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Festejo de abono
Corrida de la Cruz Roja
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del domingo, 12 de octubre de 2003
FICHA TÉCNICA
Ganadería:
Corrida de la Cruz Roja. Toros de Antonio
Gavira,
en conjunto bien presentada. El primer toro, muy noble, el mejor, fue
ovacionado; segundo, flojo, noble y tardo; tercero, de escaso recorrido;
cuarto, muy justo de fuerzas y manejable; quinto, con la cara alta, se
apagó pronto y sexto, manejable.
Diestros:
- El Cid,
Metisaca en los bajos (saludos). En el cuarto, ocho pinchazos y
el toro se echa (silencio).
- Luis Vilches,
Pinchazo y gran estocada (saludos tras petición). En el quinto, cinco
pinchazos y dos descabellos (silencio tras aviso).
- Sergio Aguilar,
que debutó. Estocada (saludos). En el sexto, estocada (oreja).
Entrada: un cuarto de plaza.
Crónicas de la prensa: PortalTaurino,
El País, Diario de Sevilla
PortalTaurino. MANUEL
VIERA. El
Cid y Vilches torearon, pero no mataron
Quizá,
el resultado final de la última tarde de toros en La Maestranza no
es el merecido. Quizá, el rigor y
la escrupulosidad del palco presidencial
fuesen excesivos. Quizá, el escaso público repartido entre los
tendidos y gradas tomó partido sólo por su torero y se olvidó
intencionadamente de los otros. Es posible que todo esto sucediera para
que El Cid y Vilches no dieran ni una sola vuelta al ruedo y Sergio
Aguilar lo hiciera paseando la oreja.
De todas formas, hubo además una penosa realidad: El Cid y Vilches
torearon, pero no mataron.
El Cid tiene un oficio demostrado y hasta
fantasía para ejecutar su toreo, tanta como para realizar una obra tan
brillante y completa como la conseguida con el
primero de sus toros. Faena profunda donde la destacada
sensibilidad del torero alcanzó notables efectos emocionales. Excelente
la interpretación del natural con inmediata
repercusión en los tendidos, y sensacionales las tandas con la diestra que alcanzaron momentos de gran intensidad. Sin
duda, El Cid, explicó con demostrada capacidad y sentido de la expresión
toda una lección del mejor toreo. Otra joya para añadir al exquisito catálogo
que el sevillano ha mostrado esta temporada.
Pero El Cid no firma sus obras, las deja sin rúbrica
y por lo tanto no se cotizan como las de célebres maestros. Una pena,
porque la de esta tarde era para conquistar Sevilla de forma contundente.
Y si mal manejó su espada en el primero, peor lo hizo con el cuarto después
de un trasteo interesante con la mano derecha
que bajaría en calidad con la izquierda.
Desde que Vilches desplegó la muleta para
torear al segundo toro se supo la ilusión puesta en la tarde.
Y a partir de ahí la
faena de Luís comenzó a tener vida. A partir de ahí el toreo comienza a
surgir y, por tanto, a
desarrollarse. Los naturales resultaron largos, armónicos, lentos...
aumentando en cada uno de ellos la
sensación de verdad y acrecentándose la emoción en los tendidos.
Poderoso, técnico y muy torero en los adornos ha estado el de Utrera, que
ha conseguido un toreo muy sentido. El que siempre buscó Vilches en su empeño por dotar de contenido auténtico sus faenas.
En definitiva, una obra intensa y
para admirar que malograría después con la espada.
Con el quinto, manso y complicado, dramático
fue el sentido épico que imprimió a su toreo. Menos mal que donde habita
el peligro nace la salvación. Y Luis Vilches salió ileso tras jugarse la cornada durante un arrimón escalofriante. La espada, otra vez, fue
su calvario.
Sergio Aguilar se llevó la oreja del sexto,
un noble toro, a modo de trofeo. Quizás porque mató, pero no toreó. El
madrileño quiere imprimir a su tauromaquia formas “tomasistas” con figura lánguida, vertical y mecánica. El resultado de
tales maneras no cuajó demasiado y las continuas tandas con ambas manos
resultaron enganchadas y carentes de picante. Sólo los primero muletazos en los inicios de faena
al tercero tuvieron mando. Un arrimón final y sendas estocadas le
valieron alcanzar un triunfo demasiado devaluado.
Y esta extraña mezcla de fracaso y triunfo
constituyó el mayor atractivo de una interesante tarde, la última de la
temporada en Sevilla, con
buenos y aprovechables toros de Gavira.
El País. ANTONIO
LORCA. Ocasión perdida
Acababa de realizar una larga faena preciosista, pulcra y elegantísima.
Una faena artista, aunque no apoteósica, por la santa nobleza del toro
que impidió la emoción necesaria. Tenía ganada las dos orejas. Se
perfila para matar y cobra una estocada hasta la empuñadura, pero en el
cuello del animal. El torero trata de rectificar, pero el animal se
derrumba sin puntilla en el albero.El torero era El Cid y acababa de echar
por tierra la ocasión más propicia para entreabrir la Puerta del Príncipe.
El novilísimo toro le permitió un bello toreo de salón. Pero El Cid no
mata a los toros, los degüella o los aburre a pinchazos, como ocurrió en
el cuarto, al que volvió a torear con temple, aunque su arte se olvidó
con prontitud.
También la espada impidió a Vilches cortar una oreja en su primero.
No le faltó decisión, valor y buenas maneras en sus dos toros, aunque no
remató ninguna faena. Aguilar es un valiente que se dejó llegar muy
cerca los pitones y le concedieron una oreja por levantar una tarde que se
vino abajo tras el triunfo fallido de El Cid.
Diario de Sevilla.
LUIS
NIETO. Sin espada...
no es lo mismo
En la corrida de ayer triunfó Sergio Aguilar en su
debut. Fue el único que mató a la primera. El Cid, por enésima vez, y
Luis Vilches, fallaron con la espada. El primero emborronó una de las
faenas más preciosas de la temporada sevillana. Y es que sin espada... no
es lo mismo.
Con la música de Alejandro Sanz en la cabeza salimos de la Maestranza
diciendo aquello de "No es lo mismo... es distinto... Vale...
Bueno...". Por supuesto, que no es lo mismo un feo metisaca en el sótano
que una estocada en lo alto, aunque usted se llame El Cid. Y eso se paga.
Como tampoco es lo mismo un sinfín de pinchazos que sumaron el torero de
Salteras y Luis Vilches, que las dos estocadas cobradas por el que acabó
siendo el triunfador, Sergio Aguilar. Y es que, para quien lo haya
olvidado, al profesional cabal se le denomina matador de toros y a la
suerte de matar, suerte suprema. Por algo será. Sin espada... no es lo
mismo.
La corrida de Gavira, sin exceso en trapío, aunque bien presentada en
conjunto, y de buen juego en general, ofreció una oportunidad de oro a la
terna. Sin duda, el mejor toro fue el primero, al que cuidaron en varas.
Un animal muy noble, que fue ovacionado en el arrastre. El Cid lo toreó
con suavidad a la verónica, ganando terreno. La faena en los medios se
desarrolló con un aterciopelado y suave temple por ambos pitones. Con la
diestra endosó tres tandas de gran calidad. La segunda, de gran aroma, la
remató con un pase de pecho en el que se enroscó al toro en una
embestida interminable. Con la izquierda abrió con una serie que rezumó
naturalidad campera, como si aquello fuera un tentadero. La siguiente, pasándose
los pitones muy cerca, estuvo rematada con otro pase de pecho monumental.
Una trincherilla y un cambio de mano en el epílogo fueron los únicos
adornos de una obra escultórica magna. Pero luego, El Cid se marcó un
metisaca en los bajos -más bien en el sótano- y se esfumó un éxito
contundente.
Con el cuarto, un toro muy justo de fuerzas y manejable, El Cid ganó
terreno hasta los medios con verónicas de buen corte. En los medios, sin
prueba alguna, consiguió dos tandas vibrantes por el pitón derecho.
Cuando se echó la muleta a la zurda, el animal, sin cuerda, se había
rajado. De nuevo, falló en la suerte suprema. Ocho pinchazos... el toro
se echó cuando cogió el verduguillo. Mal. Muy mal.
Luis Vilches pareció contagiarse del mal uso de la espada de El Cid. Al
segundo astado, muy flojo y noble y tardo en la muleta, el utrerano lo
recibió con unos lances a la verónica con buen aire. En los medios,
faena entonada por ambos pitones, tirando siempre del animal en pases
largos. Mató de gran estocada tras pinchazo y todo quedó en una ovación
tras petición.
Con el manejable quinto, que embistió con la carita alta y que se apagó
prontísimo, Vilches realizó una labor meritoria, larga, porfiona y
encimista.
Sergio Aguilar, que debutó como matador en la plaza de la Real Maestranza
-ya toreó de novillero en esta plaza- demostró como arma fundamental un
valor descomunal. En los cites recuerda a José Tomás. No en vano lo
apodera y aconseja Antonio Corbacho, quien forjó al maestro de Galapagar.
El tercero, un toro con fijeza y entrega en varas, sangró en exceso y
llegó a la muleta con escaso recorrido. Aguilar aguantó en el comienzo
de faena un cambio en la trayectoria del viaje del toro, que se fue
directamente a su cuerpo y le arrolló, sin inmutarse. No dio sitio al
animal. Pecó de ahogar las embestidas. Mató de certera estocada.
Ante el manejable sexto volvió a mostarse seguro. Comenzó la faena con
unos estatuarios en los medios. En la faena, entonada, prevaleció la
quietud y el asentamiento de las zapatillas. Encimista, mezcló pases
templados por ambos pitones con la falta de limpieza en muchos otros, en
los que codilleó en exceso. La estocada, con decisión formidable y de
efecto fulminante, valió por sí sola la oreja que le concedieron.
El triunfador no perdonó con la espada. Vilches y, fundamentalmente, El
Cid echaron por la borda varios kilates de buen toreo. Alguien pensará
que no es lo mismo torear que matar. Y que ello no debe tener
trascendencia. Pero lo cierto es que aunque torear es distinto que
estoquear, ambos tercios son esenciales en la lidia. Porque ¿qué sería
del espectáculo si prescindiéramos de la suerte suprema? ¿Qué sería
si olvidáramos la suerte de varas, sin ahormar al toro; o la de
banderillas, sin avivarlo? No, la lidia no sería lo mismo. El espectáculo
estaría abocado a la ruina. Por eso, un torero no puede permitirse el
malograr una y otra vez faenas grandiosas. Y es que sin espada... no es lo
mismo.
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