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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del jueves, 3 de abril de 2008
Corrida de toros

Pepín Liria, épica despedida. Foto: Guillermo Lorente/TorosComunicación
FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Victorino Martín (bien presentados, bravos y encastados, 3º aplaudido y el 5º dio la vuelta lenta en el arrastre).

Diestros:

  • Pepín Liria. Se despedía de la plaza. Cinco pinchazos, media estocada (silencio); estocada entera, rueda sin puntilla (oreja y dos vueltas al ruedo tras fuerte petición de la 2ª con bronca a la presidenta).
  • Antonio Ferrera. Estocada casi entera, trasera y caída (palmas); media estocada caída, descabello, estocada entera tras aviso (vuelta al ruedo)
  • El Cid. Tres pinchazos, pinchazo hondo, descabello (saludos desde el tercio); tres pinchazos, descabello tras aviso (palmas).
Incidencias: Pepín Liria resultó cogido recibiendo un baretazo en el muslo izquierdo al recibir a portagayola a su 2º. En este toro también sufrió una fuerte voltereta.

Banderillero que saludó: Domingo Navarro y Carlos Casanova, de la cuadrilla de Liria tuvo actuación providencial con Liria al resultar volteado.

PresidenteAnabel Moreno.

Tiempo: soleado.

Entrada: hasta la bandera.

Crónicas de la prensa: ABC, El País, El Mundo, Diario de Sevilla, La Razón, PeriodistaDigital, 6Toros6.

El Cid. Foto: Guillermo Lorente/TorosComunicación

 

PUERTA DE ARRASTRE


Por Santiago Sánchez Traver


Qué corridón, cuántas cosas, cuántas emociones. Los seis de Victorino eran cárdenos aunque el programa decía que dos eran negros. Cosas de la ficha del nacimiento: todos nos volvemos cárdenos. Igualitos, con sus hechuras, sus caritas de Albaserradas. El quinto no fue de vuelta, pero extraordinario en la muleta. Buenos el tercero y el cuarto y pasables los dos primeros. Liria se despidió con faena épica de la Maestranza, ha quedado en la historia. Qué paliza le dio el sexto a potagayola y al final de la faena. Qué arrestos le echó a la cosa. Qué quite más valiente de Casanova, cual forçado. La espada privó a El Cid de un triunfo grande, sus naturales fueron de cartel. Y Ferrera cumplió en el quinto al que nhubiera cortado un apéndice. Alcalareño lidia como nunca, siga sacando puntos. Y a la presidenta la volvieron loca. Bien, señora, en negar la segunda oreja.
 

Antonio Ferrera. Foto: Guillermo Lorente/TorosComunicación

 

LO MEJOR  Y LO PEOR


Por Carlos Javier Trejo


La Real Maestranza vivió la retirada de un "torero macho", un torero que se despedía de la afición sevillana de la misma manera que pasó siempre por el albero del Baratillo: entregándose. Entrega y pundonor a borbotones, siendo prendido a portagayola, levantándose sin mirarse y enjaretando al toro unas vibrantes verónicas, con la música sonando y la plaza en pie rompiéndose las manos aplaudiendo. Pepín Liria fue cogido de nuevo con la muleta, pasando unos segundos interminables a merced del toro, hasta que llegó otro "torero macho" para sin pensarlo agarrarse a los pitones a modo de forçado y realizar el quite a cuerpo limpio a su compañero. !Olé Carlos Casanova!. Emociones sin límite esta tarde en la Maestranza. El buen toreo al natural corrió a cargo de El Cid en el tercero de la tarde, y la casta la pusieron los vitorinos, tres de ellos importantes.

E
n tardes como las de hoy no merece la pena entrar en detalles negativos, la tarde fue grandiosa. Un gran espectáculo. El Cid tendría que haber matado al tercero, después de los excelentes naturales no podía dejar escapar el triunfo. La polémica hoy estuvo en el palco, la presidenta le negó la segunda oreja a Liria tras la vibrante faena al cuarto, y concedió la vuelta al ruedo al quinto de la tarde, visiblemente protestado. En mi opinión, el único defecto del toro es que fue algo tardo, empujó con fuerza en el caballo en los dos encuentros y embistió con una nobleza excepcional por ambos pitones, lástima que la faena se desarrollase en tablas..., en el centro el espectáculo hubiese sido sensiblemente superior. Mereció por tanto el premio póstumo.

 

Pepín Liria. Foto: Guillermo Lorente/TorosComunicación

LOS PROTAGONISTAS

Pepín Liria

“Gracias a Sevilla”. Así de contundente se expresaba el maestro Liria nada más finalizar el festejo, y describía lo sucedido con las siguientes palabras. “Me ha merecido la pena todo lo que he hecho y lo que he vivido hasta el último día aquí. Si el toreo tiene un premio y siempre piensas que va a llegar, ese premio me ha llegado hoy aquí en Sevilla. Esta la recompensa más grande que me puedo llevar, de mis compañeros, de La Real Maestranza, sin duda lo más grande que me ha pasado en todos estos años. Pienso que era lo que me faltaba para creerme que es verdad, que la decisión que he tomado es la más acertada del mundo y que le tengo que estar agradecido eternamente al toreo y sobre todo a Sevilla.” Relataba de la siguiente forma su portagayola. “Yo no sé de dónde he sacado las fuerzas para lo de hoy, cuando me he levantado en la puerta de chiqueros no sabía lo que tenía, estaba reventado, la gente me empujaba, la música sonando… Sevilla es única. Me ha merecido la pena casi morir en Sevilla. He visto cómo la gente lloraba de emoción y la oreja es lo de menos, lo importante es cómo me he despedido de La Maestranza.”
Antonio Ferrera

El extremeño decía lo siguiente. “He estado muy de verdad toda la tarde.” Esas son las primeras palabras de Antonio Ferrera, continuando sus declaraciones con “cuajar un toro como mi segundo con esa profundidad me da mucha categoría interiormente, yo creo que si le meto el espadazo que le meto al final hubiera sido una faena de dos orejas muy importante.” Además Ferrera analizaba sus tercios de banderillas, “el tercio de banderillas ha sido de los más puros que he realizado en mi vida y ahí ha quedado. He arriesgado una barbaridad metiéndome en los terrenos del toro y dejándome que me toquen los pitones en los muslos.”
El Cid

El Cid comentaba su paso por la corrida de Victorino. “Me he llevado la cara y la cruz, el bueno y la alimaña. Con el último de la tarde lo he intentado siempre y le he sacado lo que no tenía.” Manuel Jesús se lamentaba de no haber acertado con el estoque. “Hoy desgraciadamente con la espada me he tirado arriba pero he encontrado hueso.” Proseguía el de Salteras “me voy con la satisfacción de que hoy le he pegado a un toro veinte muletazos muy a gusto, muy buenos. Dentro de lo que tenía el toro lo he cuajado de principio a fin, no ha sido el día de las orejas pero estoy muy contento. Esta son de las tardes en las que uno profesionalmente está lleno por dentro. Con el capote empecé a apoyarlo y a mimarlo porque a estos toros hay que enseñarlos y más a este tipo de encaste.” En el epílogo de sus declaraciones resumió la tarde en su conjunto “ Hoy hemos estado los tres hechos unos tíos, con muchísima emoción en la plaza, y realmente ha habido de todo que, a veces, es lo que echamos de menos en la fiesta.”
Realiza: 
Emilio Trigo

Pepín Liria. Foto de Marcelo del Pozo. Reuters

Crónicas de la prensa

El Mundo. CARLOS CRIVELLPepín sale vencedor en otra batalla

En una tarde de tantas emociones, sería injusto hablar primero de la penosa tarde de la señora presidenta de la corrida. Será necesario recordarlo, pero ni una línea más sin honrar la casta de ese torero macho llamado Pepín Liria, que volvió a salir vencedor de una nueva batalla de las que ha librado en su heroica carrera torera. Pepín Liria se despidió de la Maestranza y dejó hasta su último aliento entre los pitones de un toro de Victorino. Fue un milagro que saliera por su pie de la plaza después de las dos cogidas que sufrió, la primera a portagayola y la segunda en la parte final de su faena. Tarde de torero de cuerpo entero, dispuesto a dejar su vida en busca de un nuevo triunfo en Sevilla. La faena fue emotiva, nunca exquisita ni de calidad, pero la plaza estaba sobrecogida por la emoción. Lo mató en el centro del ruedo y el de Victorino murió como bravo. El público quiso premiarlo, de forma mayoritaria, con las dos orejas. No era faena de dos orejas, pero no hubiera pasada nada si se las conceden. La plaza se dividió con la decisión de conceder sólo un trofeo. 

Por encima de las discusiones sobre el premio merecido, debe quedar en la memoria el gesto de torero de cuerpo entero con su terno roto, tez de torero curtido por los miedos, satisfecho por la labor cumplida y desecho por las magulladuras de un toro fiero. 

Pero la tarde nos tenía reservado un suceso lamentable en el quinto. No se sabe si superada por las protestas recibidas en el cuarto al negar la segunda oreja a Liria, la presidenta sacó el pañuelo azul para premiar con la vuelta al ruedo a un toro que nunca debió recibir este honor. La Maestranza sufrió un duro varapalo desde el palco, porque un toro que aprieta a tablas, que no acude a los caballos, que cuesta más de diez minutos ponerle las banderillas y que acaba cerca de las tablas, nunca puede recibir tanto honor. La virtud de la humillación no es suficiente. Esa vuelta es sonrojante para Sevilla.

La corrida de Victorino despertó del letargo al ciclo sevillano. Dejando a un lado la vuelta ridícula a ese quinto, fue un lote variado, con cambios en su lidia, y con tres toros –el citado quinto más tercero y cuarto– que permitieron a sus matadores el lucimiento.

El Cid cuidó con mimo al tercero –espléndida la cuadrilla–, lo templó y barrió el albero maestrante en naturales perfectos. La espada se llevó la oreja.

Cuando nadie esperaba nada del sexto, toro blando y de cuello rápido, demostró que no hay Victorino que se le resista en tandas de naturales de trazo limpio. Casi un milagro, porque el animal buscó siempre al torero bajos los vuelos de la franela. El Cid fue un torero de cuerpo entero y matador de espada oxidada.

Antonio Ferrera le hizo una faena muy digna al toro de la polémica. El animal, que se reservó en el caballo y fue complicado picarlo, que se aculó en tablas en banderillas sin acometer al diestro, tuvo la virtud de perseguir la muleta con el hocico por el albero. Ferrera se lució en tandas de trazo templado por la izquierda, con el único problema que supone su estética, ya que torea con el cuerpo arqueado. Pero estuvo muy bien dentro de su estilo.

Fue una tarde intensa con El Cid por naturales, Ferrera, siempre entregado, y un torero que ganó su postrera batalla en Sevilla. Fue una lástima que parte del protagonismo se lo lleve el desafortunado palco presidencial.


El País. ANTONIO LORCA.  Se despidió un héroe

La voltereta fue espantosa. Mientras el público se llevaba las manos a la cabeza presagiando lo peor, se levantó el torero enrabietado, con la taleguilla rota, sin mirarse, y dibujó unas verónicas apasionadas que cerró con tres medias que desbordaron la emoción. La música rompió a tocar jubilosa mientras la conmoción se apoderaba de la plaza.

El torero brindó a Sevilla el toro de su despedida; se fajó con él con seguridad y gallardía, mientras el animal lo miraba y buscaba con sordo peligro. Fue una faena de poder, a la medida de su dificultoso oponente.

Pero tanto expuso el matador que llegó otra voltereta, y el toro lo zarandeó peligrosamente al tiempo que la cuadrilla se apiñaba para auxiliarlo. Salió indemne de nuevo, despidió con energía a sus hombres y llevó al toro al centro mismo del ruedo. Allí, montó la espada y dejó una estocada en todo lo alto. El animal tardó en morir y los espectadores, puestos en pie, le rindieron los honores merecidos. Los tendidos se poblaron de pañuelos y, a pesar de la mayoritaria insistencia, la presidenta Anabel Moreno, que se estrenaba en corridas de toros, decidió conceder una sola oreja. Pepín fue obligado a dar dos clamorosas vueltas al ruedo y la señora presidenta escuchó una de las broncas más sonoras que se recuerdan en esta plaza. Sin duda, le faltó sensibilidad para entender que Sevilla había vibrado con un héroe de época. En otras palabras, la presidenta no sirve.

La corrida había comenzado con dos toros sosos y sin fuelle hasta que llegó la nobleza desbordante del tercero, con el que El Cid volvió a dictar una lección magistral de toreo al natural que malogró con la espada. Ante el sexto, de mala condición, sólo pudo demostrar su magisterio.

El toro bravo fue el quinto, que empujó con fijeza en el caballo, persiguió en banderillas y acudió pronto a la muleta. Merecidamente se le concedió la vuelta al ruedo, aunque Ferrera pinchó y emborronó una vibrante actuación.

La tarde fue de gran intensidad. Hubo toros y tres grandes toreros. Y uno de ellos, un héroe, dijo hasta siempre.


Diario de Sevilla. LUIS NIETOUna encastada corrida de Victorino levanta pasiones

La Maestranza había sido un funeral en el tramo torista. Lo avisamos ayer: se lo han dejado en bandeja a Victorino. Y el antaño paleto de Galapagar, que viste ahora trajes de corte caro, enseñó sus cartas y apabulló. Cinco toros encastados y una alimaña. O sea, repóquer. Ganó la partida a lo grande. Espectáculo que desató pasiones, algunas incomprensibles, como la de la presidenta, María Isabel Moreno, que ordenó una inmerecida vuelta al ruedo al quinto toro, número 502, Melonito, negro bragado, que había rehusado en varias ocasiones acudir al caballo a una segunda vara.

La corrida de Victorino Martín, justa en trapío, con alguno de los toros tapándose por la cara, con agujas muy respetables, fue encastada, con muchísimos matices y siempre a más. Ninguno hizo una pelea espectacular en varas. Y en la muleta hubo de todo. Pero todos fueron muy exigentes y llegaron con la boca cerrada al final; destacando en su muerte el quinto, que se resistió con bravura a hacerlo, en los mismos medios, con una estocada hasta la bola. Por fin, una corrida con motor, con transmisión, que propició, gracias también a la disposición de una generosa terna -Pepín Liria, Antonio Ferrera y El Cid-, en una gran tarde de toros.

El primer éxito, del que fue más que partícipe Victorino, fue el No hay billetes en festejo de a pie en la preferia. Luego, espectáculo desbordante, con explosiones de tensión y miedo en el ruedo y de emoción en los tendidos. Salió el toro y, aunque el espectáculo duró lo de días anteriores, dos horas y media, se acabaron lo de las pipas, chicles y caramelos.

Pepín Liria, al que el público lo recibió con una cariñosa ovación en su despedida de Sevilla, se fajó ante su lote. Con el que abrió plaza tardó en centrarse para cogerle el aire por el buen pitón derecho, en serie con ligazón que hizo sonar la música. Luego, la faena se difuminó y el murciano no acertó con la espada.

Con el cuarto emergió el legionario Liria, el torero épico. Se libró, milagrosamente, de ser herido en un par de ocasiones. Se fue a chiqueros para una larga cambiada de rodillas a portagayola. El tren, un cárdeno bragado de 515 kilos, lo arrolló. Salió magullado y con la taleguilla hecha añicos. Estuvo a punto de partirle por la mitad. Primer milagro. El torero se levantó y con una casta indómita lanceó de manera vibrante con parte del público de pie, aplaudiendo de manera enloquecida. Después, esparadrapo gigante para evitar el destrozo de la taleguilla. Brindis al público en su adiós. Gran ovación. Y épica. En la faena, entonada por ambas manos, llegó el ¡huy! en una colada. La música sonó cuando ya había pasado el momento álgido de una tanda con ligazón con la diestra. Nuevo gañafón por ese pitón y cogida espectacular en la que vuela y cuando cae, el toro le prende y a punto está de herirle en la cabeza. En la refriega, el diestro cayó boca abajo y quite de un banderillero, sujetando la cabeza del toro, emulando a los forcados. Segundo milagro. Una estocada en los medios le valió un trofeo. La presidenta no se dejó llevar por la emoción desbordada y se negó a conceder la segunda oreja. El público le hizo dar dos vueltas a Pepín y la usía recibió una bronca de órdago. 

Antonio Ferrera estuvo muy voluntarioso y no siempre acertado. Con el segundo anduvo embarullado con el capote y arriesgó en banderillas, fundamentalmente en un inquietante par por los adentros. Con la muleta, cumplió.

Ante el quinto, con mucha gasolina en la muleta, pasó apuros en un par de ocasiones a la salida de los pares, en uno de ellos con un quite oportunísimo de Liria. Con la muleta estuvo muy firme, brillando con la izquierda, aunque en algunos momentos forzó en exceso la figura. No mató a la primera y ganó una merecida vuelta al ruedo. La presidenta ordenó el injusto premio de la vuelta al ruedo y las broncas durante el arrastre del victorino y después de la vuelta al anillo del torero fueron de órdago.

El Cid, que cerraba terna, fue quien mejor toreó. Estuvo en figura máxima del toreo. A su primero, con un buen pitón izquierdo y que se quedaba corto por el derecho, lo toreó magníficamente, con temple y suavidad. Sacó al toro con dos trincherillas y algún otro pase, apuntando a lo grande. Y en los medios, metió de inmediato en la canasta al toro, al público y a la banda de Tejera. Con una buena colocación, los naturales floreciendo con sutilidad. Los hubo de todos los colores. Y los pases de pecho, largos y hondos. Como si el animal, que había sido muy exigente, fuera ya un torito comercial, El Cid se entretuvo en trincherillas con arte. Con la derecha tiró muy bien del astado, con ligeros toques. La obra en su conjunto fue excelsa, pero El Cid pinchó y pinchó y se le esfumó el premio, que pudo ser doble.

Con la alimaña del encierro, el sexto, con la que era imposible el lucimiento artístico, El Cid se justificó con creces, con la responsabilidad de una máxima figura.

Gracias a la pólvora de los victorinos y la batalla de tres toreros dispuestos, el público salió hablando de toros. Al fin, el espectáculo.


ABC. ZABALA DE LA SERNA.  Hombría, emoción, pasión y Victorino

Si ahora nos enredamos en cuestiones del palco, sería como volver a restarle protagonismo a los auténticos protagonistas, a la emotividad de una tarde que devolvió la pasión a los tendidos de la mano de una gran corrida de Victorino Martín y tres tíos, en la más amplia acepción viril y torera de la palabra, que hicieron vibrar a una Maestranza hasta ayer dormida, cada uno con sus armas.

Pepín Liria se despedía de Sevilla, y Sevilla casi lo despide «in articulo mortis»: Liria vio muy de cerca por dos veces el rostro de la señora de negro y guadaña. A portagayola, en medio de ese silencio que traslada las pulsaciones del miedo desde la boca de toriles, se frenó en seco el victorino, como deslumbrado. Unas milésimas de segundo después sus cárdenas intenciones se estrellaban contra el pecho del torero. Dios existe. Se levantó Liria como Lázaro, la taleguilla rota por el nalgatorio -no me pregunten cómo-, y se puso a lancear con la música en pie, la plaza sonando a resurrección y pasión. Un estallido de sensaciones.

Brindó al público no la faena, sino toda una carrera y un impresionante palmarés en Sevilla. El toro bravo esperaba en el tercio, y en el tercio fue la faena. Embestía con cojones, pero por abajo, y entre muletazo y muletazo miraba y medía a Pepín Liria pidiéndole al carnet. Del entusiasmo inicial de las series diestras -siempre entre las rayas- se había rebajado el diapasón mediada la obra, justo cuando el victorino lo prendió por el pitón derecho y no lo soltó. Y no lo soltaba. Los pitones dibujaron la señal de la Cruz en la frente del torero como un cura la extrema unción. ¡Qué paliza! Carlos Casanova se tiró literalmente, como un forcado, sobre la testa; El Boni coleaba al toro. Revuelo de capotes. Menos el de El Cid, que no lo llevaba... La tensión del momento derivó en una emotividad incontenida; la lenta agonía del toro en los medios, con una estocada recetada allí mismo, desató la pañolada, la oreja, la solicitud de la segunda, el pañuelo azul; pedían de todo. La presidenta se atrincheró. No sé ni cómo se llama la doña ni me interesa. Pero debió valorar que el personal tal vez reconocía así toda una trayectoria de entrega que se había resumido, de pronto, en veinte minutos de lidia. Optó por la justicia y no por la sensibilidad, como si justicia y sensibilidad no pudieran caminar de la mano en una ocasión especial. Dos vueltas y el rugido de la masa rompiendo las barreras del sonido, con la cabeza y el corazón puestos en las dramáticas escenas. Liria había despachado el alto, enfibrado y correoso primero de no pocos pinchazos.

Pinchaúvas de verdad estuvo El Cid ayer después de bordar con hilo de seda el toreo al natural. Había descubierto al toro de victorino, bajo y bien hecho, en un quite a la verónica enteramente por el pitón izquierdo. Y todo lo que surgió sobre ese lado contuvo calidad mayúscula, la doblada, la trinchera y el pase del desprecio del prólogo. Maravilló cómo le dejaba muerta la muleta en el hocico, cómo cosía los izquierdazos, cómo barría la tela el albero. El paso fue breve sobre la derecha, y el final olía a gloria. Pero se dejó atrás El Cid el brazo, como en los viejos y malos tiempos, una y otra vez, haciendo el volapié indiferentemente en las distintas suertes. Y volvió a caer en desgracia con el flojo sexto, al que llegó a hallarle su izquierda el punto como si fuese la varita de un zahorí.

Habría que hacer plebiscito para que a Antonio Ferrera le toquen las bandas taurinas de España el Himno de la Legión en banderillas. Brutal tercio. Más en corto no se puede citar. Extraordinario el segundo par, de imposible salida. El arreón del victorino lo aguantó hasta la otra punta de la plaza después de clavar en todo el morrillo. Y la tercera reunión, a paso de gastador, braceando los palos, también puso a la gente en un ¡ay! Entre ortodoxo y heterodoxo, lo que estuvo de verdad fue muy puro. Sonó la hora de refrendar el esfuerzo con la muleta, y el victorino persiguió con profundidad la zurda de un Ferrera muy roto y quebrado, por debajo de la pala. Falló la espada y la doña, que tan dura había estado con la mayoría, optó ahora por concederle una vuelta al ruedo en el arrastre solicitada por la minoría; la vuelta de ley fue para Antonio Ferrera, que había resuelto antes con un toro nada fácil que derrotaba. La emoción nunca faltó en dos horas y media.


La Razón. JUAN POSADA. Heroica despedida de Liria en Sevilla 

La emoción se derramó ayer por todos los tendidos de La Maestranza. Aunque el 1º y el 2º victorino no valieron por falta de fuerzas, 3º, 4º y 5º dieron de sí lo suficiente para completar una gran tarde torera. Empezó bien la cosa al ovacionar tras el paseíllo a Pepín Liria por su despedida de La Maestranza. El diestro respondió echando toda la carne en el asador, exponiendo mucho y llevando el miedo y el olé. Como caso de excepción, se tocó un pasodoble torero para premiar el arrojo de un diestro con el capote. El murciano no había redondeado su primera faena y, a pesar de estar ya en el final de su carrera, cruzó el albero hasta la puerta de chiqueros, dispuesto a dar una larga cambiada. El toro salió fuerte, tropezó y al quedarse parado se encontró con el torero al que volteó con mucho aparato. Liria se levantó raudo y los seis lances y la media que siguieron merecieron el clamor del personal y el pasodoble. 

Los victorinos, aparte de la expectación y el lleno, mantuvieron la atención del público en todo momento. Unos por buenos, otros por bravos y en general por comportarse como auténticas reses de lidia. 

Pepín Liria efectuó una faena valentona y un tanto inquieta al primero. Consiguió algunas series buenas, en especial al situarse en corto para paliar el defecto de dejar la muleta retrasada. El toro lo esperaba mucho y dio sensación de inseguridad pero se sobrepuso. 

Tras la heroicidad en la puerta de chiqueros con el cuarto, ejecutó una faena con altibajos, en la que alternó muletazos templados con la diestra con otros más rápidos; todos valientes. Los naturales que siguieron, de la misma factura y con el defecto de dejar el engaño retrasado. Así, al cambiar de pitón, lo citó por la derecha con el mismo error, el toro lo vio y la voltereta fue de las de asustar de verdad. Su banderillero Carlos Casanova se agarró a los cuernos y evitó un mal mayor: una belleza digna de un cuadro de Roberto Domingo. Liria, después de varios muletazos muy arriesgados, llevó el toro al centro y le entró a matar muy derecho. La brava res, muerta de pie, aguantó entre los aplausos del personal. 

Antonio Ferrera banderilleó con voluntad al segundo y realizó una faena valerosa, un tanto forzada al final, ya que al toro le faltó un tranco en su embestida. Pero estuvo muy digno y valiente hasta el final. 

Con el excelente quinto consumó un bonito y arriesgado tercio de banderillas. Se lució sobre todo en el tercer par. Inició la faena con muletazos largos, pero destemplados. Poco a poco se centró y logró varias series con la izquierda acompasado al buen son del toro. Los mejores naturales, los rematados atrás casi en redondo y muy lentos. En esta faena sí que adelantó la muleta, dejándola ante el hocico al final de los muletazos, que resultaron muy bellos y, cosa natural, levantaron a la gente de sus asientos. Labor valiente, torera y artista, que mereció haber finalizado con una buena estocada para consagrarse definitivamente. 

El Cid cada vez torea mejor. No se inmutó tras una colada inicial con el capote en el tercero al que realizó una gran quite por verónicas. La faena fue una sinfonía de naturales; todos iniciados desde largo con la muleta arrastrada y situada ante los pitones para terminar el lance en la cadera con lentitud y ritmo. El toro embestía muy bien, pero el torero lo toreaba mejor. 

Aparte de los muletazos fundamentales por ambas manos, intercaló varios trincherazos, sobre todo con la izquierda, preciosos. 

Al sexto le sacó, a fuerza de exponer, tres tandas de naturales, en las que el toro se revolvía queriéndolo coger. Faena de torero hecho, valiente y en celo. 


PeriodistaDigital. JOSÉ ANTONIO DEL MORAL. Un grandioso espectáculo

Aunque la corrida no resultó redonda, ni siquiera perfecta – ni las más célebres lo fueron –, ni siquiera completa respecto al juego de las reses porque el mal sexto toro de Victorino Martín fue algo así como la prueba que mostró más a las claras lo diferentes por excepcionales que habían sido las condiciones que habían mostrado los tres anteriores, el conjunto de lo acontecido fue memorable, inolvidable. No creo que haya un solo espectador, tanto entre los que tuvimos la inmensa suerte de presenciarlo en directo como los que pudieron verlo por televisión, que no se emocionara ni que al terminar no se sintiera enormemente satisfecho. Y es que la corrida de toros que trajo Victorino fue, como he dicho en la entradilla, monumental por su presentación y por el juego que dieron, sobre todo los tres que, respectivamente, correspondieron a El Cid, a Pepín Liria y a Antonio Ferrera en tercer, cuarto y quinto lugares. 

Tres toros para la historia que pasamos a relatar aunque sea obligado decir por delante que el festejo comenzó con el ambiente por las nubes – se sentía, quizá más que otras veces, ese run-run típico y tópico de las grandes ocasiones como si fuera una premonición de lo que vendría después – y la cariñosa ovación que el público tributó a Pepín Liria después de hecho el paseíllo, por ser su última tarde en la Maestranza. También, que los dos primeros toros, aunque posibles e interesantes, no llegaron a mayores. Liria se entendió pronto con el que abrió plaza hasta que el toro dijo no. Y Ferrera, con el degollado y en el tipo más característicos de los santacolomas y saltillos que se corrió en segundo lugar, desigual en palos y otro tanto en su faena porque este toro fue de los que embisten siempre bien por bajo y nunca por arriba por lo que, en la faena de Ferrera, hubo de todo. Bueno, malo y regular.

Pero de inmediato llegó el concierto - nunca mejor dicho – que nos ofrecieron El Cid y su magnífica cuadrilla en la lidia del tercero que, de salida, nadie pudo imaginar que terminaría siendo un toro tan estupendo. Dos cosas contribuyeron a la definitiva mejora del animal: el gran fondo que, sin duda, tenía, y lo perfectamente que le hicieron todo durante su lidia. Término, este de lidia, maravilloso ayer en las manos de El Cid y de sus peones, sobre todo en las de Alcalareño que ya se ha convertido en espectáculo añadido al de su matador. Porque, señores, este Cid de ayer fue y estuvo tan seguro, tan sereno, tan inteligente, tan templado, tan elegante, tan preciso y definitivamente magistral - primero con el capote con el que se templa como nadie y luego con la muleta - que llegó un momento de su gran faena en el que a muchos nos saltaron las lágrimas por la emoción que nos produjo ver torear al natural como pocas, poquísimas veces hemos visto y estoy por decir que ninguna hasta ayer. 

Arrastrada por la arena la muleta desde el principio hasta el final de cada pase, los arrancó El Cid echándosela al morro ya humillado de su contrincante mientras lo embarcaba subyugándole, como hipnotizándole, porque el engaño ya había empezado su lento viaje imperceptiblemente antes de que el animal se arrancara. Portentosos, por ello, los naturales de El Cid, cosidos uno a otro en redondísimas tandas que cerraron los señoriales de pecho o las fantásticas trincheras sin más aditamentos que lo clásico en su más pura versión. Y memorable la estructuración de la faena en su conjunto por lo que supuso a la vez de sencilla e inalcanzable. Qué pena, qué pena más grande tuvimos y el matador más que nadie cuando a El Cid le falló varias veces su “tizona”. El disgusto del gran torero le llevó hasta negarse a dar la vuelta al ruedo que podría haber dado sobradamente justificada en medio de la atronadora, la inmensa ovación que le dedicaron los tendidos, con todo el mundo puesto en pié.

Y de ahí a la gloria y ¿quizá a la muerte? Porque por poco se libró Pepín Liria de la fatalidad al ser arrollado de lleno en su larga a porta gayola de recibo al tercero. Al tremendo dramatismo de la escena, a la confusión y al barullo que siguió como siempre ocurre en parecidas situaciones con el torero maltrecho y la ropa de torear hecha unos zorros, sucedieron increíblemente templadas las verónicas más lentas que yo le haya visto dar en mi vida al murciano. Un asombro. Como asombroso fue comprobar de inmediato que, este toro llamado Gamareto, iba a ser – lo estaba siendo ya – uno de los más bravos que hayamos visto jamás. Su prontísima arrancada, su centelleante fijeza, su incesante embestir hasta hacerle parecer demasiado pegajoso, su encastadísima y de ahí su peligrosa nobleza de tanto y tanto repetir y, aún más de lo debido en la faena, porque la presidencia cometió el error de cambiar el tercio de varas sin estar suficiente ni debidamente castigado el toro, fueron tan clamorosamente evidentes que muchos saltamos de los asientos en más de una ocasión. Unas por la admiración que nos produjo ver cómo embestía el toro y otras por los sustos que padecimos viendo a Liria en francos apuros por moverse más de la cuenta en el transcurso de una faena que fue, al mismo tiempo, un dechado de entrega y de imprecisión. 

Tanto fue así, que el toro le cogió y le recogió, de nuevo en trance espeluznante, momento en el que el peón Casanova saltó raudo y valentísimo desde la barrera para agarrarse al cuello del toro y evitar así que hiriera gravemente a su matador. Zafado de nuevo y de nuevo Pepín en la cara de tan bravísimo ejemplar, se llevó al toro a los medios y en el mismo platillo lo mató de estocada superior, pese a la cual, el toro se resistió a morir durante un largo rato en el que, todos los espectadores puestos en pie, acompañamos su lenta agonía con tanta unción como si desde los cielos bajaran las notas del Ave Verum de Mozart. Bravura catedralicia e inmortal para todos los presentes, menos para los del palco presidencial en donde, quizá entretenidos y confusos porque no sabían si la gente pedía la segunda oreja – la primera la había ganado Pepín legítimamente – o si lo que demandaban era la vuelta al ruedo para el toro, terminaron por no sacar ningún otro pañuelo, desde luego no el azul, armándose la marimorena contra la señora presidenta que debió pasar el peor rato de su vida con la cantidad de insultos e improperios que le lanzaron desde los tendidos. El despropósito de la señora y sus resultados, le deberían llevar a quedarse en casa de ahora en adelante. 

El quinto fue uno de los toros con más personalidad que también hayamos visto nunca. Tan tardo como violentamente noble en su bravo embestir al final de cada larga espera, llegó a desesperarnos e inmediatamente a enamorarnos. Como asimismo, creo que a Ferrera que fue a quien correspondió encararlo. ¿Qué hacer?, parecía pensar el torero. ¿Qué te hago?, parecía pensarse el toro. ¿Aguantarse quieto mientras el toro decidía acometer o no sus impresionantes arrancadas? De ahí que, primero con las banderillas no todos los pares fueron buenos, como que, en la faena, no todas las tandas resultaran limpias. ¿Qué hacerme?, parecía transmitir el toro al torero. ¿Quedarse en el sitio tras cada pase como hizo en vez de perderle un par de pasos sin dejar de estar cruzado en cada cite que es lo que hubiera convertido en grandiosa la faena y no lo fue aunque sí emocionantísima y, en algunos tramos, sensacional? Porque, cuando los perdió al final de la misma, todos y el propio torero más que nadie, vieron que así hubiera sido mejor. ¿O no?

Tan pronto arrebujado hasta la angustia, como perfectamente templado, ensamblado y liberalizador el diestro en tal difícil trance frente al, ora amigo, ora enemigo, fue de lamentar que, una vez concluida la faena, no pocos tuviéramos la sensación de que Ferrera lo había toreado mal muy bien. Valga la contradicción para explicarla. En cualquier caso, faena digna de ver, de sufrir y de gozar, como también la magnífica estocada que la cerró tras un pinchazo hondo y tendido, lo que le privó de trofeos, pero no de dar una vuelta al ruedo tras la que le dieron al toro porque, ésta vez, a la inefable presidenta no se le ocurrió otra cosa que concederla por su cuenta para intentar hacerse perdonar su anterior y garrafal equivocación con el bastante mejor toro anterior, provocando más protestas del público, definitivamente enojado con tan advenediza aficionada que - y ahora en serio - debería pensarse si le merece la pena volver a sentarse más veces en el palco. Para mi, que no. 

Aunque el sexto no fue como los tres que acabamos de reseñar y lo recibimos como si nos echaran un jarro de agua fría después de pasar tanto calor – sin fuerza alguna y, por ello, sin apenas viajes que aprovechar porque, además, punteó mucho por arriba - El Cid no se arredró y, lejos de quitárselo de en medio, se aplicó por su relativamente mejor pitón – el izquierdo – demostrando por qué ya es figura del toreo. Pues si maravilloso había estado con el bueno, muy por encima y hasta milagroso con el malo. Sí señor. Aunque, otra vez la espada, le traicionó. 

Coda. Durante la corrida recibí varias llamadas telefónicas de amigos que estaban viéndola por televisión. Uno de ellos, político de relevancia y gran aficionado, me comentó que, ante las impresionantes y dramáticas escenas que se habían podido contemplar en sucesivas repeticiones por la pequeña pantalla, no había tenido más remedio que pensar en lo bien que hacía José Tomás al no permitir que se televisaran sus actuaciones. Totalmente de acuerdo. Ni imaginar puedo ver a Tomás ante semejantes toros. Por eso, querido y admirado Manuel Jesús Cid, tu que ahora puedes hacerlo con sobrada autoridad, ¿por qué no retas a José Tomás a torear contigo un mano a mano en Madrid con la corrida que el de Galapagar quiera elegir personalmente de su tío Victorino?. A que no lo acepta, a que no… 


6Toros6.  ÁLVARO ACEVEDO.  La Maestranza vibra 

Vibró la Maestranza con tres toreros de una pieza y seis toros de verdad. Un espectáculo apasionante, este de la Tauromaquia, cuando el hombre y el toro se entregan en una lucha sin cuartel. Una lucha que puede decantarse por caminos diferentes. Por ejemplo, el heroico, encarnado fielmente en el brutal choque entre Pepín Liria y el toro “Gayareto”, último que este murciano lidiaba en la Maestranza en el año del adiós. Cruzó Pepín el ruedo para recibirlo de rodillas con una larga cambiada, pero se frenó el toro y arrolló dramáticamente a Liria. El diestro, sin mirarse la taleguilla rota, agarró el capote y de arremolinó con el toro a base de emocionantes lances a la verónica con los tendidos convertidos en un único e intenso clamor.

Dolorido por la paliza, cogió Liria la muleta y planteó una batalla campal frente a un toro incierto. Es verdad que presto al cite y de embestida veloz y emocionante, pero a la vez muy pendiente del torero. El trasteo, tenso y desigual, fue seguido con respeto y calor por el público, hasta que en su última fase volvió el terror a adueñarse de los tendidos. El de Victorino cogió de nuevo a Pepín, lo zarandeó como a un pelele, y el león murciano volvió a levantarse ya absolutamente desbaratado. Y así, desmadejado como un guiñapo, sacó fuerzas de flaquezas para seguir toreando y matar al toro en el mismo centro del ruedo. De la estocada cayó el fiero toro tras segundos de resistir muerto en pie, y la plaza estalló histérica reconociendo el valor del héroe. Se pidieron clamorosamente las dos orejas, pero una presidenta inepta e insensible que debe dimitir de inmediato por su manifiesta incapacidad, sólo concedió una.

Fueron los minutos más intensos de una tarde en la que El Cid toreó deliciosamente con la mano izquierda. Fue al tercer toro, muy bueno pero mejorado en las sabias manos del torero de Salteras. El cite perfecto, la muleta puesta tersa por delante y los naturales largos como ríos, suaves, de rebosante calidad. Notabilísima faena de Manuel Jesús que decayó un punto al final cuando el torero se puso por el pitón derecho y el vientecillo comenzó a incomodar. El triunfo era claro pero la espada se atascó lastimosamente.

Otra faena importante fue la ejecutada por Antonio Ferrera frente al quinto, un animal que tardeó mucho en varas y en banderillas, pero que fue fiero y que hacía surcos por el suelo de tanto humillar. A la exigente embestida del “Victorino”, respondió el extremeño con un toreo de mano bajísima, muy despatarrado, hundido por momentos en la arena y tirando magníficamente de un toro que no regaló un centímetro de recorrido. Hubo naturales muy hondos en series que quizá debieron ser más largas en cuanto a número de pases, pero que tuvieron una intensidad tremenda. No acertó Antonio con la espada y dio una clamorosa vuelta al ruedo después de la que, ya muerto, le dieron al toro por la insólita decisión de una presidenta que ya había perdido los papeles. Una presidenta que se marchó entre los abucheos de un público que vibró con una gran tarde de toros y toreros. Un público que despidió entregado a Pepín Liria: el gran león murciano. 


Pepín Liria. !Olé Carlos Casanova!. Foto: Guillermo Lorente/TorosComunicaciónPepín Liria. !Olé Carlos Casanova!. Foto: Guillermo Lorente/TorosComunicación


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