo las zapatillas, jugó con las distancias y manejó la muleta como látigo o seda, según. Contó con la colaboración del cuarto, hierro de Juan Pedro, que se abría en cada muletazo y repetía noble y con fijeza. Las series se sucedieron en un palmo de terreno, ofrecida siempre la franela. Lástima que se fracturara una pezuña en una brusca caída que restó intensidad a las tandas zurdas. No fue el único, pues el mansón sexto también se lesionó, y Caballero se inventó la faena, como ante el quinto, que embestía con la cara arriba y sin entrega. Hoy, más que nunca, Caballero puede sentirse orgulloso de ser torero de pies a cabeza. Una sola oreja no refleja el conjunto de una actuación muy importante.

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