GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE
TOROS DE
ESPAÑA

 

Corrida de abono
Feria de la Virgen Blanca
PLAZA DE TOROS DE VITORIA
Tarde del sábado, 5 de agosto del 2000
Corrida de toros
Crónica de la prensa
FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros del marqués de Domecq (blandos, pobres de cabeza, sin clase, 1º y 2º mansos).

Diestros:

  • Rivera Ordóñez (cinco pinchazos, estocada caída (silencio); dos pinchazos, estocada (ovación)

  • Eugenio de Mora (pinchazo, estocada (oreja); estocada delantera, dos descabellos (silencio)

  • Dávila Miura (dos pinchazos, estocada delantera (aplausos); estocada delantera (ovación).

Entrada:  

Crónicas de la prensa: El País El Mundo


El País. Domingo, 6 de agosto´2000. JOSÉ LUIS MERINO. La primera en la frente

Ayer en Vitoria se presentó un saldo de corrida. Toros supuestamente tocados de pitones. Blandos y alguno inválido. Faltos de clase y de raza. Esto es lo que quieren las figuras. Luego dirán que no pudieron hacer faena alguna, pero eso se sabía de antemano. Y así, Rivera Ordóñez estuvo y no estuvo en su primero. Ventilado el 50% de su compromiso, en su segundo toro trató de hacer ver que se iba a comer el mundo. Instrumentó dos largas cambiadas, lanceó a pies juntos e hizo un quite por faroles, por cierto, bastante movidito. Empezó la faena rodilla en tierra. Y a partir de ahí fue todo un compendio de derechazos y naturales sin mandar ni ligar. Faena sin mando con la novedad de querer engañar al público realizando algunos derechazos y naturales mirando al tendido. En resumen, muchos pases y ninguno bueno.

A su primer toro, un mansote declarado, Dávila Miura toreó con las dos manos sin un átomo de mando ni calidad alguna. Toreó por naturales, con más voluntad que acierto. A su segunda res, sumamente blanda, se infló a torear en especial por derechazos, pero todo ello sin ligar y sin profundizar. Los naturales que trató de endilgarle a su segundo toro, apenas calaron entre el público.

Eugenio de Mora tuvo un poquito más de suerte en el primero de su lote. Pudo torearle con ambas manos sin ligar. Destacamos algunos naturales aceptablemente templados, mas sin que fueran un dechado de calidad. La suerte también le acompañó en que al ser ese toro el tercero de la tarde, el presidente le regaló la oreja para que parte del público sacara los bocadillos y merendara tranquilamente. Habría que inventar una imagen para esa oreja, llamada la de la merienda. Esto es: regalo para descansar.

Insistimos en que las figuras contratan con los empresarios esas corridas en las que saben de antemano el material con el que se van a enfrentar. Ese material consiste en presentar muy poco riesgo, ya que los veedores se las arreglan para que los pitones de esos toros estén supuesta y cómodamente arregladitos. Además de eso, viene la poca fuerza que arrostran de suyo. Con la añadidura, en el caso de los toros de ayer, que alguno parecía que no coordinaba lo suficientemente bien. Ya es lo que faltaba para que el fraude sea completo. Y los públicos llenan o medio llenan las plazas, se dejan el dinero, y aquí paz y después gloria. ¿Vamos a llamar al espectáculo de ayer en Vitoria fiesta de toros o, más bien, fiesta brava?

Lamentablemente, aquello que podía resultar una fiesta palpitante, con vibraciones especiales, como no hay espectáculo en el mundo, lo cierto es que el resultado final es la antítesis de el deseo idealizado de los buenos aficionados.

Pero la vida sigue y las crónicas de toros también. Parece que lo natural es comentar aquello que se está viendo. Y lo impropio consistiría en dar juego a los taurinos que viven de esto y que para seguir viviendo intentan decir que la fiesta está como nunca, que los toros son más bravos que nunca y que llevan en sus astas alfanjes de diamante.

El Mundo. Domingo, 6 de agosto´2000. JOSÉ MANUEL PERUJO. De la Alcurnia sólo el nombre 

Decía Quevedo en tiempos de su rey Don Felipe que un marquesado o un ducado valía menos que un maravedí de a ocho. Empezaban en España los validos, los privados y los favoritos. Bostezando de abulia, privados de interés y huérfanos de favoritos, andamos ahora en esta linda farsa en la que hemos convertido la que dice ser y llamarse fiesta de los toros. 

Haga usted el favor. ¿Qué toros? El Marqués de Domecq, verbo y gracia, mandó a Vitoria el día de la Virgen Blanca una corridita de monovara, o monopuyazo, sin casta, blanda, con la cabeza desolada, paupérrima de raza y de pitones. Sólo el tercero, claro y toreable, no se cayó y dejó de rajarse. Fue la excepción, pero la regla fue la degeneración de presentación y costumbres como un imperio al final de su hegemonía. En estas estamos para juzgar a tres jóvenes diestros tan llenos de determinación como faltos de soluciones. 

De la hoguera se salva Eugenio De Mora, el único del pueblo llano entre tantos ilustres apellidos. Vio el toledano claro al tercero y agarró el rábano por las hojas en una faena templada y poderosa que brindó al cónclave. La faena fue corta y bien rematada por bajo y el epílogo imperfecto pero rápido con una estocada en el sur según se mira después de un pinchazo. En el sexto, Eugenio se empecinó en vano con un blando, nobletón y sin raza, y lo mató de un sablazo como un consumado espadachín del medievo. 

Rivera Ordoñez abrió terna y tanteó probaturas imposibles dando un mitin con la espada. En el cuarto estuvo hecho un pincel velazqueño con el capote. Por faroles a dos manos, lanzeando a la verónica o recortando a una mano en la monovara. Luego, vulgaridad, aseo, e imprecisión con la tizona en tres intentos vanos. 

A Dávila Miura hay que reconocerle su empeño en agradar y su voluntad, ya que no su acierto y compostura. No pudo más que intentarlo con el segundo, que rebrincado, cabezeaba buscando los aparatosos nubarrones. La del quinto fue una faena de tironazos y aunque lo mató arriba aguantando, puso un innoble final a su actuación pegándole al torito una patada en la cara, arrodillado a sus pies y antes de morir. Impresentable. 

Como impresentable fue una corrida con apellidos y escudos heráldicos tan ilustres, en la que sólo se salvó un torillo y Eugenio De Mora, el torero menos asoledado en su genoma humano. Y es que por lo menos el castellano salió a por su oreja de cada día.

 

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