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Festejo
PLAZA DE TOROS DE VALENCIA
FERIA DE FALLAS
Tarde del martes, 19 de marzo de 2002
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería:
Toros de Torrestrella,
desiguales de presentación. Diestros:
Entrada: hasta la bandera.
Crónicas de la prensa:
El País, El Mundo, ABC
ABC. ZABALA DE LA SERNA.
Feria de Fallas: Naturales de oro y
brillantes
No lo va a tener difícil Daniel Dupuy para
conceder su trofeo de naturales de oro y brillantes. Vicente Barrera se
vistió ayer de favorito y, por cierto, bastante mejor que el día
anterior. La gran suerte de Barrera en su carrera ha sido nacer en esta
bendita tierra con una Feria como la de Fallas a principio de temporada,
cuando casi siempre le ha sonreído la fortuna. Ayer, de nuevo, una mueca
de la caprichosa diosa le cruzó en el camino el lote propicio para el éxito,
dos toritos a modo. El diminutivo no es por cariño, sino porque el trapío
de ambos ejemplares de Torrestrella se escondía detrás de unas hechuras
anovilladas. En general, las Fallas de 2002 han supuesto un paso atrás en
la presentación de las corridas. Lejos, muy lejos, del toro que merece
Valencia han seleccionado y escogido ¿la empresa, los toreros o los
ganaderos?
El conjunto enviado por don Álvaro no ha roto la tónica de la semana
ni ha significado ningún escándalo especial. Correspondía perfectamente
al nivel marcado. Hoy en día, la Fiesta está al revés: mientras en
Madrid echan corridas de toros para los chavales, aquí, ha habido cuatreños
que, con las exigencias de Las Ventas, a duras penas hubieran superado el
aprobado en festejos menores. Estamos en que el toro grande, ande o no
ande, no conduce a ninguna parte. Pero el intento de moderación puede
acabar mal, en una vuelta al pasado, años 50 y 60, y además sin la casta
de entonces. Ojo: Castellón y Valencia, que sirvan de toque de atención.
No únicamente para los ganaderos, porque la torería actual debe
reflexionar también.
Barrera regresó por sus fueros gracias al tranco del segundo. Resucitó
la verticalidad y la ligazón, empleada a fondo sobre la mano derecha en
tres series que fueron de un matiz un tanto embarullado a una mayor
serenidad. Al natural, que ya está dicho, templó mucho y volvió a
aparecer ese corte amanoletado, que incluye un cite perfilero y al hilo,
un cierto retraso de la muleta y, por supuesto, la emoción que provoca
hacer el toreo en un adoquín.
El diestro valenciano, el nieto del Barrera rey del descabello, que
conviene matizar porque ayer los tres habían nacido bajo el azul más
azul de España que es el cielo de Valencia, cortó una oreja después de
pinchar en una ocasión. Entreabría la puerta grande.
Y con el quinto, colorao, sin fuerza ninguna, la justa o ni eso para
desarrollar una calidad de almíbar, descerrajó la salida a hombros.
Requiso el torrestrella mimos, cuidados que Vicente le aplicó despacio
sobre ambas manos. Estocada delantera y dos descabellos. Más que el
triunfo en sí, quizá sea más importante el reencuentro de Barrera
consigo mismo. Ojalá lo repita con el toro.
Enrique Ponce lidió con el ensabanado, calcetero y capirote sobrero
que reemplazó a un feble y más que terciado primero. Se desplazó y se
movió por el pitón derecho, sin la clase de los otros ya contados. Hubo
un momento en que parecía que la faena despegaba: con dos obligados de
pecho, extraordinario el segundo, abrochó la mejor tanda de redondos y
subió de grados la temperatura. Bajó el tono por la izquierda, recuperó
crédito con la derecha y cogió hueso como el otro día Raúl en la
vaselina que hubiera apuntillado al Barça.
Mal estilo y cobarde
Ponce se jugó el bigote con el cuarto, de peor estilo y
violencia que Melchor Miralles. Repetidas veces le rebañó el corbatín,
sólo que Ponce es un maestro y no una redactora acorralada en una
encerrona cobarde.
El Califa necesitaba un revulsivo más importante que el que obtuvo con
dos enemigos que se apagaron poco a poco, aunque permitían estar y
torear, sobre todo el tercero. Como evolución más positiva anotamos su
capote. Al igual que sus compañeros se apuntó un aviso en cada toro: en
total, seis en toda la tarde, que se dice pronto.
El País. VICENTE
SOBRINO. El reencuentro de Barrera
Dos horas y tres cuartos de corrida, seis toros blandos y el
reencuentro de Barrera. Tres datos de una corrida que cerraron una muy
discreta feria. Una tarde, en fin, que pareció resumir el abono: toros
discretos de presencia, flojos y público generoso. De todo ello supo
aprovecharse Vicente Barrera, que tuvo la fortuna de encontrarse con los
dos mejores toros de una corrida de Torrestrella que no hizo historia.
Los dos toros de Barrera estaban hechos a la medida del valenciano: muy
nobles y justos de fuerzas. Dejaban estar con comodidad, no molestaban y
eran, además, prontos al toque. Una oportunidad de oro para que Barrera
volviera por sus fueros. Y así fue en parte. No es que las dos faenas de
Barrera fueran arrebatadoras, pero tuvieron como mayor virtud la
inteligencia. Cuestión ésta que, procedente de un torero limitado técnicamente,
es una buena noticia. Centrado, con cabeza y gusto. Y templado. No fue el
Barrera deslumbrante de sus comienzos, pero sí fue un Barrera que apuntó
hacia la recuperación.
De esas dos faenas, la segunda tuvo el mérito añadido de hacer durar
a un toro que se había derrumbado a las primeras de cambio. El temple, en
ese trabajo mimado, hizo el milagro. El dulce y bizcochoso toro aguantó.
Hasta pareció durar más de la cuenta. La faena no tuvo altibajos. Bien
cosida, destiló mucha sutileza. Tan noblón como ese quinto fue el
segundo de la tarde. La media distancia y, de nuevo, el temple,
exprimieron todo lo que el toro llevaba dentro. No agobió Barrera a ese
toro. Lo dejó recuperarse entre serie y serie. La última parte de esa
labor la embelleció con una serie de naturales muy limpios y hasta con
cierta largura.
Ponce se llevó el lote manso de una corrida con poca raza y menos
fuerza. Con el que abrió plaza impuso la técnica a cualquier otra acción.
El cuarto se puso a la defensiva, buscó las tablas y aquí no hubo
recursos técnicos capaces de sacarlo de ese refugio. Ponce se desengañó.
El tercero se puso muy pronto a la defensiva y El Califa, que le plantó
cara, lo sometió demasiado al principo y el toro se vino
irremediablemente a menos. El sexto fue noble, pero sin chispa.Un toro a
la contra del estilo de El Califa, que lo muleteó sobrado pero sin
aportar emoción.
El
Mundo. JAVIER VILLAN. Puerta
grande para Barrera
Vicente Barrera por la Puerta Grande, Enrique Ponce por la calle de la
amargura y El Califa por la calle del medio dejando escapar un triunfo que
le hubiera venido de perlas.
Se desbocó el tiro de caballos, se llevó por delante a los areneros y
destrozó una puerta. Se demoró la salida del primer toro, mientras los
carpinteros arreglaban el estropicio. Por esto y otras cosas, la corrida
resultó eterna, lo que no quiere decir que fuera memorable.Se sucedieron
los avisos, uno por cada toro. El primer aviso a Ponce enfrió los ánimos,
cautivos hasta ese momento, de una derecha que manejó con solvencia,
aunque sin arrebatarse. El pitón derecho del torrestrella, un dulce; el
izquierdo, un dulce amargo.
Sufrieron Vicente Barrera y su cuadrilla algunas peripecias indeseables
en el primer tercio; y allí estaba Enrique Ponce, el capote a punto, para
hacer un quite providencial.
El torrestrella segundo bebía los vientos por la muleta de Barrera.El
valenciano, relajado, sin forzar al toro, ligó tres tandas de redondos y
luego una de naturales, adelantando ligeramente la muleta, en un palmo de
terreno, con leves toques de muñeca.Toreo vertical, ese toreo de
apariencia frágil pero trabado y compacto. En contraste con ese toreo, El
Califa mostró su garra y su desgarro. Las verónicas de recibo levantaron
clamores; alegría en el galleo y ceñimiento en el quite por chicuelinas.
El toro le venía rebrincao y, al final, corto y más pendiente de la
anatomía del torero que de su muleta. El Califa pisó siempre terrenos
calientes, terrenos en los que la emoción brota a raudales con la verdad
por bandera. Todo lo que hizo El Califa tenía el sello del toreo auténtico.
El genio violento del cuarto torrestrella llevó a Ponce por el camino
de la amargura. Ponce no supo por dónde meterle mano. No apareció por
ningún lado el torero dominador, el domador de mansos violentos... Ponce
a merced de un manso al que cazó a la segunda.
Y salió el quinto, tan inválido como el primero. Y Barrera se fue a
por la Puerta Grande. Ha recuperado Barrera el sitio y el pulso de su
muleta. La faena, por la debilidad del toro y por los dos descabellos,
trascendió menos que la anterior.
Todo lo que hizo Barrera a lo largo de la tarde dio la sensación de
obra bien hecha. Y para toreo bien hecho la tanda de naturales que
hicieron crujir la plaza en el sexto; y el pase de pecho con que El Califa
remató una segunda serie. Tenía el triunfo en sus manos El Califa, como
lo había tenido en el anterior: por la intensidad de los naturales, por
el ritmo de su derecha.Pero, de nuevo, se le hizo tarde y volvió a marrar
con las espadas. |
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