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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
FERIA DE SAN MIGUEL
Tarde del domingo, 24 de abril de 2006
Corrida de toros

Sebastián Castella, en su primer toro (EFE)
FICHA TÉCNICA

Ganadería:  Toros de García Jiménez y Olga Jiménez Fernández (5º). De distinta presentación, mansos y descastados. El 5º de vuelto por inutilidad para la lidia. 5º-bis de Zalduendo (con juego).

Diestros: 

  • Rivera Ordóñez. Pinchazo, estocada desprendida, descabello y aviso (silencio); pinchazo que escupe, estocada desprendida y trasera, descabello y aviso (silencio).
  • Sebastián Castella. Pinchazo sin soltar, estocada entera (saludos desde el tercio); más de media estocada caída y atravesada (oreja).
  • César Jiménez. Media estocada tendida (palmas); dos pinchazos sin soltar, estocada en los costillares (silencio).
Benderilleros que saludaron: Curro Molina, de la cuadrilla de Castella, en el 2º; Joselito Gutiérrez y Juan García, de la cuadrilla de Rivera Ordóñez, en el 4º.

Tiempo: soleado.

Entrada: lleno.

PresidenteAntonio Pulido.

Crónicas de la prensa:  PortalTaurino, El País, ABC, La Razón


La Razón. PACO MORENO. Castella, a un excelente nivel

Excelente ambiente en el público en la segunda y última corrida de la Feria de San Miguel, que rozó el lleno, por lo que la empresa Pagés acertó en las combinaciones ofrecidas con la mala suerte de los toros. Aún en el recuerdo la tarde del día anterior, con el triunfo de El Cid. Era el comentario más general antes del comienzo de esta corrida. De cómo estuvo el de Salteras, del toro de Victorino, el primero de La Dehesilla... De esta manera comenzaba la tarde de ayer. Pero la corrida de Hermanos García Jiménez no correspondió a la expectación levantada y transcurrió en medio de la decepción del público y de los propios toreros.

Abrió plaza Rivera Ordóñez con un toro áspero y complicado de embestida, sobre todo por el pitón derecho, por lo que el diestro no pudo confiarse y después de varios intentos, sin encontrar el camino del lucimiento, tuvo que desistir. Antes, había recibido a este animal a portagayola y toreado en vibrantes verónicas. Sería lo mejor de su labor.

Tampoco encontró colaboración en el segundo de su lote, un animal que salía siempre suelto y sin fijeza, buscando terrenos de tablas. Allí intentó sacar partido el diestro sin conseguir nada positivo, por lo que su labor quedó sin recompensa. Joselito Gutiérrez y Juan García saludaron al finalizar el tercio de banderillas.

Sebastián Castella llegó muy dispuesto a esta cita con La Maestranza. Se lució en las verónicas de recibo realizadas con temple y mucha quietud. Después replicó a un quite de su compañero César Jiménez y labró unas ajustadísimas chicuelinas. Todo ello antes de que el toro desistiera de la pelea y se refugiara en tablas, junto a chiqueros. No se amilanó el torero francés que, firme y seguro, sacó muletazos de indudable mérito en estos terrenos comprometidos. Se la jugó, de verdad, arriesgando y tratando siempre, al menos, de justificarse. Cabe resaltar el tercio de banderillas de Curro Molina y Jesús Robledo «Tito», que arriesgaron y acabaron saludando.

Pero el triunfo de Castella llegó ante el quinto, un sobrero de Zalduendo que sustituyó al de la ganadería titular por presumible cojera. El público agradeció el cambio. Castella estuvo muy entonado en una faena llevada sobre las dos manos, pero en la que predominó el toreo sobre la derecha. Citó desde los medios para iniciar su faena y si bonito fue el trote del toro hacia el torero, espectacular y precioso fue el pase cambiado sacando la muleta por detrás de la espalda. Sonó pronto la música y el espada se lució en tandas de muletazos con la derecha llevados con temple y buen gusto. Al tomar la muleta de izquierda, el toro ya desistió de la pelea y comenzó a rajarse, por lo que en cercanías de tablas remató su labor el torero. Triunfo de Castella que de nuevo gustó en Sevilla. Hay que reflejar la facilidad y soltura de la brega, con el capote, de Curro Molina.

César Jiménez cumplió en los lances de recibo y poco pudo hacer en la faena de muleta, con un toro brusco de embestida, cabeceando y sin humillar. No obstante, planteó la faena sobre ambas manos a base de porfiar y de intentar sacar partido. No era posible mayor lucimiento, aunque, al menos, se justificó, pero con este tipo de toros es muy complicado encontrar la brillantez.

Algo parecido sucedió ante el sexto toro de la tarde, un animal que salió suelto del caballo y que no se empleó en ningún momento. El diestro madrileño volvió a plantear una faena que podía tener mucho de voluntad pero poco de contenido artístico, pues el astado no colaboró en absoluto con los deseos del matador. Un juego muy deslucido por falta de raza y un intento continuo del torero, que al final no pudo tener la recompensa deseada, por lo que su papel mostrado en Sevilla queda en el mismo lugar que tenía cuando llegó a la ciudad hispalense: bueno por triunfos anteriores. El lunar del diestro, que la espada quedó baja cuando entró a matar.


PortalTaurinoMANUEL VIERACastella, corazón y ambición

Es sorprendente la quietud de Castella. Desde la estricta inmovilidad en la distancia para el cite hasta el movimiento despacioso de la tela cargado de intensidad para cambiar el camino de la feria, en la proximidad más absoluta, con descomunal y hábil valor. 

El toreo de Castella sobresale por intenso y auténtico. La impecable técnica y el valor desmedido infunden verdad. El trazo lento luce majestuoso con capa y muleta, los remates de pecho están encarados con abrumador virtuosismo. Formas puras y auténticas, atractivas y emocionantes la de este otro, no desdeñable, representante del valor y la quietud. 

¿Dónde, pues, radica la clave de estas asombrosas formas del torero francés? Sin duda, y la respuesta es obvia, en el corazón y la ambición, y sobre todo comprometido siempre con una muy peculiar consigna: “una idea en la cabeza y una muleta en la mano”

Llegó Castella de nuevo a La Maestranza como titular de la expectación. La angustia de su toreo, el miedo de fondo y una ejecución técnica especialmente valerosa hace que todo parezca pensado para la tensión del ambiente, que se palpaba tras el brindis de faena al quinto, un toro de buen tranco que terminó al amparo de las tablas. Y en los medios se quedó, junto a la montera que tapaba la boca de riego, impávido, derecho como un junco, muleta que pendulea por la espalda, cita, deja llegar hasta escasos metros el galope de la fiera, y ahí, sólo ahí, le cambia el camino para que los afilados cuernos acaricien los finos muslos del torero. Poco después la ligazón del templado muletazo de mano baja. Cinco fueron sin variar un ápice las zapatillas clavadas en el albero.

De manera asombrosa, Castella, se queda quieto, su muleta dibuja el pase con un inverosímil recorrido. Castella se ajusta al toro, lo hace pasar por un camino tan complejo que resulta increíble. Desde la quietud hilvanó notables muletazos con la diestra rubricando las series con excelentes de pecho. Cuando quiso torear con la zurda huyó el toro hacia las tablas, lo aguantó en los medios para trazar dos naturales de ensueño. No dio el sobrero de Zalduendo para más. Algunos adornos precedieron a la estocada de efecto rápido que certificó el premio de la oreja. Antes, con la capa, demostró con el segundo una increíble lentitud en la verónica y asombroso ajuste en las chicuelitas del quite, y además presentadas con la suculencia de la que sólo es capaz un paladar exquisito. Al manso no hubo forma de robarle no más de una tanda de valerosos muletazos en tablas de chiqueros.

Y aquí acabó la función. La mansa, floja y complicada corrida de García Jiménez y Jiménez Fernández se cargó la tarde convirtiéndola en casi dos horas y media de aburrimiento. Rivera Ordóñez, pese a su portagayola y afán por conseguir agradar nada consiguió con el complicado primero. Desconfiado y precavido lo mató mal, al igual que al manso cuarto.

César Jiménez se pasó la tarde en intentos. Más voluntad que acierto con el tercero, descastado y de descompuesta embestida, y sin emplearse a fondo con el soso y flojo sexto al que mató muy mal.


Sebastián Castella, en su primer toro (EFE)El País. ANTONIO LORCA.  Desconocida Maestranza 

Cartel de figuras. Y se presentan los tres con una ganadería desconocida, pero procedente del afamado Juan Pedro Domecq. Los de ayer salieron inválidos, descastados, desabridos, rajados y mansos. Es decir, los garbanzos negros de don Juan Pedro. ¿Acaso protestó La Maestranza con la energía necesaria tal desaguisado torista? ¿Se alzó alguna voz cuando el segundo de la tarde se escobilló el pitón derecho en el caballo, motivo para sospechar de manipulación fraudulenta? Por Dios, que estamos en Sevilla.

Fueron muchos los que aplaudieron a Rivera Ordóñez tras una actuación triste y caricaturesca ante su primero, que era una auténtica birria. No mejoró en el cuarto, manso, distraído y rajado.

Entre sorprendentes ovaciones se marchó el picador del segundo, al que no hizo sangre ni para un análisis clínico. Sin embargo, se las ganó por méritos propios Sebastián Castella, valentísimo como siempre, temerario en ocasiones, pero que también pagó la penitencia de anunciarse con estos toros de saldo. Se jugó de verdad la vida ante su huidizo primero, dejándose pasar los pitones por los mismos muslos, pero su esfuerzo fue baldío. El presidente devolvió el quinto, un calco de los anteriores por mansedumbre y flojedad, y salió un sobrero de Zalduendo. Dos tandas de derechazos largos y de escasa profundidad hacían presagiar faena grande que no llegó porque el animal se refugió en las tablas.

Tampoco acompañó la suerte a César Jiménez, que se enfrentó, es un decir, a un lote desabrido e insulso, con el que sólo pudo mostrar voluntad.


NIEVES SANZ. ABC.  Sebastián Castella, en un pase del péndulo, cortó la única oreja de la tardeABC. ZABALA DE LA SERNA. Asombra Castella con un saldo de mansos

Un repique lejano de campanas invadió el aire de solemnidad. Sebastián Castella citaba por estatuarios con el mentón hundido en la pechera, en medio del silencio, con el eco metálico del tañido y el silbido sigiloso del miedo sobre la Maestranza. El toro se había rajado en banderillas y cuando iba, lo hacía descompuesto. Los pitones lamieron la taleguilla, y surtieron el efecto de pellizcos en la boca del estómago de los tendidos. Castella sumó a la tensión la estética, y dibujó dos trincherillas a cual más torera. Quería huir el torete, que ni en los medios quería; sólo se centró algo en toriles en la muleta que lo dominaba y lo sujetaba en su querencia natural. La faena nació de la inventiva del matador, que puso toda la emoción de su parte a través de la quietud, a través también de la plasticidad, desde aquellas verónicas templadísimas del saludo a las ceñidas chicuelinas de un impertérrito quite con el que respondió a la intervención por faroles invertidos de César Jiménez. Impresionó y asombró el francés impasible, que recogió una atronadora ovación que bien podía haber impulsado la vuelta al ruedo, ¿por qué no?

Probablemente el quinto sería el toro más horrible del mundo. O casi. Otro que abandonó pronto la lucha. La gente lo protestó con desesperación y hastío, y en cuanto dobló una mano el presidente aprovechó y lo devolvió. Muy fuerte arrancó Sebastián Castella la faena al basto sobrero de Zalduendo. Los pases del péndulo en la misma boca de riego sobrecogieron el ánimo. Como los ligados derechazos de mano baja. Tomaba vuelo la faena. Pero nada más presentar la izquierda se rajó el domecq de don Fernando. A una sola tanda de naturales, de sujeción más que de expresión, le siguió un serio arrimón, aunque realmente Castella llevaba arrimándose toda la tarde. Desmereció el bajonazo vomitivo, porque provocó derrame. Así que interpretemos la oreja como el premio a la globalidad de su actuación, a su actitud, a su cada vez más cálido toreo.

La corrida de García Jiménez hacía aguas por múltiples vías, por su desigual presentación, por su descastado juego. Sonaba a calderilla. Francisco Rivera Ordóñez se chupó una de invalidez y genio. Salvo la osada larga cambiada a portagayola, nada. Gazapón e incómodo el toro y movido el torero.

Y si no quieres leche, toma dos litros más de mansedumbre envasada en la oscuridad del cuarto, huidizo desde que pisó el ruedo maestrante. Rivera se encerró con él en tablas, acorralándolo para sacar algo en limpio, en plan voluntariosa batalla.
Feo fue el tercero, nulo de calidad, nulo de ritmo, nulo, la nulidad absoluta y cabeceante. César Jiménez se metió en larga y sorda labor. Muchos pases, algunos enganchones, opacidad y densidad a mansalva.

Un destartalado sexto cerró el saldo de mansos que fue esta corrida desaliñada, impresentable para el abono de Sevilla. Un cero para la empresa y otro para los «supervisores» de los toreros con aspiraciones de figura... Jiménez se estrelló sin remisión.


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