GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Festejo
PLAZA DE TOROS DE VALENCIA
FERIA DE FALLAS

Tarde del viernes, 15 de marzo de 2002
Crónicas de la prensa

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Pedro y Verónica Gutiérrez y Camen Lorenzo, bien presentados y con escasez de fuerzas. El primero fue devuelto.

Diestros: 

Entrada: lleno de no hay billetes.

Crónicas de la prensa: El País, El Mundo, ABC,


Oficina de prensa de El Juli. El Juli a hombros en Valencia

Tras su maravillosa faena a Puñalero de Daniel Ruiz en la feria de Julio, volvía El Juli a la capital valenciana. La expectación, lógica, por las nubes. Y Valencia siguió vibrando con las cualidades y calidades desbordantes de la primera figura del toreo. El Juli lo bordó ante el quinto, desparramando arte y cadencia por los cuatro costados.
Pero media hora antes se las vio con su primero. Un toro que saltó dos veces al callejón y aunque muchas veces esto no es sinónimo de mansedumbre, en ésta ocasión se reflejó por completo. Sin maldad, más bien con nobleza, pero nunca humillando, el cuatreño aguantó la primera tanda pero enseguida buscó desesperadamente la huída a tablas.
El torero de Madrid se plantó firme en los medios. Y con una inteligencia extrema no dejó de taparle la cara con el engaño. Por ello logró convertir algunos derechazos en circulares y aprovechó las embestidas por los adentros para dibujar dos muletazos por bajo y un desdén mirando a la grada. Faena de torero curtido, en una palabra, de maestro. Dejó una estocada tremenda en todo lo alto aunque ello sorprendentemente no aceleró la muerte de su antagonista. Si no esperan a que lleguen las mulillas hasta el toro le hubieran pedido con fuerza las dos orejas.
El clamor desbordantemente torero llegó en su segundo. Un armónico astado pero, como sus hermanos, dejó entrever pronto su debilidad. Pero he aquí el secreto del triunfo; Julián, en vez de buscar el lucimiento de primeras, se dedicó a moldear y a enseñar como debía seguir sus engaños. No hubo quite, pero sí un tercio de banderillas cumbre, apasionante. Con una impresionante complicidad jugó El Juli con él, recortándole, incluso animándole a venirse arriba. Clavó tres soberbios pares, y a la salida de éste último posó su mano en la testuz del toro y en una carrera clamorosa logró detenerlo. La plaza boca abajo.
Brindó la faena a Curro Romero, brindis premonitorio de la faena que íbamos a ver. Derechazos de una placentera lentitud, calculando milimétricamente las alturas y las distancias que su antagonista necesitaba. Y la chispa de un farol a pies juntos lento como para leerse un libro. Y los naturales, casi de uno a uno, pero desgarrados, con una cadencia suprema. Y esos pellizcos de arte puro, como un trincherazo monumental, (más en aire de Paula que de Curro, ya que estamos). Y para cerrar faena el valor, ese valor que sirve para aguantar los parones sin derramar una gota de sudor, como cuando se dejaba rozar los pitones en la taleguilla. Y el broche en esos pases por bajo, recreándose hasta el fondo. No parecía que el buen toro de Carmen Lorenzo le fuese a ayudar en la estocada, de hecho no lo hizo, pero ahí estaba El Juli para volcarse encima de él. Al igual que en su primero, la formidable estocada en la yema no fue fulminante por lo que tuvo que coger el descabello. Un fallo con esta suerte no fue motivo para que el presidente le negara ese segundo trofeo pedido abrumadoramente por el público. No importaba mucho, la verdad, hecha la obra nos quedábamos con ese sabor; El Juli abría su primera puerta grande de primera en la temporada.

Ponce poquito, salvo intentarlo, pudo hacer con su flojo primero. Ante el cuarto, un toro fino de cabos y de larga y honda embestida, pudo dibujar derechazos de su estilo, logrando saldar su tarde con el trofeo finalmente paseado.

Tomaba la alternativa Antón Cortés, torero de buen corte y de positiva animosidad. Con una larga cambiada recibió al astifino sexto, pero la corta embestida de éste le imposibilitó expresar el toreo que lleva dentro.


ABC. ZABALA DE LA SERNA. El Juli sale a hombros de la plaza de toros de Valencia

No admiten comparaciones Enrique Ponce y El Juli, porque cada cual se encuentra en etapas tan distintas como distantes de sus respectivas carreras. Ponce se halla en espléndida madurez; su toreo ha adquirido el poso de los años. Juli vive la efervescencia y el ímpetu de la juventud; pletórico de valor, recuperó la chispa y la garra que olvidó en Castellón y que ayer le auparon por la puerta grande.

A la tarde le faltó la emoción del toro: la corrida de Capea blandeó en demasía y careció de la vibración de la casta, no así de una pastueña condición que rayaba con la docilidad salpicada de clase a veces. Propició que el primer episodio de esta interesante segunda parte de Feria acabara felizmente, aunque cabe esperar que las caras de los toros de los próximos días impongan más respeto.

A Juli se le vio con ambición y desparpajo, con la capacidad de siempre para conectar con los tendidos. Sus faenas desprendieron frescura y en conjunto su actuación puso de manifiesto la condición de ir a por todas de cualquier líder que se precie. El murube que abrió su lote, el de más brío del conjunto, saltó en dos ocasiones al callejón para sobresalto de autoridades y chupones. A la muleta acudió con una entereza que Juli trató de quebrantar con unas dobladas. El trasteo fue en los medios y ligado; sobre la izquierda intentó que el toro se empapara de trapo. Diferente resultó la segunda faena, que fue de menos a más y desembocó en una serie diestra pausada. La contundencia de la espada, un auténtico cañón, rubricó el pleno: oreja y oreja.

Julián López también banderilleó con atléticas facultades, mejor en el quinto que en el tercero. Aunque sigue levantando mucho polvo en las salidas de los pares, aceleradas como las de un fórmula uno. Las reuniones más auténticas corrieron a cargo de Jocho II, que fiel a la escuela de grandes banderilleros de esta tierra encaró un gran par en corto y por derecho, clavó en todo lo alto y abandonó con parsimonia la cara.

Entre tanta jovialidad y dinamismo, el reposo de Enrique Ponce en la faena de un cuarto de notable pitón derecho suposo la calidad. Los muletazos de figura desmayada, templados y elegantes, ajustados al contorno del torero, quizá más ajustados que nunca, construyeron un trío de series señoriales. Lástima que no hubiera continuidad al natural, por donde el astado cabeceaba y se frenaba. El magisterio cobró nuevos tintes en el toreo por bajo, genuflexo e incluso soportando un parón interminable. Los efectos retardados de un espadazo algo desprendido jugaron con la paciencia y una oreja que, finalmente, cayó con justicia. Ponce atraviesa un momento dulce: gratifica hasta contemplarle dar la vuelta al ruedo.

El maestro de Chiva había jugado bien los brazos en las verónicas de salutación al feble segundo, cuyo disminuido estado restó importancia a la templanza de los naturales, estupendos en su ejecución frontal.

El toricantano Antón Cortés cubrió el expediente con dignidad sobrada y controló los nervios en una fecha tan importante. La ausencia de fuerzas del toro de la alternativa, sobrero del mismo hierro, forzó un planteamiento a media altura. Todo quiso hacerlo bien, con buen corte, y hasta bordó un cambio de mano. Ante el parado sexto, de más seria encornadura que sus hermanos, se justificó con un arrimón, aunque debe mejorar con la espada


El País. VICENTE SOBRINO. Novillada de lujo en la séptima de feria 

Más que corrida de toros, la de Capea fue una novillada. De lujo, pero novillada al fin y al cabo.Los murubes de Capea mantienen el fondo de calidad que siempre ha tenido tan histórico hierro, aunque de fuerzas están en el límite de lo permitido. Y también muy al límite la presentación de los seis que saltaron ayer.

La corrida, de poca entidad, se tapó, en parte, por la clase y nobleza que derrocharon los seis toros. Unos con más transmisión que otros, pero todos de una docilidad muy notable. De la misma forma que también estuvieron muy justos de fuerzas. Los dos toros con mayor llegada fueron tercero y cuarto, pero con un matiz que los diferenció. El primero de El Juli tuvo ciertos puntos de mansedumbre -de salida saltó dos veces al callejón-, mientras que el segundo de Ponce se empleó bien en el primer puyazo. A un Juli sobrado y populista sólo le faltó subirse encima de su primero. La mejor virtud de esa faena fue sujetar al toro y no dejar que acabara saliéndose hacia tablas. Con el quinto no hubo color y anduvo a gorrazos con él. La gente no tuvo en cuenta la faena de Ponce al primero ante la escasa entidad del supuesto enemigo. En el cuarto, sobre la derecha, trazó los mejores muletazos de la tarde. Se recreó por ese lado y puso de su lado a un paisanaje bastante exigente con él. El nuevo matador, Antón Cortés, se tropezó con los dos toros de menor entidad física. Y lo pagó en tarde tan importante. Sólo tuvo detalles y vanos intentos de acabar los muletazos a dos toros que acabaron por quedarse cortos y no pasar.


El Mundo. JAVIER VILLAN. Fábula del toro saltador

Erase un toro que tenía añoranzas de dehesa, melancolía de pastos y ensueños de encinares. Atormentado por la oscuridad de los toriles, echaba de menos la libertad. Con infinita pesadumbre salió a la arena; sin duda, había visto o soñado las tribulaciones de los hermanos que lo precedieron en el sacrificio. Y decidió escapar. Infeliz.

Ignoraba que una vez en el ruedo no hay escape posible y que la suerte está echada. Alea jacta est, dice el torilero a los toros cuando los deslumbra el sol; mas, como los toros no saben latín, creen que es el saludo del mayoral. El toro de Gutiérrez Lorenzo saltó por dos veces al callejón creyendo que por allí retornaría a su Salamanca querida.

Imposible huir. Lo recogió El Juli y allí se acabaron todas las esperanzas de libertad. La suerte, efectivamente, estaba echada y, además, el toro del Niño de la Capea iba a quedarse sin oreja.El Juli no perdona. El Juli manejó el capote como un látigo y la muleta con un poco más de suavidad; las banderillas como arpones balleneros y la espada como un cañón. Al sentir el espadazo, el murube volvió a ponerse triste y se acercó a las tablas; esta vez eran las angustias de la muerte, el vómito de sangre por el que se le iban sus ánimos de toro libertario.

También el cuarto quería volver al campo donde fue feliz. Por timidez, inocencia o debilidad, se pegó de morros contra las tablas y se quedó frenado para los restos. No quería morirse, cosa que contrariaba a Ponce que le había atizado un estoconazo bajo y un descabello heterodoxo. Ponce le había toreado con delicadeza por la derecha y un poco atropellado por la izquierda. Ponce tenía melancolía de orejas en Valencia: más de una docena de corridas sin catarlas.

Ponce llevaba en su rostro la frustración del ruinoso toro anterior que le había tocado en suerte. Es axioma universalmente aceptado que Ponce es torero poderoso. Luego, ocurre que a Ponce, y a todos los demás, les echan toros arruinados, moral y físicamente.Es decir, descastados y sin fuerza. O sea, que no sé para qué se necesita el poderío.

A partir de aquí sólo hubo un toro saltador, el sexto. El quinto, bastante hacía con tenerse en pie. Con el quinto jugueteó El Juli en banderillas; tuvo Julián López ráfagas del más puro julismo, ramalazos de casta bastante vertiginoso todo ello mas con corazón beligerante. Fue acortando terrenos y, al final, una proximidad caliente. Si llega a matar a la primera le dan las dos orejas.

La alternativa de Antón Cortés se quedó en poco, en casi nada; salvo el buen gusto del gitano albaceteño, el corte de torero serio que exhibió en unos cuantos muletazos. Sería una lástima que resultado tan poco brillante en tarde tan decisiva lo desanimara.Su toreo conecta fácil con los tendidos; leves insinuaciones de su izquierda, algunas ensoñaciones de adornos, y los pases de pecho, dejaron un esbozo de torero artista que puede ir a más.

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