Vestido de purísima y un oro gastado se presentó José Luis Miñarro
en Valencia, enfundado en el papel de novillero antiguo, hambriento de
contratos. Las ilusiones nuevas, el viejo coraje de querer ser y el valor
intacto, un cóctel que nunca cerrará puertas y que salva todas las
deficiencias del novel espada, verde como el limón caribeño.
Miñarro no se afligió nunca ante la falta de clase y bravura de sus
novillos, deslucidos y con el mismo mal estilo de sus hermanos, marcados
con el hierro de Guadalest. Aguantó todo y más, las medias arrancadas,
los topetazos de moruchones. Y, por supuesto, en el farol de rodillas y
las dos largas con que recibió al tercero, que sumadas a las cinco
consecutivas con que saludó al sexto suman ¡ocho!
Sus faenas no permitieron ver un estilo, que no se sabe a estas alturas
si existe o no; técnica, desde luego, ninguna. Pero la base de la ambición
para decir «aquí estoy: quiero ser torero» fue la aportación que el
chaval exhibió en el ruedo. Enganchones hubo, atragantones, algún
desarme, y Miñarro que se reponía siempre de las carencias y los
tropezones y volvía a la cara de los utreros con ganas de morder. Hasta
en las manoletinas de rodillas con que despidió la labor con la que
debutaba. Si todos los que empiezan salieran así a la plaza...
Por cierto, que en un alarde de originalidad, los tres chavales
abrocharon sus tres primeras faenas con manoletinas. Normal: ellos
observan que a José Tomás se las aplauden con entusiasmo, pues nada, a
pegar manolas. Leandro Marcos las interpretó en la curiosa modalidad de
compás abierto y la pierna derecha adelantada, una cursilada; Javier
Valverde se aferró más a los cánones clásicos; y Miñarro, una vez más,
a cara de perro, a sangre y fuego, de hinojos.
Leandro Marcos dispuso con el destartalado novillo que abrió plaza del
mejor cartucho, aunque en cuanto veía al torero se desentendía de la
muleta. Marcos se descubrió varias veces con los consiguientes sustos.
Pero cuando optó por la continuidad y por empaparlo más de tela se recreó
en muletazos de buen aire. El novillo de Guadalest ya había demostrado en
un quite a la verónica que el pitón óptimo era el izquierdo. Así lo
había entendido en los lances, todos zurdos, mas prefirió tantear en las
series previas de la faena sobre la mano derecha. Hubo naturales de gusto
y algunos hasta de compuesto regusto. Se volcó a la hora de matar y
permaneció colgado del pitón durante interminables segundos. La espada
enfrió los ánimos, como después haría el imposible cuarto.
Javier Valverde empleó todo el temple del mundo para mimar al flojito
segundo y se preocupó de torear largo, en definitiva de torear. Como si
se hubiera dejado toda la templanza de su concepto entonces, perdió hasta
tres veces la muleta con el infumable quinto.
El País. VICENTE
SOBRINO. Guapos por fuera, mansos por dentro
Lanzaron la moneda al aire y salió cruz. Ayer tocaba la de arena. No
se sabe por qué, pero el guión se lo saltaron a la torera. Nunca mejor
dicho. Para que ello sucediera salieron al ruedo seis novillos de variada
y espectacular lámina. Fue lo único destacable de un lote tan descastado
como manso, tan violento como escaso de fuerzas. Todo eso tuvo la
novillada de Guadalest. Nada bueno. Sin embargo, el que abrió plaza se
salió de esa norma. Fue como el garbanzo blanco entre tanta mansedumbre y
descastada condición. Novillo que, por otra parte, no fue aprovechado.
Ese primero, alto, bizco del izquierdo, lucía una guadaña por pitón
derecho. Sólo tuvo en común con sus hermanos la mansedumbre en varas.
Protestón bajo el peto y repartiendo gañafones con mal estilo, tuvo
transmisión en la muleta. Y nobleza. Fue claro por los dos pitones. Se
fue pronto a la muleta y obedeció al toque. A tan interesante novillo no
se le sacó el partido que se merecía. Leandro Marcos, más preocupado en
componer la figura que en construir faena, perdió la ocasión. Estético,
pero frío; con empaque, pero muy despegado. Faena de dibujo lineal, a la
que tanta estética acabó por dejarla sin alma. Sin calor. Y, a veces,
sin color. Al matar fue cogido por la barriga y quedó enganchado durante
unos segundos interminables. No pasó del susto.
De ese primero a los otros cinco hubo un salto de calidad notable. La
novillada siguió en la tónica de su mansedumbre en varas y degeneró en
la muleta. Una demostración de falta de raza en toda regla. Casi un calco
desde el segundo al quinto. En varios tonos, pero abocada a la total
negación de la casta.
Con todo, a novilleros tan aparentemente puestos como Leandro Marcos y
Javier Valverde cabría exigirles mayor habilidad. No fueron lo que
apuntan y se perdieron en idas y venidas sin ton ni son. De los dos,
Valverde fue más peleón. Se justificó más dentro de su condición de
novillero. Aunque no resolvió con la capacidad que se supone a quien es
puntero del escalafón.
Con el incómodo tercero le sobró tesón y le faltó mando. Faena
peleada, ruidosa, pero con poco fondo. Con el desrazado que hizo quinto
todo fue muy deslucido. Se puso terco Valverde, pero le sirvió de poco.
De tan poco, que la gente le avisó con silbidos de que acabara con aquel
despropósito.
Con el rebrincado y protestón que apareció en cuarto lugar, Leandro
Marcos se apagó muy pronto. Al menos se agradeció la brevedad de trasteo
tan insulso.
Al debutante José Luis Miñarro hay que justificarle más. Era su
segunda novillada con caballos, la primera se remonta a la pasada
temporada, y no se vino abajo. Con la voluntad por bandera y el arrojo
como arma, a Miñarro sólo le asaltaron las dudas propias de su bisoñez.
A sus dos novillos los recibió de rodillas y combinó, dentro de la misma
serie, faroles y largas cambiadas. Unas más limpias, otras atropelladas.
Pero siempre decidido. Ninguno de su lote le puso las cosas fáciles. Pero
Miñarro no se vino abajo. Dejó las calidades para otra ocasión y enseñó
los dientes. Le faltó temple con el descompuesto y flojo tercero, pero lo
compensó con respuesta rabiosa. Con el muy violento y de peor estilo que
cerró la tarde nunca volvió la cara.
Lo más brillante de la tarde lo pusieron tres banderilleros
valencianos: Antonio Peinado, César Fernández y Domingo Navarro. Seis
pares de banderillas como dicen que mandan los cánones.
El
Mundo. JAVIER VILLAN.
De
la gloria a la vulgaridad
Los novillos de Guadalest tenían fuerzas, pero lo disimulaban
cuidadosamente. Y se iban al suelo con una facilidad de pasmo. Los
novilleros tenían ganas de torear, pero también lo disimulaban cada cual
a su modo.
Si Marcos, Valverde y Miñarro tienen ambiciones o no de figuras, lo
ignoro; esas posibles ambiciones carecieron de soporte para cristalizarse
en triunfos. No se puede tener todo. Y un novillero lo que debe tener,
antes que nada, es personalidad. La personalidad no es andar de rodillas
como penitente en Semana Santa, ni hacer cosas raras para diferenciarse de
los demás. Es hacer las cosas, buenas o regulares, con sello propio.
Se advierte a veces, en cualquiera de las actividades del ser humano,
gente de arte o eficacia incompleta, mas con unos modales que dejan de ser
tales para convertirse en modos diferenciados y esenciales.
Los novilleros de ayer dieron la sensación de ser alumnos, sin
excesiva aplicación, de una misma escuela y parecidos maestros.Por
ejemplo, Miñarro parecía el más verde; Valverde el más placeado y
Leandro Marcos, a medio camino entre los dos; pues bien, salvo las
diferencias morfológicas que condicionan incluso la manera de andar de
las personas, el toreo de los tres jóvenes es intercambiable.Y, a la vez,
cada uno de ellos es intercambiable con docenas de diestros con
alternativa o sin ella.
Lo peor no es que los componentes del escalafón novilleril estén
maduros o pasados de punto; lo peor no es que aspiren a la gloria o se
resignen a comparsas. Lo peor es que, salvo algunos como Tejela o Jiménez
triunfadores anteayer y que por lo visto ayer, parecen de otra galaxia son
de una vulgaridad aplastante.
Abuso del pico
Lo peor, y ya son demasiados peores, es que uno tiene la sensación
de estar adivinando sin esfuerzo el próximo capotazo, el siguiente
banderazo, la inminente rectificación de terrenos, el inevitable uso y
abuso del pico de la muleta, el fueracacho por mala colocación, el
enganchón y el desarme por falta de temple.
Yo creo que los novilleros de ayer, Marcos, Valverde y Miñarro, no
nacieron con estos vicios y estas perversiones artísticas; lo mismo que
no nacieron con la afición a esa plaga de manoletinas que nos invade con
que se empeñan en cerrar faena (ayer, sin ir más lejos, dos; Leandro
Marcos y Miñarro); o la obsesión de citar de frente y por detrás, venga
o no venga a cuento. O la facilidad con que pierden las armas: Valverde,
ayer, tres desarmes consecutivos, por ejemplo. Y algunos más que los
otros dejaron desperdigados por el redondel a lo largo de la tarde.
Yo creo que con todo esto no se nace, aunque la tauromaquia perversa se
aprenda enseguida, como las malas mañas infantiles, a pesar de la
inocencia. Y como esa tauromaquia, según la jerga mercantil taurina, ha
«puesto en dineros» a los maestros, pues leña al mono hasta que hable
inglés.
Leandro Marcos debiera ser torero de esos que brillan más cuanto más
se ajustan y más cerca y despacio se pasan el toro. Pero no siempre el
vallisoletano estuvo por la labor; y una vez que se ajustó cabalmente el
novillo le dio un susto. Aunque, para susto, la tarascada que sufrió al
matar; por su culpa, por no cruzarse, por no hacer «la cruz del diablo»
que decía Bergamín.El primer novillo de Javier Valverde anduvo más
tiempo por los suelos que de pie. Y el salmantino, unas veces ceremonioso
y otras atropellado, no encontró el sitio.
Miñarro anduvo de rodillas toda la tarde; en el primero para cerrar
faena y en el último para recibir al novillo: tres largas cambiadas y dos
faroles, uno tras otro. Y finalmente, con la muleta, otra vez de rodillas.
En resumidas cuentas, Leandro Marcos compone figura de estilista; Valverde
anda en exceso aperreado y Miñarro, bisoño y recental. Pero eso son
matices de una misma normalidad, de una vulgaridad homologada con más del
90% del escalafón.