Resulta que los tres finalistas, que nos dieron la de
cal en sus anteriores compromisos, ofrecieron la cara opuesta, la arena,
en la final. Lo hicieron en el albero maestrante. Y por lo que les vimos
en cuanto a recursos, muy escasos, ante una novillada de Los Guateles en
la que predominaron las complicaciones, el premio bien pudiera quedar
desierto.
Antonio Nazaré, desceñido en el capote, no llegó a cruzarse en la
muleta con un novillo aceptablemente presentado y noble. Sufrió varios
enganchones. Le faltó dominarle y se eternizó para cuadrarle. Mal con
los aceros.
El cuarto, altito, esperando con peligro en banderillas, manseó. El
nazareno no consiguió nada de relieve en una faena compuestita.
Vicente Varela tuvo el peor lote. Su primero, un torete en trapío,
desarrolló peligro, especialmente por el pitón derecho. Por el
izquierdo, por el que punteaba, el torero no se acopló. Mató mal.
El quinto, más pequeño, flojísimo, se derrumbó en el primer pase.
Noble, se quedó cortito por la flojedad. Del esbozo de faena surgieron
dos buenas tandas con la zurda, lo mejor del festejo. La música dejó de
sonar cuando el chaval sufrió un achuchón. Al final, en la faena
predominó la voluntad sobre el acierto.
Manuel Felipe, con el tercero, bien presentado, silleto, que dio buen
juego, sufrió algún enganchón en una labor fuera de cacho. Logró una
entonada tanda con la izquierda. No mató bien.
Con el complicado sexto, de nuevo citó mal colocado, lo que hizo que
el novillo acusara algunos problemas. Mató pésimamente. En uno de los
nueve descabellos, el verdugüillo saltó como una ballesta, hiriendo a un
espectador de la tercera fila en el brazo izquierdo. Se le clavó la
cruceta entera. Tras pasar por la enfermería, estaba previsto que
cirujanos especialistas le recompusieran los destrozos musculares en el
Hospital Virgen del Rocío.
Todo al revés en un festejo en el que llegó la de arena en el rubio
albero sevillano, en una final en la que el premio se diluyó. Arena,
albero y… desierto. Desierto, al menos, por resultados artísticos y
premios.
Hay que evitar tintes de portátil
Ojalá continúe por muchos años la apuesta que hace la Maestranza y la
empresa Pagés por el ciclo de novilladas de promoción. Una vez escrito
esto, es preciso señalar algunos defectos que han tenido lugar en esta última
edición.
En primer lugar, debería haberse evitado la diferencia de trapío de
las novilladas; especialmente entre la de Martelilla, con el listón por
arriba, y Guardiola o Rojas en el polo opuesto. El volumen y pitones para
estos incipientes toreros pesa mucho más que para un espada forjado.
En segundo lugar, la presidencia de los cuatro festejos debería haber
recaído en un mismo equipo. Las diferencias de criterios a la hora de
otorgar trofeos entre la seriedad de Juan Murillo, el primer día, y la
manga ancha de Fernando Carrasco, en el tercero, es tan dispar que produce
agravios comparativos en la concesión de trofeos y en otros aspectos,
como los avisos.
En tercer lugar, el jurado apostó por quienes cortaron orejas. Varios
toreros -Ortiz de la Torre, Roberto Galán, Benjumea, Viruta, Barquinha…-
estuvieron a más altura que el seleccionado de la tercera novillada,
Manuel Felipe. No entraron en la final por el baremo del trofeo. Era lo más
socorrido para el jurado; que lo tuvo realmente difícil a la hora de
elegir. Pero si el jurado selecciona en función de los premios, su función
es prescindible: con saber quién ha cortado más orejas… Claro, que eso
beneficiaría al torero que llevara más gente a la plaza y se impondría
el partidismo.
Sin duda, con mejorar en esas tres premisas, la plaza de la Maestranza
no perderá su identidad y los espectáculos, aunque sean de promoción,
no restarán categoría a un coso que en la tercera novillada llegó a
tomar, por momentos, tintes de espectáculo de portátil.