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Festejo
PLAZA DE TOROS DE VALENCIA
FERIA DE FALLAS
Tarde del jueves, 16 de marzo del 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de El Ventorrillo (6º, sobrero, en sustitución de un inválido), impresentables por su falta de trapío, anovillados, sospechosos de pitones; varios flojos, algunos inválidos; algunos, mansos; manejables en general, aunque casi todos sacaron genio.
Diestros:
Banderilleros que saludaron:
Francisco Peña y Antonio Tejero.
Incidencias: Espartaco resultó herido grave en su
primero. Parte médico: "Sufre herida de 10 centímetros de extensión superficial en la cara exterior
del tercio medio de su muslo derecho, que interessa piel y tejido celular.
Desgarra aponeurosis del tendón de la fascia lata penetrando en el músculo vasto externo y llegando al fémur sobrepasándole por detrás. Atraviesa el
tabique intermuscular postero interno y contusiona el nervio ciático. Pronóstico Grave."
Entrada: Lleno.
Tiempo:
Crónicas de la prensa: El Mundo, El País,
La Razon.
El País.
JOAQUÍN VIDAL,Aparatosa cogida de Espartaco
Espartaco sufrió una cogida aparatosa y tremebunda. Quizá lo propio sería decir espeluznante. Justo así: espeluznante, pues puso a todo el mundo los pelos de punta al ver cómo le entrampillaba el toro, cómo le volteaba en las astas, cómo le lanzaba al aire...
Sobre todo, cómo caía, doblado por el cuello, con tal estrépito que debió ser milagro que no se lo partiera. Cómo, las cuadrillas y las asistencias, tras saltar apresuradas al redondel, lo recogían prácticamente a puñados; cómo lo conducían, en volandas, o casi medio a rastras, desmadejado, inconsciente, llevando en el rostro un rictus de intenso dolor, y en el camino del callejón iba dejando un rastro de goterones de sangre, desde donde entró hasta la boca de acceso a la enfermería.
La gente quedó consternada y abatida... Se temía lo peor. Menos mal que pronto llegaron testimonios esperanzadores: es sólo un puntazo. ¿Y el cuello? No había noticias sobre el cuello. Más tarde el pronóstico ya no era tan favorable: cornada, y grave. ¿Y el cuello? El cuello estaba a salvo.
Uno volvía a creer en los milagros.
El sucedáneo de toro le había avisado varias veces a Espartaco. El sucedáneo de toro, que abrió plaza, no era unos de esos borregos docilones y amodorrados que se reservan las figuras. El sucedáneo de toro lucía estampa de novillo pero sacaba genio y cuando Espartaco le presentaba la pañosa, o le achuchaba o le tiraba un gañafón. No le arredró al veterano diestro, que volvía a la liza con esa entrega que es propia de los toreros auténticos. Y al reemprender las tandas de derechazos que venían resultando deslavazadas y comprometidas, el toro le arrolló, le volteó en las astas, le lanzó al aire, le derrotó de nuevo cuando caía de manera espeluznante...
El resto de la corrida trajo similares problemas y carencias. Y no pasó nada en ningún sentido. Nadie protestó aquella birria de toros (salvo uno, inválido absoluto, que volvió al corral), pues Valencia no estaba por los toros sino por los toreros y se había llegado a la plaza con un triunfalismo desbocado que sólo le provocaba aplaudir, gritar olés, pedir orejas. No hubo orejas, sin embargo, pues las cinco restantes birrias de toros sacaban un geniecillo impertinente que impedía a las figuras desarrollar sus míticas versiones del arte de torear.
Tampoco produjeron cogidas pues ambas figuras -Enrique Ponce y El Cordobés- mantienen en plenitud sus reflejos y tienen el pie ligero propio de los atletas.
Se brindaron toros. La tarde venía propicia a los brindis y a los fastos. Ponce conmemoraba el décimo aniversario de su alternativa y al terminar el paseíllo el presidente de la Diputación le entregó una placa conmemorativa. El Cordobés brindó su primer toro a Ponce y Ponce dio dos brindis significativos: uno a su abuelo, otro a Raúl, futbolista del Real Madrid. Y este brindis cayó fatal. Mientras los anteriores y la placa los celebró el público con clamorosas ovaciones, el de Raúl suscitó gran pitada. A Ponce le podrán perdonar en Valencia lo del pico, lo de los toros birrias, lo que quiera, mas no que se le vea el plumero del madridismo. Y, entretanto, Raúl, que ocupaba una barrera, debió quedarse perplejo y parecía no entender.
El toreo haría olvidar la afrenta. No es que las faenas de Enrique Ponce fueran la flor de la maravilla pero bregó, pujó, buscó terrenos propicios, sacó algunos derechazos estimables y al quinto de la tarde, naturales también. Valiéndose del pico dichoso, naturalmente; sin templar demasiado ni reunir nada, aunque poniendo tesón en la tarea.
E, igual que siempre, perdió el sentido de la medida. La presidenta, Amparo Renau, le hizo el favor de enviarle el aviso con retraso pues si lo llega a ordenar a tiempo le manda dos. Mató Ponce de bajonazo, a pesar de lo cual parte del público pidió la oreja y la presidenta no la concedió. Es comprensible: no se iba a pasar la tarde haciendo favores.
El Cordobés parecía tener aún más partidarios que Ponce. Ver para creer. Montó tres faenas desastrosas, que en cualquier plaza del mundo le habría supuesto estruendosos fracasos y, sin embargo, en Valencia se las jalearon, se las aclamaron, se las olearon y se las musicaron, según solían relatar los viejos revisteros áulicos.
Claro que a pesar de los fastos conmemorativos, de los aclamados brindis, de los olés y de las músicas, no hubo ni una sola oreja (alguien habrá sentido la tentación de quemarse a lo bonzo por eso) y todas las faenas, excepto una, merecieron la sanción final del silencio. Algo muy difícil de entender, francamente.
De donde cabe concluir que no sucedió nada de especial relieve ni digno de mención en la tarde, salvo la cogida aparatosa y espeluznante de Espartaco. Y, más aún, la noticia de que se había obrado el milagro y ni la cornada ni el tremendo batacazo son irreparables. Unas semanas y ya podrá estar de nuevo en los ruedos.
El País. M. MÁRQUEZ,
Cornada grave en el muslo de 10 centímetros
Juan Antonio Ruiz Espartaco sufrió una cornada de pronóstico grave, según el parte médico ofrecido por el cirujano jefe de la plaza, José María Aragón. Espartaco sufre "cornada en la cara externa, tercio medio del muslo derecho, de diez centímetros de herida superficial, que interesa la piel y el tejido celular subcutáneo, desgarra aponeurosis del tendón de la fastia lata y contusiona el nervio ciático". El doctor Aragón afirmó: "En un primer momento pensábamos que la cornada era limpia y de menor alcance, por lo que íbamos a atenderle con anestesia local. Pero al comprobar el verdadero alcance de la cornada decidimos intervenir al torero con anestesia general".
El equipo médico inició una intervención quirúrgica que duró hora y media. Posteriormente el doctor Aragón señaló que la cornada "tiene una profundidad de casi 20 centímetros con una trayectoria que rodea el fémur. Es una cogida muy parecida a la que sufrió Ortega Cano en ese mismo sitio". Tras la aparatosa cogida y ante el impresionante golpe que se dio en el cuello en la caída, los miembros de su cuadrilla, congregados en la puerta de la enfermería, temieron que el alcance de la contusión sufrida fuera mayor.
Incertidumbre
Espartaco estuvo conmocionado durante unos minutos y se vivieron momentos de incertidumbre y tensión ante las noticias que iban trasmitiendo quienes desfilaban por la enfermería de la plaza.
Una vez finalizada la intervención, el equipo médico decidió el traslado del torero a la clínica de la Casa de la Salud de Valencia, donde permanece ingresado. "Ahora", apuntó el cirujano jefe de la plaza, "tenemos que esperar al menos otras 24 horas para ver la evolución de la cornada. Y vamos a realizar una exploración radiológica en profundidad para conocer con exactitud el alcance de la contusión del cuello".
A Espartaco le llega esta cogida al iniciar su segunda temporada tras su reaparición. Fue precisamente en Valencia donde se produjo una primera lesión grave en la rodilla jugando un partido de fútbol entre toreros e informadores taurinos. Lesión que, posteriormente, se agravó tras una cogida en la Maestranza de Sevilla.
Ante la gravedad de aquel percance, el torero sevillano, de 38 años, tuvo que retirarse de los ruedos. Estuvo cuatro años inactivo y reapareció la temporada pasada. Aunque acusó las secuelas, toreó un total de 68 festejos.
El Mundo. JAVIER
VILLAN, Cogida, brindis y follón
VALENCIA.- La tarde estuvo marcada por la cogida de Espartaco, el brindis de Ponce al futbolista Raúl y una bronca descomunal a la señora presidenta de la corrida. Parece que la cornada de Espartaco ha sido fuerte, pero limpia. Lo de la bronca tiene más intríngulis, aunque incruento, y yo creo que a la presidenta van a tardar en perdonárselo. Tranquila, doña Amparo y no se acollone usted. Acollonarse quiere decir acojonarse, pero queda más fino en esa versión clásica, sobre todo tratándose de una mujer. Doña Amparo desafió ayer la ira fallera e inquisitorial de la plaza de Valencia negándole una oreja a Enrique Ponce el día que éste cumplía 10 años de alternativa.
Sacrilegio; cualquier día de estos le pegan fuego a doña Amparo Renau, como a un muñeco de Fallas, que dice la canción. Doña Amparo tiene el mismo apellido que el más ilustre de los cartelistas políticos españoles: Josep Renau. A las cinco y veinte de la tarde se produjo uno de esos sucesos insólitos que dejan el ánimo en suspenso: Espartaco, corneado. Parecía mentira, mas fue verdad. Desde hace casi 20 años los pocos accidentes de Espartaco en el ruedo eran, a Dios gracias, cosa de tiritas y mercromina. Esta vez ha sido más grave. El toro le había amenazado en dos ocasiones; conatos de cornada y agresión que Espartaco había resuelto bien: con oficio y sin sofocos. Pero a la tercera, el juampedro del Ventorrillo lo cazó en seco y lo tiró al aire. Poco después, Enrique Ponce marró al matar, el estoque resbaló, acaso sobre una banderilla, y Ponce salió atropelladamente por el costillar dándose de bruces contra el suelo. Los juampedros del Ventorrillo ni salieron artistas ni permitieron el arte. El vicio común de toda la corrida fue la aspereza, el genio malo, las malas intenciones y las cabezas en las nubes como molinos de viento loco. El lote de El Cordobés, incrementado por el percance de Espartaco, el peor. En especial, el cuarto. Y bastante hizo Manuel Díaz con capear el temporal con agallas y sin volver la cara. Lo peor de toros como estos, o como el primero de Ponce, no es que sean malos en sí; es que hacen malas a las figuras. Andaba Ponce azacaneado sin encontrar sitio por dónde meterle mano a un bicho resabiado y errabundo. A cada tanteo de Enrique Ponce respondía el del Ventorrillo con mirada lujuriosa a la entrepierna o al pecho. No era cosa, pues, después de 10 años de alternativa, de jugárselo todo al albur de una cornada con ese toro incierto; máxime, después de la cogida de Espartaco. Ponce nadó y guardó la ropa, cosa lógica en momentos de incertidumbre, que no ha de reprochársele ni a él ni al Cordobés. El Cordobés estuvo mejor de rodillas que de pie. En líneas generales, sus toros se hicieron los amos y no logró Manuel Díaz atemperar su genio un poco áspero y violento. Cuando parecía que Manuel Díaz les tenía cogido el aire, los juampedros del Ventorrillo lo acosaban y lo llevaban como a ramera por rastrojera y barbecho en tiempo de Cuaresma, que es en lo que ahora estamos. La plaza se le puso de uñas a Enrique Ponce cuando brindó a Raúl, jugador del Real Madrid, con Cañizares, Farinós y todo el Valencia en los tendidos, que había ido a celebrar los 10 años de alternativa del ídolo. Pareció, tras el brindis y la subsiguiente bronca, que a Ponce se le ponía la tarde a la contra. Pero bastaron dos tandas de derechazos distantes y desajustadas y una de naturales con mejor ritmo y colocación para que el poncismo rugiera fervoroso y caliente. Y quien se ganó la bronca fue doña Amparo Renau que no concedió la oreja. Ponce nunca pisó el terreno de la verdad ni el área pequeña. Pisa esos terrenos el destinatario del brindis, Raúl González, y no mete un gol ni de
coña.
La Razon. BARQUERITO.
Juan Antonio Ruiz «Espartaco», herido grave
Ponce celebraba los diez años justos de alternativa -aquí
mismo y con un triunfo profético- y el ambiente, con lleno a reventar, era de
auténtica fiesta. Cuando se abrió la puerta de cuadrillas, sonó una densa
ovación de trueno. Otra todavía mayor al final del paseo. Ponce,
impecablemente vestido de vainilla y oro, tuvo que salir a saludar hasta casi
los medios y, luego, sacó con él a Espartaco y El Cordobés. Los dos le
aplaudieron cariñosamente. Estuvo de más el gesto excesivo de que el
presidente de la Diputación de Valencia saliera al ruedo para entregar a
Ponce una placa conmemorativa de la efeméride. Pero hasta eso contó en los
preliminares de la fiesta.
Todo se torció, sin embargo, en seguida. El primer toro de
El Ventorrillo, montado y con cara, sacó muy justas las fuerzas y, tardo y
probón, empezó a quedarse en la muelta por las dos manos. Espartaco, muy
bien colocado, se abrió con él todo lo que permitió el viento y lo enganchó
provocando las embestidas. Dos veces se le paró el toro debajo sin que
Espartaco rectificara. Y, además, Espartaco no renunció a hacerse con el
toro. La tercera parada fue fatal: el toro tiró un derrote, prendió a
Espartaco muy aparatosamente, lo hizo caer boca abajo y a plomo al suelo tras
tras un volteo de 180 grados y en el suelo le pegó una cornada que le atravesó
el muslo. Tras la cogida, Espartaco quedó sin conocimiento. El percance se
vivió con auténtica consternación. Un grave silencio raro en esta plaza.
Ponce liquidó el toro de una estocada excelente.
Un mano a mano
Con la corrida convertida en un mano a mano forzado, se
corrieron los turnos y El Cordobés, destinado al de los pares, hubo de lidiar
por delante un toro jabonero sin ninguna fuerza que se devolvió por inválido.
El que iba a ser sexto de la tarde se lidió, tras un nuevo cambio de turno,
en segundo lugar. El toro escarbó mucho y tropezó mucho los engaños. El
Cordobés, encima y machacón, acabó provocando un cuerpo a cuerpo sólo peleón.
El tercero, ya en turno de Ponce, fue un toro corto de
manos que protestó en el caballo y sacó en la muleta temperamento reservón
y estilo probón. A base de sobarlo y aguantar imperturbable algunos
cabezazos, Ponce, que dedicó a su abuelo un brindis que pareció muy emotivo,
apuró con mérito hasta la última embestida. También a este toro lo mató
Ponce por derecho.
El cuarto salió frenándose y barbeando las tablas. Sin
fijeza en la muleta, recortó y rebañó. Con él logró sus mejores
muletazos, pero los logros duraron un suspiro. El quinto provocó un radical
cambio de decorado. Jabonero claro, muy cabezón, destartalado y pasado de
carnes, el toro hizo salida inconfundible de manso, se escupió
escandalosamente del caballo y pegó arreones en la muleta. Su tendencia a la
huida era clamorosa.
Pero Ponce apostó por el toro. Entre una sonora división
de opiniones, brindó al futbolista Raúl, gran amigo suyo, quien ocupaba una
localidad de barrera junto a su joven esposa Mamen.
Y, luego, con las opiniones de acuerdo, se fue con decisión
al toro. Se dobló poderosamente con el primero y en seguida lo tuvo sujeto a
los vuelos de su muleta en los medios. Le bajó la mano, le consintió, lo
ahormó, lo desengañó. Eso lo hizo sin sudar una sola gota. Con su estilo
tan particular y estético.
Del dominio de manso hizo Enrique Ponce un juego. La faena
pecó, en todo caso, de prolongarse quizá en demasía. Ponce no cortó cuando
ya estaba visto todo lo visto. Y en una tarde tan segura con la espada, a este
toro, con el que había oído a la gente vibrar de verdad, Ponce lo pinchó y,
en el segundo viaje, lo hirió de muerte de una estocada caída que produjo vómito.
Sonó un aviso enviado por el paco presidencial, pero la
petición de oreja fue sobradamente mayoritaria. La presidencia negó
caprichosa y sorprendentemente la oreja solicitada.
Tras la cogida del diestro sevillano, ése fue el segundo
jarro de agua fría para la fiesta. El sexto toro saltó al callejón, le
destrozó los aperos de trabajo al legendario fotógrafo Cano -al pie del cañón
con sus ochenta y pico años cumplidos- y tardó muy poco en rajarse en la
muleta. Todo rebrincado a la defensiva y un Cordobés solamente tesonero y hábil
con la espada, que también vio silenciada esta vez su labor.
Una cornada de diez centímetros en el muslo derecho
Parte facultativo: El diestro Juan Antonio Ruiz «Espartaco»
sufrió, durante la lidia del primer toro de la tarde, una cornada en la cara
externa, tercio medio del muslo derecho, de diez centímetros de herida
superficial, que interesa la piel y el tejido celular subcutáneo, desgarra
aponeurosis del tendón de la fastia lata y contusiona el nervio ciático. El
torero fue atendido en la enfermería de la plaza bajo anestesia general y,
posteriormente, trasladado al Sanatorio Casa de la Salud de Valencia, donde
quedó ingresado. El pronóstico del paciente según el último parte
facultativo es grave.
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