GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Festejo
PLAZA DE TOROS DE VALENCIA
FERIA DE FALLAS

Tarde del jueves, 14 de marzo de 2002
Crónicas de la prensa

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Jandilla, con posibilidades. 

Diestros: 

Entrada: algo más de media plaza.

Crónicas de la prensa: ABC, El País, El Mundo


ABC. ZABALA DE LA SERNA. Feria de Fallas: Elogio de «Orgulloso»

Por segundo día consecutivo soportamos las inclemencias meteorológicas. De nuevo la lluvia aguó los tendidos, y mojó el lomo de los hermanos mayores, versión Jandilla, de los encastados novillos de Fuente Ymbro. Pues los jandillas se lidiaron entre intermitentes chaparrones, bajo un arco iris que hacía de las nubes un abanico de colores que abrazaba Valencia. La paleta natural como inspiración de pintores v poetas no cala en esta crónica, no bombea letras al papel; tampoco la corrida.

Siempre el periodista en su función de malo, cuando no pasta en el pesebre del poder, de tío de gesto encabronado, como si huyéramos del elogio. Pero para que los adjetivos ensalzadores valgan su significado han de ganarse de veras y alejarse de la facilidad con la que algunos reparten grandilocuentes frases. Nada nos gustaría más que cantarle a Manuel Caballero, que ha luchado en esta profesión hasta abrirse camino como un serio profesional, aunque últimamente no le soplan las musas.

La técnica que domina

La técnica que domina enfría su toreo, que no trepaba por los tendidos cuando sobaba al toro que abrió la tarde, noble mas sin humillar y además con un molesto y leve tornillazo a mitad de viaje. Tal vez su faena fuera pulcra, a pesar de un desarme, correcta hasta exprimir en dos últimas tandas diestras las embestidas, monótona... Igual se mostró con el cuarto, que no se empleaba. Y Caballero faenaba como sin alma, sin un ole, sin nada. Recogió ovaciones a la muerte de sus toros, palmas tan de trámite como sus obras.

La calidad de la tarde brotó de las embestidas de «Orgulloso», ejemplar bien hecho, acorde al tipo de la ganadería. Y a «Orgulloso» lo toreó a la verónica Rivera Ordóñez con el compás abierto, como antes de que cayera en el abuso de juntar las zapatillas, como un día aprendió. O sea muy bien.

En aquellos lances evidenciaba ya el toro tranco y cualidades que desarrollaría a lo largo de la lidia, a pesar del violento principio por bajo que le hizo clavar los pitones en la arena y volar en quebrantadora voltereta. Siguió Rivera Ordóñez rodilla en tierra y, en pie, corrió la mano derecha con largura, y hasta en un penúltimo pase enderezó la figura y parecía que aquello podía funcionar. Por desgracia, no funcionó. Al menos al nivel que requería el jandilla, porque para el público bien que valía. Rivera se retorció y nunca se cruzó ni se colocó en el sitio; el trazo de los muletazos se encaminaba hacia las afueras; la faena cayó en ese verbo horrible que algunos usan: destorear. Cobró una estocada baja y una oreja que paseó.

Mereció más suerte

Ante el sexto, grandón y sin clase, peleó a derechazos y no resolvió con efectividad con la espada. Claro que para pinchaúvas sin decoro, Javier Conde. A la ficha remitimos. No se confió nunca con el basto segundo y sólo se desmelenó en algún natural a favor de querencia con el bondadoso quinto, que aunque terminó por rajarse mereció más suerte. Como toda la corrida.


El País. VICENTE SOBRINO. Se les escapó una ocasión

Una corrida de Jandilla desigual en casi todo. Primero de estampa y, luego, de juego. Desde los grandones que hicieron segundo y sexto, hasta el bajo y de escaso trapío que hizo quinto, hasta los bien hechos que saltaron en tercer y cuarto lugar. Como primero salió uno entreverado, pero más bastorro. Eso en cuanto a presencia. De juego, más desigualdad si cabe. La única nota común de esta corrida fue la nobleza. Ni un detalle feo tuvo la de Jandilla. Una nota más, los seis tuvieron suficiente entidad física como para aguantar la lidia. Y eso que alguno de ellos soportó un abusivo castigo en varas.

De tanta variedad de comportamiento, lo que puso un punto de interés a la corrida, el tercero de la tarde sobresalió. Toro de caja corta, ofensivo de cara, bien hecho y musculoso. Y bajo de agujas. Así, a simple vista, ese toro no podía fallar. Y, efectivamente, no falló. Tuvo estilo en varas, se empleó en la primera, soportó la segunda y fue pronto en banderillas. Acabado el segundo tercio, el toro se descolgó. Otra buena señal. Y ya en la muleta, tuvo trasmisión, fijeza y calidad. Pudo tener, incluso, mayor vibración, pero en el primer muletazo de Rivera, por bajo y sobre el pitón derecho, el toro se pegó un costalazo impresionante. Fue como un tercer puyazo, aunque fuera de tiempo y de forma.

Rivera, que había toreado muy bien a ese toro de salida con la capa, adelantando la pierna contraria y llevándolo muy embebido, no acabó de encontrarle la distancia en la muleta. Faena de sí, pero no. Labor de ahora voy, pero me quedo a mitad. Mientras, el de Jandilla derrochaba calidad y fijeza. Rivera, la mayoría de las veces fuera de cacho, se vació al toro hacia afuera del círculo mágico. Con poco mando. No terminó de romper y la impresión que quedó en la plaza es que se había marchado un toro que merecía más. Bastante más.

De ese estilo en varas fue también el quinto, el de menor entidad de la corrida. Mal colocado, al relance, tomó un puyazo estiloso. Pero, misterios del toro, acabó rajado y refugiado en tablas. Antes de eso, ese toro tuvo detalles de cierto interés. Por ejemplo, fue pronto y hasta tuvo fijeza en las dos primeras arrancadas de cada serie. Pero Javier Conde, muy precavido, no se atrevió a decidirse. Aprovechó algún viaje del toro para dejar este o aquel natural estético. Muy poca cosa. Quizás el toro se aburrió y por eso acabó metido en los adentros.

El grandón que saltó en segundo lugar tuvo poder en varas, pero las tomó defensivo y repuchándose. Hubo un gran desorden en banderillas y sembró un pánico injustificado. No humilló en la muleta, pero tuvo cierta transmisión. Conde, desconfiado, no se hizo el ánimo. Para colmo, el malagueño dio un auténtico mitin con la espada.

Dos toros noblones, dóciles,pero sin chicha ni limoná, fueron los del lote de Caballero. Los dos tuvieron viaje, el que abrió plaza más entregado que el cuarto. Pero Caballero, rutinario y mecánico, tampoco acabó de centrarse con ellos. Todo como muy insulso. En el primero, además, se dejó enganchar demasiado la muleta.

Otro toro grandullón fue el sexto. Tan alto de construcción que era imposible que humillara. Incluso tuvo un punto de violencia en la muleta. Rivera trató de someterle, sin resultado óptimo. Fue el toro más deslucido de una corrida muy aprovechable. La de Jandilla, al final, dio la impresión de ser corrida que estuvo por encima de la respuesta de los toreros. Un público más exigente y Javier Conde, por ejemplo, sale custodiado de la plaza


El Mundo. JAVIER VILLAN. Rivera Ordóñez en alza

Los jandillas son como los pimientos del Padrón: unos pican y otros no. A veces no pica ninguno y a veces, como ayer, pican casi todos. A los toreros, naturalmente, no les gustan los toros picantes. Yo tengo la extraña sensación de que tampoco gustan a los ganaderos; pero allá ellos. A mí los jandillas de ayer me gustaron, aunque casi todos acabaran comiéndose a los toreros. O precisamente por eso.

Rivera Ordóñez estuvo bien en su primero, aunque pudo y debió estar mejor. Rivera Ordóñez paró a este toro con tres verónicas magistrales y una media que recordaron al Rivera de sus mejores momentos: firmes las zapatillas y los brazos con una cadencia y un ritmo verdaderamente encomiables. Rivera estuvo toda la tarde decidido y arrancado; tanto que ante algún riesgo inminente, alguien susurró sin ánimos de escandalera: «Rivera, que ties madre»; como si de ello tuviese Rivera la culpa.

La única culpa de Rivera ayer es que no mantuvo la línea ascendente de su faena. Poderoso con la muleta resolvió muy bien cuando el jandilla se le revolvió iracundo, en un palmo de terreno, después de tres espléndidos derechazos, y Rivera lo vació con torería y suficiencia. Improvisó, o lo tenía pensado, no lo sé, un pase de pecho del desprecio.

Esto puede parecer un contradiós, pero le quedó muy bien: pase del desprecio por arriba. En el sexto anduvo sobrado de ánimos, aunque escaso de recursos y sin dar con los terrenos que, con tanta naturalidad y decisión, había encontrado en el tercero.Para colmo, se lió con la espada.

Javier Conde tiene un sentido convulso de la belleza táurica.Es decir, obedece a los biorritmos de un corazón atropellado.Eso, a veces, es bueno. Y casi siempre malo. Por ejemplo, perdió el tiempo en probaturas cuando se adivinaba que el terciadito quinto apenas tenía docena y media de muletazos.

Conde anduvo zascandileando hasta que ligó tres redondos soberbios.A partir de ahí, el toro, blando de carácter, se rajó. Con el jandilla en franca huida dibujó algunos naturales personalísimos y conmovedores. Se acercó al abismo a la hora de matar. Y no porque se colgara de las astas, sino por la incapacidad para parar al toro y cuadrarlo. Javier Conde entre los dos toros sumó tres avisos, muchos pinchazos y muchísimos golpes de descabello. Reflexión: con tres redondos sublimes y algunos naturales no se salva una tarde.

Caballero está con oficio, pero no está fino. Está en ese momento de madurez en que, un hervor más y se pasa de punto. Todo lo hace con pulcritud, pero sin pasión. Templó un circular limpio y pausado en su primero; y estuvo en franca huida, al menos en tres ocasiones, cuando su segundo lo miró torvo y amenazante.Ahí no le valió la madurez; prevaleció la autodefensa a costa de cualquier cosa.

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