GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Festejo
PLAZA DE TOROS DE VALENCIA
FERIA DE
SAN JAIME
Tarde del sábado, 26 de julio de 2003

Crónicas de la prensa

FICHA TÉCNICA

Ganadería:  Corrida de toros de Daniel Ruiz, desiguales de presencia y de buen juego.

Diestros: 

V BarreraJuliManzanares

Fotografías de Francisco José Ferrís

Entrada:  Tres cuartos de entrada.  

Crónicas de la prensa: El País, ABC, El Mundo


El País. VICENTE SOBRINO.  Manzanares marca la calidad

La corrida empezó con un aire de generosidad contagiosa en los tendidos. Todo lo del primer toro parecía bueno, bonito y barato. Y no era tan bueno, ni tan bonito y, desde luego, en lo único que parecía haber coincidencia era en lo barato. Bajo y gordo, bien hecho, pero con feos detalles de comportamiento -escarbó en varas y se dolió en banderillas- ese primero de la tarde fue noble y suave. Un dulce que aprovechó Barrera, aunque sólo a medias. Digo a medias, porque si bien se acopló con la derecha no ocurrió lo mismo por el otro lado. Lo llevó bien templado por el pitón que entendió, con muletazos de buena nota. Distinto fue cuando se echó la muleta a la zurda, pues fue entonces cuando llegaron los enganchones. El generoso talante del público sólo entendió, o quiso entender, la parte positiva de la faena. Y obvió la otra. Hasta le pidieron con fuerza la segunda oreja.

Al segundo de la tarde, tanta euforia empezó a pincharse. Bien armado ese toro fue manso declarado en el primer tercio. Y distraído. Condición esta última que no perdió en banderillas, en un tercio muy trabajado por El Juli, que clavó con habilidad. Toro manso que, aún con su punto de violencia, fue y vino a la muleta sin mayores problemas. El Juli pareció contagiarse de la faena de Barrera al anterior, pues también le cogió el aire al toro por el lado derecho mientras que por el izquierdo aquello se perdía sin interés alguno. Además, en toda esa faena apareció un Juli ligero, con poco reposo.

Al tercer toro, la corrida tocaba fondo. Primero porque saltó un impresentable toro, muy pobre de cara, y que nadie veía los 574 kilos que anunciaba la tablilla. En principio fue protestado por falta de imagen y, luego, por inválido. Volvió a los corrales. El sobrero, de El Casillón, empeoró el ambiente. También de escaso trapío, se aculó a las tablas nada más salir. No hubo forma de sacarlo de esa zona reservada sólo para los mansos. De su propia sombra huía ese toro, con el que Manzanares no pudo dar ni un muletazo. El cuarto de la tarde no mejoró en trapío, pero fue tan noble que hasta pecó de soso. En este caso, Barrera encontró pronto la distancia y el ritmo del toro. Aunque bien planteada, con momentos de toreo muy templado, a esa labor le faltó la emoción que negaba el toro al conjunto. Quizá por eso, la faena se quedó en correcta. De quinto salió un torillo, más novillo que toro, desde luego. Centrado en una primera serie con la izquierda, la faena de El Juli, muy voceada, acabó siendo un trabajo superficial y populista. El Juli entendió bien a ese torillo y a la gente. No se complicó en mayores purezas ante un buen toro, que no pasó de torillo.

De más apariencia de los lidiados fue el sexto, que muy discreto en varas tuvo fijeza y son en la muleta. La calidad de la tarde la puso Manzanares en ese toro. Pisando en torero y con mucha plaza, hubo detalles de gran toreo. Un conato de sensatez: cuando fue izado a hombros el ganadero junto a El Juli y Manzanares, se escucharon protestas.


ABC. ZABALA DE LA SERNA.  Y Manzanares pasó el borrador

Y de repente José María Manzanares pasó el borrador por la pizarra de los números, a última hora. La cadencia natural, el empaque de la cintura, el toreo mecido. ¿Quién se acuerda ahora de lo anterior entre tantas orejas? Por encima de ellas, que se le desprendían a la noble corrida de Daniel Ruiz, la peor presentada con diferencia de toda la feria -toros tan chicos como tercero, cuarto y quinto no han pisado la arena de este julio ardiente-, se situó la calidad del nuevo Manzanares, una piedra de distinción entre la mediocridad reinante.

En la normalidad se hallaba el trapío del sexto, justo de fuerza. A Manzanares todavía le queda mucho por progresar para confiarse con el capote, a la defensiva con esa mano exterior tan alta en las verónicas. Pedía el toro la altura media, y el torero se la concedió en un prólogo todo suavidad, hacia los medios. La derecha elegante, sin estridencias; el pase de pecho que bordó oros en el aire con el remate de la siguiente serie; dos naturales que prometían antes de un desarme... En esa carencia de la fase zurda, que no hubo más, quizá la embestida fuese más corta, nace la duda de la concesión de un doble trofeo que respondía a la embalada tarde o al portentoso hilván de un cambio de mano por delante con un eterno pectoral vaciado por la hombrera contraria o a los ayudados finales, como carteles de toros. Al fin y al cabo, casquería, pero que respalda a un torero necesario, tanto como la necesidad de que ahonde en esas condiciones que Dios le ha regalado. El día que le echen un toro para que baje y arrastre la muleta, lejos de las alturas intermedias...

Cuando apareció el tercero en el ruedo se había armado la escandalera. Sus anovilladas hechuras «escondían» 574 supuestos kilos. Blandeó mucho y provocó su devolución cuando ya el presidente había cambiado a tercio de banderillas, en un torpe capotazo de un subalterno. El sobrero no subió el listón en cuanto a la presentación y, para colmo, se rajó desde la salida, parándose y defendiéndose en tablas. Manzanares quedó inédito, salvo en el contundente volapié al hilo de la madera.

La dos orejas de El Juli con el bravo quinto, un novillote de quinta, tras una faena técnica de más intensidad a izquierdas, mas corriente y moliente, como el tercio de banderillas, le auparon en una puerta grande buscada con raza y rubricada con un espadazo de órdago. El Juli se las había visto con un colorado alto de agujas que se frenó de salida en el capote. Suelto de caballo y telas, una segunda vara lo castigó a conciencia. Pero el toro se creció en su mansedumbre e hizo sudar a Juli en un tercio de banderillas en el que apuró sus facultades atléticas. El trasteo muleteril transcurrió con altibajos y en los terrenos en los que quiso siempre el violentito animal con sus permanentes galopadas. Hubo un momento, en los albores, en el que parecía que el torero se iba a imponer con autoridad a la bestia mediante lo que Francisco Brines llama la inteligencia ordenada. Sin embargo, todo se quedó a mitad de camino y ajeno al orden.

Un ataque de nostalgia nos había invadido al recordar la mañana lejana en que Vicente Barrera se reveló como futuro en Valencia. Pasa la vida, pero Barrera sigue fiel a su estilo vertical; ha ganado algo de poso más que flexibilidad en su cintura. Estatuarios impertérritos estrenaron una faena con muchas pausas y no siempre limpia: las embestidas del buen toro de Daniel Ruiz, gordo como un balón de playa, contenían un tornillazo leve a mitad de viaje. Alcanzó demasiadas veces la muleta, especialmente con la izquierda, por donde nunca hubo acoplamiento. En la mano derecha se sostuvieron los más templados pasajes de una obra que desembocó en unas antiestéticas roblesinas y en un espadazo que aseguró la oreja. Junto con el cuarto, un chico y recortado zapato, capirote sucio y ojinegro, la fortuna puso en el camino de Barrera la gloria, que fue al garete con el estoque, triste rúbrica para una labor entonada y correcta, sin excelencias. La vuelta al ruedo prendió la división de opiniones en los tendidos, como seguro que ocurre en las crónicas de hoy.


El Mundo. JAVIER VILLAN.  Barrera perfecto, y los demás a hombros

Salió un tercer animal de Daniel Ruiz que era una vergüenza; quiero decir que carecía de vergüenza; no el toro, que los pobres cornúpetas ignoran ese sentimiento por el cual los seres humanos manifestamos nuestro sentido del pudor o la autoestima. Carecían de vergüenza quienes, o quien, dejaron pasar a ese animalillo u obligaron a lidiarlo. Empezaron las protestas y, en previsión de males mayores, el palco presidencial tiró de pañuelo verde. Está bien eso de rectificar, aunque estaría mejor no dar lugar a la rectificación.

Ese animal de Daniel Ruiz no es que fuera impropio de Valencia: era impropio hasta de una plaza de talanqueras. Además, estaba inválido, escachifollado desde los pitones que no tenía hasta la penca del rabo; y desde la cruz hasta la pezuña. Una pregunta inocente: ¿Por qué ocurren estas cosas? Y otra pregunta: ¿Y por qué ocurren, en especial, cuando está en los carteles el principal mandón de la fiesta o alguien que aspira a mandar? ¿Qué necesidad tiene Vicente Barrera, u otros, de sufrir esos toros tan bochornosos impuestos por don Julián López, El Juli? El sobrero, terciadito y anovillado, se entableró y la lidia fue un desastre. Y allí andaba la familia Manzanares, el hijo por dentro y el padre por el callejón, sin saber cómo meterle mano al desrazado animal.

Barrera toreó creyendo en sí mismo: sin dudas ni vacilaciones.Sacó a su primero a los medios y allí remató con una revolera que, de estar en Castellón, hubiera merecido premio. Anduvo afanoso y plural Vicente Barrera con el capote, hizo un quite por gaoneras y llevó al toro al caballo con precisión y exactitud. Media docena de estatuarios, un natural y un pase de pecho fijaron la limpia caligrafía de una faena, fundamentalmente sobre la mano derecha, que tuvo, sobre todo, sentimiento, ceremonia y garbo. Una faena medida, andándole al toro muy despacio e intercalando molinetes para aligerar y alegrar el discurso. Fulminó al de Daniel Ruiz de una estocada letal.

Hasta aquí todo bien, mas empezó el desfile de adefesios, y no es que el primero de Barrera fuese un dechado de virtudes; pero tenía un pasar noble y aprovechable. Tras el bache del tercero, la tarde volvió a levantar el vuelo gracias, otra vez, a Barrera.El cuarto era ojinegro; o sea, con ojeras sobre su nevada cara; rabiblanco y vocinegro; abierto de cuerna, casi playero. Su nobleza encontró la nobleza de la muleta del valenciano, la muñeca de junco, la cintura que gira suavemente sin perder esa verticalidad de ciprés florecido y alegre. Esta vez sí brilló el natural: la derecha puso la ciencia y la izquierda la pasión; y los aceros pusieron, obstinadamente, cerrojos y candados a la puerta grande.

El tercer par de banderillas de El Juli puso a la plaza en pie.El Juli recorrió todo el anillo fijando la atención del danielruiz, recortó en los medios y clavó con poderío. El Juli, solvente pero sin chispa, toreaba hacia afuera y desvaído. En el quinto la cosa cambió un poco, sobre todo con el estoconazo que acabó con el toro. La faena fue fácil, un poco plana, sin la garra y la frescura de antiguas tardes; cómoda y sin apreturas, pues el torete embestía por inercia.

El triunfalismo de la tarde era ya imparable; salió el sexto y Manzanares se recreó en algunos muletazos sueltos extraordinarios y de alta escuela. Fogonazos, cierto deslumbramiento aunque sin redondear faena. Y cayeron otras dos orejas entre el entusiasmo de un gentío feliz. Aunque sacaran a hombros al mayoral, los toros, impresentables para una plaza de primera.

 

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