Tras su maravillosa faena a Puñalero de Daniel Ruiz en la feria de
Julio, volvía El Juli a la capital valenciana. La expectación, lógica,
por las nubes. Y Valencia siguió vibrando con las cualidades y
calidades desbordantes de la primera figura del toreo. El Juli lo bordó
ante el quinto, desparramando arte y cadencia por los cuatro costados.
Pero media hora antes se las vio con su primero. Un toro que saltó dos
veces al callejón y aunque muchas veces esto no es sinónimo de
mansedumbre, en ésta ocasión se reflejó por completo. Sin maldad, más
bien con nobleza, pero nunca humillando, el cuatreño aguantó la
primera tanda pero enseguida buscó desesperadamente la huída a tablas.
El torero de Madrid se plantó firme en los medios. Y con una
inteligencia extrema no dejó de taparle la cara con el engaño. Por
ello logró convertir algunos derechazos en circulares y aprovechó las
embestidas por los adentros para dibujar dos muletazos por bajo y un
desdén mirando a la grada. Faena de torero curtido, en una palabra, de
maestro. Dejó una estocada tremenda en todo lo alto aunque ello
sorprendentemente no aceleró la muerte de su antagonista. Si no esperan
a que lleguen las mulillas hasta el toro le hubieran pedido con fuerza
las dos orejas.
El clamor desbordantemente torero llegó en su segundo. Un armónico
astado pero, como sus hermanos, dejó entrever pronto su debilidad. Pero
he aquí el secreto del triunfo; Julián, en vez de buscar el lucimiento
de primeras, se dedicó a moldear y a enseñar como debía seguir sus
engaños. No hubo quite, pero sí un tercio de banderillas cumbre,
apasionante. Con una impresionante complicidad jugó El Juli con él,
recortándole, incluso animándole a venirse arriba. Clavó tres
soberbios pares, y a la salida de éste último posó su mano en la
testuz del toro y en una carrera clamorosa logró detenerlo. La plaza
boca abajo.
Brindó la faena a Curro Romero, brindis premonitorio de la faena que íbamos
a ver. Derechazos de una placentera lentitud, calculando milimétricamente
las alturas y las distancias que su antagonista necesitaba. Y la chispa
de un farol a pies juntos lento como para leerse un libro. Y los
naturales, casi de uno a uno, pero desgarrados, con una cadencia
suprema. Y esos pellizcos de arte puro, como un trincherazo monumental,
(más en aire de Paula que de Curro, ya que estamos). Y para cerrar
faena el valor, ese valor que sirve para aguantar los parones sin
derramar una gota de sudor, como cuando se dejaba rozar los pitones en
la taleguilla. Y el broche en esos pases por bajo, recreándose hasta el
fondo. No parecía que el buen toro de Carmen Lorenzo le fuese a ayudar
en la estocada, de hecho no lo hizo, pero ahí estaba El Juli para
volcarse encima de él. Al igual que en su primero, la formidable
estocada en la yema no fue fulminante por lo que tuvo que coger el
descabello. Un fallo con esta suerte no fue motivo para que el
presidente le negara ese segundo trofeo pedido abrumadoramente por el público.
No importaba mucho, la verdad, hecha la obra nos quedábamos con ese
sabor; El Juli abría su primera puerta grande de primera en la
temporada.
Ponce poquito, salvo intentarlo, pudo hacer con su flojo primero. Ante
el cuarto, un toro fino de cabos y de larga y honda embestida, pudo
dibujar derechazos de su estilo, logrando saldar su tarde con el trofeo
finalmente paseado.
Tomaba la alternativa Antón Cortés, torero de buen corte y de positiva
animosidad. Con una larga cambiada recibió al astifino sexto, pero la
corta embestida de éste le imposibilitó expresar el toreo que lleva
dentro.
No admiten comparaciones Enrique Ponce y El Juli, porque cada cual se
encuentra en etapas tan distintas como distantes de sus respectivas
carreras. Ponce se halla en espléndida madurez; su toreo ha adquirido el
poso de los años. Juli vive la efervescencia y el ímpetu de la juventud;
pletórico de valor, recuperó la chispa y la garra que olvidó en Castellón
y que ayer le auparon por la puerta grande.
A la tarde le faltó la emoción del toro: la corrida de Capea blandeó
en demasía y careció de la vibración de la casta, no así de una pastueña
condición que rayaba con la docilidad salpicada de clase a veces. Propició
que el primer episodio de esta interesante segunda parte de Feria acabara
felizmente, aunque cabe esperar que las caras de los toros de los próximos
días impongan más respeto.
A Juli se le vio con ambición y desparpajo, con la capacidad de
siempre para conectar con los tendidos. Sus faenas desprendieron frescura
y en conjunto su actuación puso de manifiesto la condición de ir a por
todas de cualquier líder que se precie. El murube que abrió su lote, el
de más brío del conjunto, saltó en dos ocasiones al callejón para
sobresalto de autoridades y chupones. A la muleta acudió con una entereza
que Juli trató de quebrantar con unas dobladas. El trasteo fue en los
medios y ligado; sobre la izquierda intentó que el toro se empapara de
trapo. Diferente resultó la segunda faena, que fue de menos a más y
desembocó en una serie diestra pausada. La contundencia de la espada, un
auténtico cañón, rubricó el pleno: oreja y oreja.
Julián López también banderilleó con atléticas facultades, mejor
en el quinto que en el tercero. Aunque sigue levantando mucho polvo en las
salidas de los pares, aceleradas como las de un fórmula uno. Las
reuniones más auténticas corrieron a cargo de Jocho II, que fiel a la
escuela de grandes banderilleros de esta tierra encaró un gran par en
corto y por derecho, clavó en todo lo alto y abandonó con parsimonia la
cara.
Entre tanta jovialidad y dinamismo, el reposo de Enrique Ponce en la
faena de un cuarto de notable pitón derecho suposo la calidad. Los
muletazos de figura desmayada, templados y elegantes, ajustados al
contorno del torero, quizá más ajustados que nunca, construyeron un trío
de series señoriales. Lástima que no hubiera continuidad al natural, por
donde el astado cabeceaba y se frenaba. El magisterio cobró nuevos tintes
en el toreo por bajo, genuflexo e incluso soportando un parón
interminable. Los efectos retardados de un espadazo algo desprendido
jugaron con la paciencia y una oreja que, finalmente, cayó con justicia.
Ponce atraviesa un momento dulce: gratifica hasta contemplarle dar la
vuelta al ruedo.
El maestro de Chiva había jugado bien los brazos en las verónicas de
salutación al feble segundo, cuyo disminuido estado restó importancia a
la templanza de los naturales, estupendos en su ejecución frontal.
El toricantano Antón Cortés cubrió el expediente con dignidad
sobrada y controló los nervios en una fecha tan importante. La ausencia
de fuerzas del toro de la alternativa, sobrero del mismo hierro, forzó un
planteamiento a media altura. Todo quiso hacerlo bien, con buen corte, y
hasta bordó un cambio de mano. Ante el parado sexto, de más seria
encornadura que sus hermanos, se justificó con un arrimón, aunque debe
mejorar con la espada
El País. VICENTE
SOBRINO. Novillada de lujo en la séptima de feria
Más que corrida de toros, la de Capea fue una novillada. De lujo, pero novillada al fin y al cabo.Los murubes de Capea mantienen el fondo de calidad que siempre ha tenido tan histórico hierro, aunque de fuerzas están en el límite de lo permitido. Y también muy al límite la presentación de los seis que saltaron ayer.
La corrida, de poca entidad, se tapó, en parte, por la clase y nobleza que derrocharon los seis toros. Unos con más transmisión que otros, pero todos de una docilidad muy notable. De la misma forma que también estuvieron muy justos de fuerzas. Los dos toros con mayor llegada fueron tercero y cuarto, pero con un matiz que los diferenció. El primero de El Juli tuvo ciertos puntos de mansedumbre -de salida saltó dos veces al callejón-, mientras que el segundo de Ponce se empleó bien en el primer puyazo. A un Juli sobrado y populista sólo le faltó subirse encima de su primero. La mejor virtud de esa faena fue sujetar al toro y no dejar que acabara saliéndose hacia tablas. Con el quinto no hubo color y anduvo a gorrazos con él. La gente no tuvo en cuenta la faena de Ponce al primero ante la escasa entidad del supuesto enemigo. En el cuarto, sobre la derecha, trazó los mejores muletazos de la tarde. Se recreó por ese lado y puso de su lado a un paisanaje bastante exigente con él. El nuevo matador, Antón Cortés, se tropezó con los dos toros de menor entidad física. Y lo pagó en tarde tan importante. Sólo tuvo detalles y vanos intentos de acabar los muletazos a dos toros que acabaron por quedarse cortos y no pasar.
El
Mundo. JAVIER VILLAN. Fábula
del toro saltador
Erase un toro que tenía añoranzas de dehesa, melancolía de pastos y
ensueños de encinares. Atormentado por la oscuridad de los toriles,
echaba de menos la libertad. Con infinita pesadumbre salió a la arena;
sin duda, había visto o soñado las tribulaciones de los hermanos que lo
precedieron en el sacrificio. Y decidió escapar. Infeliz.
Ignoraba que una vez en el ruedo no hay escape posible y que la suerte
está echada. Alea jacta est, dice el torilero a los toros cuando los
deslumbra el sol; mas, como los toros no saben latín, creen que es el
saludo del mayoral. El toro de Gutiérrez Lorenzo saltó por dos veces al
callejón creyendo que por allí retornaría a su Salamanca querida.
Imposible huir. Lo recogió El Juli y allí se acabaron todas las
esperanzas de libertad. La suerte, efectivamente, estaba echada y, además,
el toro del Niño de la Capea iba a quedarse sin oreja.El Juli no perdona.
El Juli manejó el capote como un látigo y la muleta con un poco más de
suavidad; las banderillas como arpones balleneros y la espada como un cañón.
Al sentir el espadazo, el murube volvió a ponerse triste y se acercó a
las tablas; esta vez eran las angustias de la muerte, el vómito de sangre
por el que se le iban sus ánimos de toro libertario.
También el cuarto quería volver al campo donde fue feliz. Por
timidez, inocencia o debilidad, se pegó de morros contra las tablas y se
quedó frenado para los restos. No quería morirse, cosa que contrariaba a
Ponce que le había atizado un estoconazo bajo y un descabello heterodoxo.
Ponce le había toreado con delicadeza por la derecha y un poco
atropellado por la izquierda. Ponce tenía melancolía de orejas en
Valencia: más de una docena de corridas sin catarlas.
Ponce llevaba en su rostro la frustración del ruinoso toro anterior
que le había tocado en suerte. Es axioma universalmente aceptado que
Ponce es torero poderoso. Luego, ocurre que a Ponce, y a todos los demás,
les echan toros arruinados, moral y físicamente.Es decir, descastados y
sin fuerza. O sea, que no sé para qué se necesita el poderío.
A partir de aquí sólo hubo un toro saltador, el sexto. El quinto,
bastante hacía con tenerse en pie. Con el quinto jugueteó El Juli en
banderillas; tuvo Julián López ráfagas del más puro julismo, ramalazos
de casta bastante vertiginoso todo ello mas con corazón beligerante. Fue
acortando terrenos y, al final, una proximidad caliente. Si llega a matar
a la primera le dan las dos orejas.
La alternativa de Antón Cortés se quedó en poco, en casi nada; salvo
el buen gusto del gitano albaceteño, el corte de torero serio que exhibió
en unos cuantos muletazos. Sería una lástima que resultado tan poco
brillante en tarde tan decisiva lo desanimara.Su toreo conecta fácil con
los tendidos; leves insinuaciones de su izquierda, algunas ensoñaciones
de adornos, y los pases de pecho, dejaron un esbozo de torero artista que
puede ir a más.