Por segundo día consecutivo soportamos las inclemencias meteorológicas.
De nuevo la lluvia aguó los tendidos, y mojó el lomo de los hermanos
mayores, versión Jandilla, de los encastados novillos de Fuente Ymbro.
Pues los jandillas se lidiaron entre intermitentes chaparrones, bajo un
arco iris que hacía de las nubes un abanico de colores que abrazaba
Valencia. La paleta natural como inspiración de pintores v poetas no cala
en esta crónica, no bombea letras al papel; tampoco la corrida.
Siempre el periodista en su función de malo, cuando no pasta en el
pesebre del poder, de tío de gesto encabronado, como si huyéramos del
elogio. Pero para que los adjetivos ensalzadores valgan su significado han
de ganarse de veras y alejarse de la facilidad con la que algunos reparten
grandilocuentes frases. Nada nos gustaría más que cantarle a Manuel
Caballero, que ha luchado en esta profesión hasta abrirse camino como un
serio profesional, aunque últimamente no le soplan las musas.
La técnica que domina
La técnica que domina enfría su toreo, que no trepaba por
los tendidos cuando sobaba al toro que abrió la tarde, noble mas sin
humillar y además con un molesto y leve tornillazo a mitad de viaje. Tal
vez su faena fuera pulcra, a pesar de un desarme, correcta hasta exprimir
en dos últimas tandas diestras las embestidas, monótona... Igual se
mostró con el cuarto, que no se empleaba. Y Caballero faenaba como sin
alma, sin un ole, sin nada. Recogió ovaciones a la muerte de sus toros,
palmas tan de trámite como sus obras.
La calidad de la tarde brotó de las embestidas de «Orgulloso»,
ejemplar bien hecho, acorde al tipo de la ganadería. Y a «Orgulloso» lo
toreó a la verónica Rivera Ordóñez con el compás abierto, como antes
de que cayera en el abuso de juntar las zapatillas, como un día aprendió.
O sea muy bien.
En aquellos lances evidenciaba ya el toro tranco y cualidades que
desarrollaría a lo largo de la lidia, a pesar del violento principio por
bajo que le hizo clavar los pitones en la arena y volar en quebrantadora
voltereta. Siguió Rivera Ordóñez rodilla en tierra y, en pie, corrió
la mano derecha con largura, y hasta en un penúltimo pase enderezó la
figura y parecía que aquello podía funcionar. Por desgracia, no funcionó.
Al menos al nivel que requería el jandilla, porque para el público bien
que valía. Rivera se retorció y nunca se cruzó ni se colocó en el
sitio; el trazo de los muletazos se encaminaba hacia las afueras; la faena
cayó en ese verbo horrible que algunos usan: destorear. Cobró una
estocada baja y una oreja que paseó.
Mereció más suerte
Ante el sexto, grandón y sin clase, peleó a derechazos y no resolvió
con efectividad con la espada. Claro que para pinchaúvas sin decoro,
Javier Conde. A la ficha remitimos. No se confió nunca con el basto
segundo y sólo se desmelenó en algún natural a favor de querencia con
el bondadoso quinto, que aunque terminó por rajarse mereció más suerte.
Como toda la corrida.
El País. VICENTE
SOBRINO. Se les escapó una ocasión
Una corrida de Jandilla desigual en casi todo. Primero de estampa y,
luego, de juego. Desde los grandones que hicieron segundo y sexto, hasta
el bajo y de escaso trapío que hizo quinto, hasta los bien hechos que
saltaron en tercer y cuarto lugar. Como primero salió uno entreverado,
pero más bastorro. Eso en cuanto a presencia. De juego, más desigualdad
si cabe. La única nota común de esta corrida fue la nobleza. Ni un
detalle feo tuvo la de Jandilla. Una nota más, los seis tuvieron
suficiente entidad física como para aguantar la lidia. Y eso que alguno
de ellos soportó un abusivo castigo en varas.
De tanta variedad de comportamiento, lo que puso un punto de interés a
la corrida, el tercero de la tarde sobresalió. Toro de caja corta,
ofensivo de cara, bien hecho y musculoso. Y bajo de agujas. Así, a simple
vista, ese toro no podía fallar. Y, efectivamente, no falló. Tuvo estilo
en varas, se empleó en la primera, soportó la segunda y fue pronto en
banderillas. Acabado el segundo tercio, el toro se descolgó. Otra buena
señal. Y ya en la muleta, tuvo trasmisión, fijeza y calidad. Pudo tener,
incluso, mayor vibración, pero en el primer muletazo de Rivera, por bajo
y sobre el pitón derecho, el toro se pegó un costalazo impresionante.
Fue como un tercer puyazo, aunque fuera de tiempo y de forma.
Rivera, que había toreado muy bien a ese toro de salida con la capa,
adelantando la pierna contraria y llevándolo muy embebido, no acabó de
encontrarle la distancia en la muleta. Faena de sí, pero no. Labor de
ahora voy, pero me quedo a mitad. Mientras, el de Jandilla derrochaba
calidad y fijeza. Rivera, la mayoría de las veces fuera de cacho, se vació
al toro hacia afuera del círculo mágico. Con poco mando. No terminó de
romper y la impresión que quedó en la plaza es que se había marchado un
toro que merecía más. Bastante más.
De ese estilo en varas fue también el quinto, el de menor entidad de
la corrida. Mal colocado, al relance, tomó un puyazo estiloso. Pero,
misterios del toro, acabó rajado y refugiado en tablas. Antes de eso, ese
toro tuvo detalles de cierto interés. Por ejemplo, fue pronto y hasta
tuvo fijeza en las dos primeras arrancadas de cada serie. Pero Javier
Conde, muy precavido, no se atrevió a decidirse. Aprovechó algún viaje
del toro para dejar este o aquel natural estético. Muy poca cosa. Quizás
el toro se aburrió y por eso acabó metido en los adentros.
El grandón que saltó en segundo lugar tuvo poder en varas, pero las
tomó defensivo y repuchándose. Hubo un gran desorden en banderillas y
sembró un pánico injustificado. No humilló en la muleta, pero tuvo
cierta transmisión. Conde, desconfiado, no se hizo el ánimo. Para colmo,
el malagueño dio un auténtico mitin con la espada.
Dos toros noblones, dóciles,pero sin chicha ni limoná, fueron
los del lote de Caballero. Los dos tuvieron viaje, el que abrió plaza más
entregado que el cuarto. Pero Caballero, rutinario y mecánico, tampoco
acabó de centrarse con ellos. Todo como muy insulso. En el primero, además,
se dejó enganchar demasiado la muleta.
Otro toro grandullón fue el sexto. Tan alto de construcción que era
imposible que humillara. Incluso tuvo un punto de violencia en la muleta.
Rivera trató de someterle, sin resultado óptimo. Fue el toro más
deslucido de una corrida muy aprovechable. La de Jandilla, al final, dio
la impresión de ser corrida que estuvo por encima de la respuesta de los
toreros. Un público más exigente y Javier Conde, por ejemplo, sale
custodiado de la plaza
El
Mundo. JAVIER VILLAN. Rivera
Ordóñez en alza
Los jandillas son como los pimientos del Padrón: unos pican y otros
no. A veces no pica ninguno y a veces, como ayer, pican casi todos. A los
toreros, naturalmente, no les gustan los toros picantes. Yo tengo la extraña
sensación de que tampoco gustan a los ganaderos; pero allá ellos. A mí
los jandillas de ayer me gustaron, aunque casi todos acabaran comiéndose
a los toreros. O precisamente por eso.
Rivera Ordóñez estuvo bien en su primero, aunque pudo y debió estar
mejor. Rivera Ordóñez paró a este toro con tres verónicas magistrales
y una media que recordaron al Rivera de sus mejores momentos: firmes las
zapatillas y los brazos con una cadencia y un ritmo verdaderamente
encomiables. Rivera estuvo toda la tarde decidido y arrancado; tanto que
ante algún riesgo inminente, alguien susurró sin ánimos de escandalera:
«Rivera, que ties madre»; como si de ello tuviese Rivera la culpa.
La única culpa de Rivera ayer es que no mantuvo la línea ascendente
de su faena. Poderoso con la muleta resolvió muy bien cuando el jandilla
se le revolvió iracundo, en un palmo de terreno, después de tres espléndidos
derechazos, y Rivera lo vació con torería y suficiencia. Improvisó, o
lo tenía pensado, no lo sé, un pase de pecho del desprecio.
Esto puede parecer un contradiós, pero le quedó muy bien: pase del
desprecio por arriba. En el sexto anduvo sobrado de ánimos, aunque escaso
de recursos y sin dar con los terrenos que, con tanta naturalidad y decisión,
había encontrado en el tercero.Para colmo, se lió con la espada.
Javier Conde tiene un sentido convulso de la belleza táurica.Es decir,
obedece a los biorritmos de un corazón atropellado.Eso, a veces, es
bueno. Y casi siempre malo. Por ejemplo, perdió el tiempo en probaturas
cuando se adivinaba que el terciadito quinto apenas tenía docena y media
de muletazos.
Conde anduvo zascandileando hasta que ligó tres redondos soberbios.A
partir de ahí, el toro, blando de carácter, se rajó. Con el jandilla en
franca huida dibujó algunos naturales personalísimos y conmovedores. Se
acercó al abismo a la hora de matar. Y no porque se colgara de las astas,
sino por la incapacidad para parar al toro y cuadrarlo. Javier Conde entre
los dos toros sumó tres avisos, muchos pinchazos y muchísimos golpes de
descabello. Reflexión: con tres redondos sublimes y algunos naturales no
se salva una tarde.
Caballero está con oficio, pero no está fino. Está en ese momento de
madurez en que, un hervor más y se pasa de punto. Todo lo hace con
pulcritud, pero sin pasión. Templó un circular limpio y pausado en su
primero; y estuvo en franca huida, al menos en tres ocasiones, cuando su
segundo lo miró torvo y amenazante.Ahí no le valió la madurez;
prevaleció la autodefensa a costa de cualquier cosa.