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Festejo
PLAZA DE TOROS DE VALENCIA
FERIA DE FALLAS
Tarde del domingo, 19 de marzo del 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de
Atanasio
Fernández, sin trapío, varios anovillados; muy flojos, casi todos inválidos; descastados; manejables, aunque algunos gazapearon o acabaron aplomados.Dieron mejor juego 1º, 5º y 6º.
Diestros:
Entrada: Lleno.
Crónicas de la prensa: El Mundo, El País, Razon
El País. JOAQUÍN VIDAL.
Lo bueno fue que llovió
Llovió.
No sería conveniente la lluvia para el arte pero sí para la vida, y eso fue lo bueno.
Aparte dos naturales de Ponce, sólo la lluvia merece recordarse de esta corrida final del ciclo fallero, que despertó gran expectación y resultó una castaña.
Se preveían doce orejas -el copo orejil- y a fe que cuando aparecieron en el redondel los toreros, el público ya se las tenían concedidas. Sin embargo tarde adelante las fueron perdiendo hasta quedarse con una. Poco es. Una sobre doce, no da mayoría absoluta.
La corrida empezó ya a torcerse en el prólogo de rejoneo. La culpa, al toro, y las reclamaciones, al maestro armero.
Que dios les conserve la vista a los veedores que les buscan los toros a las figuras. Después de revolver las ganaderías, mirarlos con lupa, escogerlos a la carta, van y se llevan seis burros.
El toro de rejoneo, hierro Los Espartales, era uno de esos. Sacó una mansedumbre a la antigua e hizo lo que caracteriza a los mansos de ley, que consiste en buscar tablas y, si se puede, saltarlas.
El de los Espartales no se crea que se quedó corto y ofreció cumplidas muestras de su descastada condición. De manera que, apenas salir, husmeaba la barrera, amagó brincarla por diversos puntos, se decidió al fin, y si falló de primeras, lo compensó luego brincando dos veces al callejón.
Le abrían una puerta y salía por ella tan pancho, con cara de no haber roto nuca un plato. Pero, claro, ya no estaba para trotes. Ni quería fiesta con el rejoneador Pablo Hermoso de Mendoza, que tuvo dificultades para clavar el rejón de castigo, para banderillear -lo que hacía de frente; este rejoneador es muy auténtico- y para lucir la doma de su famoso caballo Cagancho. Al manso espartal, le traía al fresco Cagancho y le miraba, hecho un marmolillo, con la mayor indiferencia.
Salieron después los toros de Atanasio Fernández y daba pudor llamarlos toros. Grey sin trapío, anovillada, además inválida; en eso se quedaban los toros de Atanasio Fernández. Y los toreros apenas supieron aplicarles las faenas que requería su desmedrada condición.
El que hacía primero de lidia ordinaria, calamocheador en varas, desarrolló nobleza a partir del tercio de banderillas. Y Enrique Ponce le hizo una faena de torero dominador, fijándolo muy bien con los ayudados y embarcando mandón en los derechazos.
Demasiados derechazos pegó Ponce, como siempre, y se lamenta, pues cuando se echó la muleta a la izquierda (ya iban más de cinco minutos de faena) cuajó desde la verticalidad, desde el temple y desde el gusto dos naturales de excelente factura. Lo cual constituyó el principio y el fin del arte en la tarde insustancial y plúmbea.
La segunda faena de Ponce transcurrió deslucida. Inválido el toro, desconfiado el torero, ninguno de los muletazos tuvo fundamento. La tercera, derechacista a modo, estuvo marcada por la vulgaridad. Toreó al natural cuando el toro ya estaba agotado, recurrió al truco del encimismo ahogando las embestidas, perpetró un bajonazo y le regalaron una oreja.
A pesar de que la función iba mano a mano, la confrontación no tenía color. El adversario atravesaba horas bajas. Vicente Barrera (el adversario), está sin sitio según ha podido apreciarse en la feria. Le cuesta aguantar las arrancadas y ligar los pases; al menor amago del toro se le escapa un respingo y hace unos trasteos monótonos e interminables.
Lo peor son los trasteos interminables. Un torero puede ser cuanto quiera o pueda, menos pesado. Y Vicente Barrera se ponía pesadísimo. Con tanto reincidir y porfiar acabó hartando al público. Y en su tercera faena, consiguió enfadarlo. Porque llovía. Y pasarse diez minutos intentando derechazos mientras llueve es una desconsideración imperdonable.
La lluvia, no obstante, fue bien venida. La gente celebró el fin de la sequía, su efecto benefactor en las ciudades contaminadas y en los inocentes pajaritos, en la agricultura y en las cosechas. Aún empapados estábamos todos muy contentos. Parecíamos terratenientes.
El Mundo. JAVIER
VILLAN. Tarde aciaga y funeral
VALENCIA.- Aciaga tarde ésta del día de San José. Ni siquiera esa oreja de Enrique Ponce in extremis, rebanada al quinto, puede redimir este fin de fiesta. Cuando casi todo estaba perdido apareció el Ponce terco y contumaz, sobón y empecinado en sacar algo de donde no hay nada. Ese Enrique Ponce que se pone el mono de trabajar, como si no fuera una figura, y se marchara al tajo. Aciaga tarde. Y luctuosa sobre todo. Mediada la corrida nos llegaba la noticia de la muerte de Curro Fetén, al que echábamos de menos en las sillas de rellano; Curro Fetén, colega de muchas tardes, vecino de habitación y de tendido en muchas ferias. Confundir la llave de una habitación de hotel a las dos o las tres de la madrugada, comentar algunas incidencias de la corrida a las cinco de la tarde, da ciertas confianzas. Y aviva y ensombrece el recuerdo. Curro Fetén solo y exánime en la habitación del hotel. Muerto de repente. Anteayer, no más, dejábamos a la mitad una botella de tinto a altas horas de la madrugada: como una faena aplazada y sin rematar. Curro Fetén, el decano, me parece, de los críticos; el revistero del telegrama exacto y urgente para dejar clavada en las ondas una tarde de toros. Aciaga fecha, y no lo digo por los desdibujados que anduvieron casi toda la tarde Pablo Hermoso de Mendoza, Enrique Ponce y Vicente Barrera. Enrique Ponce se salvó de la quema a última hora. La verdad es que el fin de fiesta, el día de San José que se presumía preclaro y glorioso, ha sido un fiasco. Por partida doble: la matutina y la vespertina. Por la mañana, los caballos. Seis caballeros, seis, de los que sólo uno, González Porras, logró cortar oreja. Por la tarde, más caballos y un mano a mano entre los dos ases valencianos de la torería: Enrique Ponce y Vicente Barrera. Pablo Hermoso de Mendoza, caballero entre caballeros, no estuvo mucho mejor que sus colegas de la mañana. Claro que, incluso estando vulgar, Hermoso de Mendoza está bien; o menos mal. Eso es: Hermoso estuvo menos mal. El toro se le agotó antes de tiempo y se desangraba o le faltaba el resuello. Y Hermoso tuvo que matar precipitadamente para que el bicho no doblara. Bien mirado, esto de ayer fue un mano a mano a tres. O sea, que eso no es mano a mano ni Dios que lo fundó. Un mano a mano, con un caballero rejoneador por delante, es ya, en principio, un desafío devaluado. Porque lo que se supone que da sentido a un mano a mano es la competencia, la disputa de algo: una primacía, un cetro, un orgullo. ¿Qué disputaban ayer Enrique Ponce y Vicente Barrera? ¿Es que hay una rivalidad o un encono de por medio? Lo único que hubo ayer fue un aburrimiento mortal. Nada podía dilucidarse con esos toros blandos, fríos de sangre y agarrotados de temperamento. Ni siquiera esa oreja ya reseñada de Enrique Ponce a base de tesón, profesionalidad y algunos naturales de enjundia y hondura, justifica un mano a mano que no condujo a nada. Ni siquiera la voluntad de Vicente Barrera en el sexto. Los atanasios, descafeinados, sonámbulos y deslucidos. Y para colmo nos había llegado ya la muerte de Curro Fetén; y para colmo nos estaba llegando la borrasca y un frío siberiano hacía tiritar los tendidos. Barrera remataba feria bajo el agua y el temporal. Aunque hubiese hecho un calor tórrido, la frialdad de los toros y la de los toreros habría convertido aquello en una nevera. Tarde aciaga aunque, pese a todo, esto no morirá nunca mientras gentes como los de Tinto y Oro logren reunir en una mesa tan plural como la que sigue: club taurino de Nueva York, cronistas, aficionados, El Choni y un padre cura, jesuita sapientísimo, don Rosendo Roig, amigo de Buero Vallejo, de María Jesús Valdés y del mítico Juan XXIII, que ha sido el Papa más torero de la historia. Además, soy casi colega de don Rosendo; de niño fui sacristán en un seminario y él llegó a la Curia Romana: total, nada. Por eso agradezco a los de Tinto y Oro el honor de haber compartido condecoración con El Choni y con don Rosendo.
La Razon BARQUERITO
.- El viento arruina el final del ciclo fallero
Al soltarse el primero de los seis «atanasios», uno de los mejor cortados de
una corrida muy seria de hechuras, se desató un ventarrón fortísimo. El toro
hizo de salida las cosas típicas de los toros mejores de esta ganadería que es
hace un tiempo un encaste: corretear de abanto, estirarse en seguida, protestar
en el primer puyazo y quedarse en el segundo. Son de buen toro. Pero cuando
estaba claro ese son, el viento empezó a hacer estragos. El capote con el que
lidiaba Antonio Tejero se le iba de las muñecas. Tejero y el propio Ponce
quedaron descubiertos dos o tres veces. A pesar del viento, Ponce brindó al público.
Por el pitón izquierdo, el toro se volvió contrario. Por el derecho, metió la
cara pero acostándose mucho. Fue toro venido arriba. El de más potencia de
todas la feria. Tranquilo, Ponce buscó como fuera torear donde no le
descubriera el viento. En las rayas, frente a la puerta de cuadrillas, se habían
malposado los papeles y ahí fue donde más insistió Ponce. Con todo, el aire
obligó a cambiar de terrenos varias veces, a recorrer mucha plaza. La faena
tuvo un punto de vibración. Por lo entero del toro, por la facilidad de Enrique
Ponce a pesar de todos los inconvenientes. Pero a ese primero lo pinchó Ponce
dos veces antes de enterrar la espada.
El segundo echó las manos por delante, escarbó y claudicó
en el primer tercio, pero cambió para bien en banderillas y tuvo en la muleta
prontitud y docilidad. De nuevo el viento fue un obstáculo. Barrera, dispuesto,
se acopló en seguida y, plantado firme, dibujó algunos bonitos muletazos del
repertorio propio: la muleta retrasada, los brazos lacios, los pies juntos. Sólo
hubo logros con la mano derecha. Al ganar metraje, la faena perdió fuste. Una
estocada atravesada dejó la cosa fría.
Dos toros difíciles
En los dos toros del intermedio de este mano a mano vivido sin
apenas atisbo de rivalidad, se jugaron los dos toros difíciles de la corrida.
Con un flojo tercero que no tuvo voluntad de embestir, Ponce anduvo simplemente
paciente. Y con un cuarto distraído y algo gazapón. Barrera se limitó a
cumplir muy discretamente. La gente pitó durante la lidia de ese toro. Por el
toro y porque la corrida no tenía por entonces ningún color. No había
conseguido ponérselo en el prólogo ni el mismísimo Hermoso de Mendoza, que
tuvo que vérselas con un toro muy voluminoso, manso de arrear o de esperar y,
finalmente, de los de echarse.
En el quinto, Ponce salió dispuesto a saldar la feria con un
triunfo. Volvió a brindar a la gente y se metió a fondo con un toro muy bien
hecho, muy pegado en el caballo y excesivamente sobado durante la lidia. Era
toro de los que se torean en los medios. No lo permitió el viento. Muy tenaz y
muy entero, Ponce le buscó las vueltas al toro junto a las tablas. Atacando el
torero, que se pegó hasta paseos de un pitón a otro, pero reculando el noble
toro. Fue muy largo el trasteo y Ponce cobró una estocada muy caída. La oreja
que el pasado jueves le negaron a capricho cayó esta vez en sus manos con
petición menor que entonces. Barrera le pegó al sexto dos o tres lances
preciosos. Brindó al público y quiso mucho a lo largo de una faena
interrumpida demasiadas veces. Por culpa del viento y porque el toro sorprendió
a Barrera más de lo previsto. A todo esto, caía agua con fuerza y la gente
buscaba la huida sin prestar atención a nada.
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