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Corrida de abono
Feria de la Virgen Blanca
PLAZA DE TOROS DE VITORIA
Tarde del miércoles, 9 de agosto del 2000
Corrida de toros
Crónica de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: toros de Núñez
del Cuvillo (sin
fuerza ni cabeza, de juego desigual)
Diestros:
Entrada: media entrada.
Crónicas de la prensa:
El País
El
Mundo
El
País.
Jueves, 10 de agosto´2000. JOSÉ LUIS MERINO.
Las tres caras del toreo
Los
tres toreros de ayer dieron la marca de lo que son. Joselito ha vuelto a los
toros para llevarse el dinero impunemente. A su primer toro no le hizo nada. A
su segundo, que tenía un pitón derecho bastante bueno, lo toreó en cuatro
tandas donde abundaron los pases sin ligar, sin exponer. Tan sólo alguno de
ellos estaba dentro de lo regularmente templados. Con la espada en ese segundo
toro dio un pequeño mitin. Mejor que siga en el dique seco, por el bien de la
Fiesta.
Enrique Ponce a su segundo toro le instrumentó esos muletazos con la derecha
que tanto prodiga, y que todos ellos los ejecuta sin ligar una sola vez. Le
dieron una oreja y nadie sabe por qué. Tal vez por un natural templado y tres
derechazos también templados. Lo demás fue una faena muy aparentona para la
galería, pero con una falta de profundidad y torería bastante grande.
A su primero lo toreó sin conseguir ligar un solo pase. Derechazos
voluntariosos y con oficio. Sin más. Como hiciera Joselito, en ese primer toro,
dio otro mitin con los aceros.
Y El Califa, que sustituía a José Mari Manzanares, puso su marca de torero
valiente. En su primer toro, que fue el más complejo de la corrida, no pudo
torearlo. Sin embargo, en su segundo, ahí es donde sin estar excesivamente
artista, por lo menos vimos los únicos pases ligados en esa tarde. Fueron tres
naturales largos, hondos, ligados.
Como el toro no era demasiado espléndido, en mitad de la faena, y viendo que
por el lado del toreo clásico no podía triunfar, insistimos, por culpa del
toro, entonces se pegó un arrimón.
Aguantó al toro lo indecible, expuso lo que no está escrito y se ganó la
oreja ya que, tras un pinchazo, se fue tras la espada como un coloso: o el hule
o la oreja. Y se la ganó a pulso.
He ahí las tres caras de tres toreros. Huelga decir que el público fácil
se queda con Ponce, y el público del futuro se queda con El Califa. Por lo
menos en lo que atañe a lo visto en la tarde de ayer. Para gustos están hechos
los matadores.
Los
toros de Núñez del Cuvillo fueron los tres primeros un saldo. Los tres
siguientes -uno de ellos fue sustituido por el sobrero- se dejaron torear,
aunque tampoco fueron un dechado de bravura.
El
Mundo. Jueves,
10 de agosto´2000. JOSÉ MANUEL PERUJO. De
moros y cristianos
Al final de La Blanca y en el último
tramo de la corrida se estableció ayer en Vitoria la guerra incruenta y amable
de Ponce y El Califa, la heterodoxia respondiendo a la norma, los dos levantinos
enfrentados, moros contra cristianos.
Se nos iba la tarde en un puro
petardo. Una traca final, sin ruido ni furia, mojada la pólvora de los toreros
en las salvas de un encierro toreable y sin clase. Pero dejaron de salir los
toros oficiales y los dos sobreros sin picante enarbolaron más la bandera de la
reconquista.
Y allá fue Ponce en el quinto, en
una faena con la derecha de toda la vida, muy profesional, lleno de ardorosa y
juvenil entrega, importante al final en unos derechazos cadenciosos en la más
pura y cristiana de las ortodoxias.
El de Chiva, que no pudo redondear
con la espada en el segundo, lleno de combatividad, jadeante, adolescente,
estajanovista. Ponce justificando el contrato. Ponce crujiendo la armadura.
Ponce y cierra España.
Y enfrente El Califa, en la más
pura y mora de las heterodoxias. Entregado, desmayado, descoyuntado. Con la
media luna de los pases del desprecio bien enarbolada, la mano izquierda napoleónica
en los lumbares, los redondos contracorriente. Játiva en pie de guerra; las
manoletinas desgarbadas, esa sensación de estandarte caído, de provisionalidad
extrema, de increíble supervivencia.
Y abriendo la tarde, José Miguel
Arroyo Joselito, sustituyendo a Manzanares, y tan ausente como él en los dos.
Invisible en el primero, más decidido en el cuarto, pero paseante no hay
camino, como si no fuera con él la historia, mal hasta con la espada.
Como si hiciera de notario con los
del Cuvillo, entre el cristiano y el moro, entre Ponce y El Califa, ardientes y
enfrentados. Aunque como en un juego conmemorativo y amable, todo fuera casi de
mentira. Una farsa sin sangre, con sensación de traje y corbata en cuanto se
quitaran los atalajes.
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